A PROPÓSITO DE LA EUTANASIA DE MARTHA SEPÚLVEDA

Quien decide liberarse del dolor y el sufrimiento debe ser tratado con respeto y devoción, ya bastante difícil es encarar la muerte, lo mínimo que requieren de nosotros es la compasión, la empatía y el amor.

 

Escribe / Adriana González Correa

Perpleja frente a un televisor veo repetir la historia de seis años atrás: la autorizada eutanasia de Ovidio González que cancelan a último momento, cuando vamos camino al hospital.

Hoy en carne de Martha Sepúlveda los colombianos asistimos nuevamente al espectáculo del sufrimiento en cuerpo ajeno, en un cuerpo que no conocemos, un cuerpo que no nos duele, uno que no le conmueve al etéreo cuerpo médico.

En 2015 la primera eutanasia legal en Colombia paradójicamente tuvo la cara de un hombre sin rostro –como afirmó su hijo Matador–, hoy también paradójicamente se encarna en el rostro de mujer, esa que por siglos y milenios se le ha negado el derecho a decidir sobre su vida, su cuerpo, sus bienes, su útero y hoy sobre su propia muerte.

La historia se repite seis años después para recordar a los ciudadanos de este país que los derechos se conquistan pero que también se desconocen y se pierden, que son unas marcas indelebles en el papel, que los caminos sinuosos de la tradición, de las creencias internalizadas, de los miedos impuestos y el poder de las ataduras religiosas envasadas en una sotana los acechan con una dentellada casi de muerte.

La libertad y la autonomía hijas legítimas de la democracia, de la razón y, como diría Kant, de la Ilustración –en un país como Colombia, que vive al límite de sus propios valores, al que siempre le tambalean su principios en una cuerda floja, que en muchos de los casos caen al vacío– se arroga el derecho a ilegitimarlas por cuenta de cadenas de oración, de una moral cristiana impuesta violentamente siglos atrás, de aquellas instituciones que administran la tradición de una fe que no admite dudas, una fe que no acepta disentir, la que niega los avances de una sociedad y sobre todo desconoce otras formas de ver la vida.

La solicitud de la eutanasia por parte del paciente es posiblemente el mayor acto de autonomía y racionalidad de un ser humano, el disponer de su vida o la poca que le queda porque comprende que la muerte es un hecho inexorable que confronta la promesa de una vida eterna, es también un acto de libertad.

En este sentido, la Corte Constitucional en su sentencia de 1997 afirmó:

“…si un enfermo terminal considera que su vida debe concluir, porque la juzga incompatible con su dignidad puede proceder en consecuencia, en ejercicio de su libertad, sin que el Estado esté habilitado para oponerse a su destino, ni impedir, a través de la prohibición o de la sanción, que un tercero le ayude a hacer uso de su opción.”

Los pacientes que he conocido entienden la eutanasia como un hecho de amor para con ellos, yo añadiría que es un hecho de compasión pura. La sentencia C-239/1997 de la Corte Constitucional de manera magistral la define:

“… en el homicidio por piedad, el sujeto activo[1] no mata por desdén hacia el otro sino por sentimientos totalmente opuestos. El sujeto activo considera a la víctima como una persona con igual dignidad y derechos, pero que se encuentra en una situación tal de sufrimiento, que la muerte puede ser vista como un acto de compasión y misericordia”.

Obligar a un paciente a continuar viviendo pese a que él mismo no lo desea porque el dolor supera cualquier expectativa de vida digna, es un acto de crueldad y una verdadera tortura institucional a quien sufre intensamente; no le corresponde ni al Estado, ni a ninguna institución de salud obligar al acto heroico de prolongar su vida. En este sentido la sentencia C-239 también es clara:

Nada tan cruel como obligar a una persona a subsistir en medio de padecimientos oprobiosos, en nombre de creencias ajenas, así una inmensa mayoría de la población las estime intangibles.  Desde una perspectiva pluralista no puede afirmarse el deber absoluto de vivir.”

La sentencia C-239/97 estableció unos requerimientos para la práctica de la eutanasia que ya conocemos y que son: 1. Aquel paciente que padece una enfermedad terminal, 2. Que medie la decisión o el consentimiento libre del paciente, ausente de alguna depresión momentánea, la decisión puede darse bien en el proceso de la enfermedad o anticipadamente al padecimiento.

Además, la misma Corte en la reciente sentencia C-233/2021 avanza en el reconocimiento del derecho fundamental y claramente amplia la aplicación de la eutanasia a los pacientes que padecen un intenso sufrimiento físico o psíquico que proviene de una lesión corporal o de una enfermedad grave e incurable.

Comprendido lo anterior, se hace necesario aterrizar las dos sentencias a los hechos más notorios o emblemáticos de solicitud de eutanasia en Colombia.

Tanto la sentencia C-239/97 como la T-970/14 –que ordenó al Ministerio de Salud a expedir una resolución que regulara la eutanasia– reconocen el derecho para aquellos pacientes que padezcan una enfermedad terminal, es en virtud de la sentencia C-239/97 y de la Resolución  1216/15 suscrita por el entonces Ministro de Salud Alejandro Gaviria que adelantamos la lucha para que se le practicara la eutanasia a Ovidio González –padre de Matador– quien padecía un cáncer de cara que produce desfiguración e impide la ingesta de alimentos por la pérdida de los tejidos en el paladar, estaba en fase terminal y su expectativa de vida era corta, además de los enormes dolores que causa por afectar el nervio trigémino –valga la pena aclarar que le dicen el dolor del suicida–.

En el caso de Martha Sepúlveda su amparo constitucional, además de la C-239/97, es la sentencia C-233/21 que permite la eutanasia a pacientes con enfermedades graves e incurables, una de ellas es justo la que padece Martha, la esclerosis lateral amiotrófica –ELA– una enfermedad que ataca las neuronas cerebrales y la médula espinal encargados de controlar el movimiento voluntario, por ello los pacientes comienzan a perder el movimiento de la extremidades y poco a poco el de todos los músculos hasta de las cuerdas vocales -pierden la voz- y mueren generalmente de un ataque respiratorio, sin embargo, los pacientes mantienen la sensibilidad y la conciencia, lo que hace más tortuosa su situación.

Entendida la base jurídica de la eutanasia como derecho humano y como se concreta en éstos dos casos emblemáticos, se hace necesario hacer algunas consideraciones finales. La primera, es la argumentación de la IPS INCODOL que sustenta la cancelación de la eutanasia en razones inverosímiles, más cercanas a una carga moral o a un juicio de valor que a una evidencia científica –como debe ser en medicina–, sustentar la negativa sobre el aspecto físico y psíquico de la paciente en un programa noticioso es una burda especulación y no una decisión médica que se sostiene en la ciencia.

De otra parte, no podemos desconocer el papel que ha jugado la Iglesia católica en el caso de Martha Sepúlveda, llamar a una cadena de oración y que el obispo de Riohacha la invite a reconsiderar su decisión, no es más que una intromisión y presión indebida a la decisión libre de la paciente para ejercer su derecho a la muerte digna.

El papel de la Iglesia no puede ser atacar y juzgar con crudeza a una persona que decidió voluntariamente no padecer más dolor, cuando el obispo de Riohacha afirma que la muerte no es una solución terapéutica al dolor impone una crueldad pasmosa a quien verdaderamente sufre, esta actuación de la Iglesia no es un acto de fe, es un impertinente y brutal juicio a la autonomía personal.

Durante el proceso de Ovidio González estoicamente soporté los ataques que con burla e ironía me hicieron aquellos que atrincherados en sus púlpitos me calificaban como la abogada de la muerte. Nunca repliqué, ni hice reclamo de esos ataques a quienes aprovechan la devoción de los fieles para descuerar al prójimo que enfrenta sus preceptos, pero eso sí, guardan con recelo sus borracheras, sus fiestas de amanecida con la novia de turno, engullidos por el licor llegan a la parroquia en la madrugada, profesando la pobreza y movilizándose en Mercedes-Benz y, en el peor de los casos, haciendo suyos los cuerpos de almas inocentes, almas que recién abren sus ojos a la luz y ya destrozados sin compasión en su interior infantil, pero hoy con la tristeza a cuestas de ver lo que hacen con Martha Sepúlveda, quise poner en cuestión su papel de juzgador con doble moral.

Quien decide liberarse del dolor y el sufrimiento debe ser tratado con respeto y devoción, ya bastante difícil es encarar la muerte, lo mínimo que requieren de nosotros es la compasión, la empatía y el amor.

@adrigonco

[1] El sujeto activo en derecho penal es quien comete un delito, para el caso que nos ocupa es el médico quien incurre en un homicidio por piedad de acuerdo al artículo del código penal que fue despenalizado por la sentencia C-239/97