CARTA A MÍ MISMO

A lo que deberíamos aspirar entonces no es a la eliminación de las contradicciones, sino a un conocimiento profundo de las mismas y al establecimiento de una relación ecuánime con ellas.

 

Escribe / Gustavo Agudelo – Ilustra / Stella Maris

Ahora que lo pienso, uno de los aspectos más difíciles de la vida tiene que ver con la coherencia; esto es, con el equilibrio entre lo que decimos, hacemos y pensamos. Es difícil porque, al menos para mí, la vida no son tanto una serie de certezas como un cúmulo de incertidumbres metafísicas que muchas veces resultan contradictorias. Como si en nuestro interior habitaran distintas versiones de nosotros mismos y cada una quisiera imponerse sobre las demás. Somos un poco como el doctor Jekyll y el señor Hyde, un claroscuro.

A lo que deberíamos aspirar entonces no es a la eliminación de las contradicciones, sino a un conocimiento profundo de las mismas y al establecimiento de una relación ecuánime con ellas. Un equilibrio. No es una idea nueva. La ética aristotélica promulga la necesidad de establecer un «justo medio», un punto de equilibrio entre dos extremos que se oponen. Un asunto complejo.

Aristóteles plantea la ética como una virtud que nos ayuda y nos guía en medio de los extremos, pero ignoramos los sentimientos del filósofo cuando, tras la muerte de Pitia, se enfrentó a la prohibición de enterrar a su esposa en el cementerio de Kerameikos porque no era ateniense y sí una meteca, como él.

Lo que encuentro en la ética aristotélica no es tanto la sistematización de una filosofía moral como un compendio de sabiduría antigua al que deberíamos prestar más atención en lugar de perder el tiempo hallando la superficie de un triángulo.

La educación debería de consistir en una guía del buen vivir porque, independientemente del oficio que elijamos para ganarnos la vida (carpintero, médico, mecánico, cocinero, filósofo o escritor), sólo invertiremos algunos años en ello y, en cambio, seremos humanos y tendremos que lidiar con nosotros mismos toda la vida.

Diré entonces que una buena ética debería apuntarle al reconocimiento del otro como persona, a no ocasionarle daño o sufrimiento con nuestras acciones, pero incluso en eso he fallado.

Ahora comprendo que la tercera ley de Newton no es sólo una fría sentencia física, sino una hermosa metáfora de la vida, un principio vital que nunca debí perder de vista.

Tampoco esto es novedoso. Los estoicos ya habían establecido una conexión profunda entre nuestras acciones, la relación que tenemos con lo que nos rodea y aspectos como el sufrimiento, el dolor, la culpa o la felicidad. Incluso fueron más allá.

Si bien la vida debe saberse vivir, a partir del uso de la reflexión filosófica y la razón como orientadoras de la conducta, esto no garantizaba una vida plena y libre de altibajos. De nada sirven la razón y la filosofía si no sabemos qué hacer frente a las adversidades y las emociones que de ahí se derivan.

Lo interesante de todo esto, lo realmente importante, digamos, es que los estoicos sugieren que interactuar con nuestras emociones negativas es la mejor manera de comprenderlas y, al hacerlo, es mucho más sencillo convivir con ellas.

He encontrado en el estoicismo lo que la culpa judeocristiana me ha negado: la posibilidad de perdonarme y de reivindicarme conmigo mismo. No ha sido fácil. Pertenecer a una tradición es también cargar con una serie de lastres emocionales que delimitan tanto la forma en la que interactúo con el mundo, como la relación que tengo conmigo mismo.

He estado en el límite, en esa franja difusa donde no se aprecian matices y todo es un inmenso vacío que paraliza. Reconozco, a lo largo de mi vida, la existencia de un sinnúmero de palabras que no debí decir, lugares que no debí frecuentar, personas con las que no debí compartir y acciones que no debí emprender.

Ahora sé que la culpa no es más que el sufrimiento que deriva de nuestras acciones (Newton era filósofo, además de científico), y que el sufrimiento no sólo es inevitable, sino un recorrido obligatorio en el camino hacia la emancipación.

Ahora comprendo el estudio y la aventura del conocimiento como una de las formas de la felicidad, y ésta no depende de mi interacción con los otros, sino de la relación que construyo conmigo mismo. Entiendo la filosofía no tanto como un método para comprender el mundo, sino como un instructivo para vivir en el mundo. La filosofía no sólo como invitación a pensar, sino a vivir.

Algo me dice que cuando un tipo como Sócrates cuestionaba las certezas de quienes debatían con él, no le interesaba tanto dejar al descubierto la ignorancia conceptual como el poco conocimiento que tenían de sí mismos.

Uno también es lo que cree, pero sólo sabremos en qué creemos cuando sepamos quiénes somos en el interior; de ahí su famoso aforismo. Después de todo, si a uno el conocimiento no le sirve para ser un poco menos infeliz, entonces no le sirve para nada.