COLOMBIA EN SU PUNTO DE QUIEBRE

Contemplando las imágenes de los destrozos ocasionados durante las recientes jornadas de protesta iniciadas el 28 de  abril, uno advierte de entrada dos planos de una misma realidad: los hechos y los síntomas.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

En el tenis, como en la vida, existe un momento  de quiebre, una jugada que cambia el curso de los acontecimientos para bien o para mal. Match point, le llaman a ese instante. Los colombianos asistimos hoy a nuestro propio punto de quiebre.Contemplando las imágenes de los destrozos ocasionados durante las recientes jornadas de protesta iniciadas el 28 de  abril, uno advierte de entrada dos planos de una misma realidad: los hechos y los síntomas.

Los primeros, expresados en atentados a bienes públicos y privados, pertenecen a la esfera del delito y deben ser investigados y penalizados como corresponde a nuestro ordenamiento jurídico, por desacreditado que esté.

En eso todos estamos de acuerdo, porque nos permitiría dilucidar de una buena vez   la identidad de los autores de los destrozos y a quienes obedecen:

¿A la extrema izquierda, renuente a cualquier tipo de opción pacífica? ¿ A la extrema derecha, proclive a sembrar el caos para presentarse después como redentora? ¿A agencias del Estado interesadas en deslegitimar la protesta y justificar el uso de la fuerza?

Lo segundo no es menos importante. Según nos enseña la historia, la violencia y la anarquía no surgen por generación espontánea. Son el resultado de la frustración, la desazón y la impotencia acumuladas durante años, décadas y siglos en las entrañas de una sociedad. Después de todo, habitamos en uno de los países más desiguales y corruptos  del mundo. Hemos sido desgobernados por unas castas que han sustituido nociones como solidaridad y justicia social por la más cómoda y barata práctica de la caridad… pagada con recursos de la sociedad, claro.

En eso somos expertos:  en privatizar las ganancias y socializar las pérdidas.

Tantas miserias acumuladas solo pueden conducir a la desesperanza, que es el paso previo a la desesperación. Y una sociedad desesperada se enfrenta un desafío: o convierte esa desesperación en energía creativa y transformadora o se entrega en cuerpo y alma al primer mesías que le ofrezca la redención. Y el pasado nos enseña que, independiente de su filiación ideológica, en política los mesías solo pueden conducirnos al abismo. Asomados al abismo, las etiquetas pasan a un segundo plano: conceptos como izquierda o derecha se desvanecen.

Varias veces lo he compartido con ustedes: cada cierto tiempo, cuando necesito tomarle el pulso a la ciudad, calzo mis botas de siete leguas, empaco un botellín de agua, una fruta, un tentempié y me voy a recorrer las zonas marginadas de Pereira y Dosquebradas, empezando por una barriada de trabajadores de la construcción, recolectores de café, empleadas de oficios domésticos y rebuscadores callejeros llamada Los Pinos, ubicada en la parte alta de una ladera. De ahí en adelante siguen Galaxia, Villa Carola, Estación Gutiérrez, La Mariana, El Martillo, Camilo Torres, Santiago Londoño, Otún y El Balso.

Cruzo el puente y emprendo la travesía por los extramuros de Pereira. Me encuentro con un paisaje similar en el que solo cambian los nombres: Charco Negro, Villa Santana, Tokio, Monserrate, Intermedio, Las Margaritas, La Dulcera, La Churria, El Dorado y hasta un conglomerado de miseria con nombre de politiquero: barrio Luis Alberto Duque.

Un año así y otro también, allí se han asentado desplazados por la violencia provenientes de distintas regiones del país, con notoria presencia  de población indígena y negra. Entre ellos, y de espaldas al Estado, han tejido lazos de solidaridad que les permiten sobrevivir en medio de la indolencia de una sociedad inclinada a pensar que  las cosas que no le duelen a ella no existen.

El problema empieza por ahí. No sólo existen: es allí donde se incuban la rabia y la desesperación que un día estallan y se traducen en  destrozos.  Justo en ese momento, los privilegiados claman por protección del Estado frente a los bárbaros, momento en que el ejército es lanzado a las calles. Y cuando eso sucede…  revisen bien los libros de historia y verán.

En esas barriadas he visto  muchachos de dieciséis años consagrados al delito; me he tropezado con ancianos de cuarenta, estropeados por largas jornadas de trabajo duro a la intemperie;  me he topado con niños milicianos armados de changones; he encontrado pequeños de cinco años arruinados de por vida por la desnutrición. En suma, una población desprovista de cualquier forma de conciencia política y por lo tanto inerme frente al llamado de delincuentes y caudillos, que casi siempre son los mismos.

Ese mundo está allí en permanente ebullición. Sólo que “los ciudadanos de bien” no los ven: andan demasiado atareados entre la casa, la oficina y el centro comercial. De hecho, este último constituye el centro de su pequeño universo.

Sucedió el 9 de abril de 1948, hace ya setenta y tres años. “ La chusma”, como llamaban las élites de entonces a  los pobres, empujadas por un instinto primigenio de supervivencia, se arrojaron a las calles y sembraron el caos en una ciudad que se preciaba de ser “La Atenas suramericana”. Ahora ya no se les llama chusma sino terroristas, pero están impulsados por la misma furia contenida.

Ese es nuestro punto de quiebre hoy. El retiro del proyecto de reforma tributaria muestra que el pragmatismo político y electoral primaron sobre los aspectos técnicos y económicos. Pero la crisis sigue ahí. Todavía estamos a tiempo de convertir la inconformidad y el malestar en energía transformadora. Tenemos líderes brillantes, propositivos y de  mentalidad abierta para emprender la tarea. Pienso en hombres como los exministros Alejandro Gaviria  y Juan Luis Mejía o en  Pablo Felipe Robledo, que fuera Viceministro de Justicia y Superintendente de Industria y Comercio. Pero existen muchos más. Nuestra tarea es buscarlos. De lo contrario, seguiremos a merced de los tenebrosos personajes que ladran en la televisión y las redes sociales. A esta altura del juego, no podemos confundir sus aullidos con un designio histórico.

Ese es el tamaño de nuestro desafío.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada