El suicidio es una de las principales causas de muerte en el mundo y entre las poblaciones más afectadas se encuentran las comunidades indígenas.

Según el Dane en 2019 departamentos como Vaupés y Amazonas, donde la mayor parte de la población es indígena

las tasas de suicidio alcanzaron cifras de 30,9 y 17,7 por cada 100 mil habitantes, siendo las más altas del país.

Ese mismo año el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF), calculó en Colombia una tasa de 49,6 por 100 mil  habitantes en  mayores de  19 años

Mientras que en 2009 para las comunidades Emberá (Katio, Dóbida y Chamí) ubicadas en Antioquia, Córdoba, Chocó Valle del Cauca, Caquetá y Eje Cafetero

se calculaban tasas de 500 suicidios por cada 100 mil habitantes, según Naciones Unidas.

Lo anterior en un contexto nacional que tenía una media de 5,2 suicidios por cada 100 mil habitantes.

Fuente: Naciones Unidas citado por UNICEF en Suicidio adolescente en pueblos indígenas.

Con otro agravante: la mayor cantidad de sucesos se presentaron en jóvenes entre  13 y 17 años, principalmente mujeres.

Fuente: Naciones Unidas citado por UNICEF en Suicidio adolescente en pueblos indígenas.

Entre 2010 y 2022* Medicina legal registró el suicidio de 449 personas con ancestro racial indígena**

*Las cifras del 2022 son preliminares por lo que pueden cambiar. **Variable usada por Medicina Legal para la clasificación de datos.

Sin embargo, el subregistro es mayor debido al poco acceso que tienen las comunidades a servicios de salud y a la escasa presencia de las instituciones estatales en las zonas donde viven.

La salud mental de pueblos indígenas como los Emberá está vinculada al “êjuã” su territorio, y si este se ve amenazado, su cuerpo es afectado por la enfermedad del miedo o Jaiperani

por lo que, para ellos, este tipo de problemas está dentro  de las enfermedades del espíritu y no dentro de las enfermedades mentales.

Además, la continuidad del conflicto armado y la explotación de recursos naturales sigue vulnerando la armonía de su cosmovisión

y provocando, según los Jaibaná, cuadros psicosomáticos, tristezas, alucinaciones, ideas delirantes y suicidas.