COLOMBIA, UNA SOCIEDAD DEL DESPRECIO

¿Cómo entender que las muertes de esas adolescentes representan el fracaso del proyecto de sociedad en que vivimos? Parece ser que la selva ha trazado otros límites, que las amenazas que allí se ocultan no solo están en la manigua, sino que la sociedad colombiana ha terminado por ser una selva donde el desprecio se convierte en ley.

 

Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea – Ilustra / Stella Maris

Un mar verde se extiende a lo largo del departamento del Guaviare, la selva se sitúa como un universo propio, cerrado sobre sí mismo. A ese microcosmos se le han sumado las dinámicas de la guerra que, por décadas, grupos armados la han transitado para convertirla en refugio y centro de operaciones. El Estado ha patrullado estas selvas, pero es un territorio indescifrable que tras cualquier arbusto puede traer consigo el encuentro con el enemigo, en la selva late la muerte; las dinámicas del conflicto convierten un ecosistema en un campo de batalla. De ahí que sea más efectivo surcar los cielos, desde donde se puede atacar al enemigo con la seguridad que tiene la distancia.

Las bombas al caer abren boquetes en la tierra, alrededor suelen quedar los cadáveres de algunos hombres y mujeres, con suerte un comandante o jefe guerrillero habrá muerto y la misión para las Fuerzas Armadas habrá sido un éxito. Cuando el cabecilla del grupo logra huir por entre las trincheras y la manigua, son el número de cuerpos encontrados lo que permite celebrar por unos minutos al gobierno. Esos cuerpos sin distinción, sin historia, sin contexto, los cuerpos mutilados por las bombas son el botín de guerra del Estado. El arsenal con el que pretendían despedazar a Gentil Duarte, comandante de las disidencias, no logró su principal objetivo. Aun así, varios cuerpos fueron encontrados en el campamento guerrillero.

Entre los cadáveres se logró identificar a dos menores de edad, adolescentes, reclutadas por este grupo armado. Los discursos legitimando las acciones de las fuerzas armadas no faltaron, como las palabras del exfiscal Néstor Humberto Martínez: “Lo que se discute es que en el cambuche había niños. Que son sagrados. Pero que la guerrilla los recluta y los convierte en combatientes, haciéndoles perder inmunidad humanitaria.” O la sentencia ya conocida del Ministro de Defensa al señalar que los menores en manos de grupos ilegales eran “máquinas de guerra”.

Anclado a un sistema de pensamiento binario, el Estado actúa bajo la premisa de preservar el orden para dividir entre buenos y malos. Una razón instrumental guía sus acciones, en tanto que lo que importa es que la sociedad continúe el rumbo que lleva. Los matices no existen, las contradicciones sociales son borradas por decretos, mientras las leyes no alcanzan a dimensionar las dinámicas sociales de los territorios. El mundo es un tablero de cuadros negros y blancos que está ya organizado para el Estado.

Esta lógica resulta altamente peligrosa, porque la razón instrumental se guía a partir de la búsqueda del beneficio, la ganancia. En ese orden de ideas los otros son bienes prescindibles en tanto sirvan para alcanzar el bienestar o preservar el orden. Bajo esta mirada, las fuerzas del Estado pueden actuar por encima de la ley y asesinar a cualquier persona en tanto esto contribuya a los fines requeridos. Colombia documenta cientos de casos de violencia donde los agentes del Estado para garantizar una orden han asesinado a civiles, desaparecido habitantes de la calle y torturado a jóvenes.

Para los funcionarios las personas que no entran en los códigos de la ley, están por fuera de ella, y esto les permite salirse de la ley para cometer acciones que legitimen el poder del Estado, como bien lo expresa Giorgio Agamben. La violencia estatal abre un paréntesis que le permite afirmarse, al tiempo que aumenta las formas de exclusión. Porque estos grupos poblacionales son alejados poco a poco de las dinámicas sociales a las que tienen derecho.

¿Cómo entender estos juicios por fuera de los debates netamente jurídicos y acceder a ellos a la luz de las experiencias morales?

Axel Honneth, en su análisis de la sociedad, se percata de que son las luchas por el reconocimiento las que mueven a la sociedad. Estas se configuran con sistemas de valores y clases que reconocen a ciertos individuos y excluyen a otros. Colombia ofrece ejemplos en cada rincón de su territorio. Las comunidades negras, indígenas, campesinas… están expuestas a procesos de exclusión que van desde lo jurídico hasta lo social. Los jóvenes que crecen en zonas remotas fácilmente pasan a ser carne de cañón para los diferentes actores armados legales o ilegales. Las posibilidades reales y efectivas de estas comunidades se reducen y son las luchas por el reconocimiento lo que permite alcanzar algunos derechos, aunque estas luchas suelen estar acompañadas de hechos violentos e, incluso, la muerte.

Tal como lo muestran los diferentes reportajes donde las comunidades campesinas terminan enfrentadas contra el ejército por defender los cultivos de coca de los cuales depende su subsistencia. El Estado no ofrece soluciones reales, crea espejismos en el papel donde consigna que habrá inversión en las zonas rurales afectadas por el narcotráfico; al final, solo llegan los erradicadores, junto a las tropas. En estos enfrentamientos ya han muerto varios campesinos y sus muertes, seguramente, quedarán en la impunidad.

Desde la otra orilla, las clases adineradas tienen facilidad de acceder a muchas posibilidades para realizarse en el interior de la sociedad misma, creando todo un sistema de valores alrededor de estos grupos minoritarios que permite afianzar sus derechos, que más bien parecen privilegios.

Honneth entiende que hay diferentes estadios del desprecio que van desde lo individual, el derecho y lo social. En el primer momento nos encontramos con formas del desprecio como el maltrato físico y la violencia; luego la desposesión y la exclusión de derechos; para terminar en la indignidad e injuria que se da en un grupo social. Pareciera ser que las bombas lanzadas, unidas a las palabras del ministro de Defensa sintetizan las formas de exclusión que piensa Honneth.

En este punto y retornando a las selvas del Guaviare, no sobra preguntarse, entonces, si acaso en el campamento guerrillero no hubieran estado las hijas de algún campesino pobre, si no la hija de un prestante comerciante o político, ¿hubieran bombardeado?

Los cuerpos de las adolescentes fueron masacrados desde el lenguaje y deshumanizadas. Al ser reclutadas a la fuerza por las disidencias pierden cualquier derecho y el gobierno tiene la legitimidad para bombardearlas, ya que son una amenaza para la seguridad del territorio. En perspectiva, el Estado ejerce su derecho legítimo a la fuerza, pero con él ahonda las formas de exclusión de la sociedad. Frente a los pobres reclutados por los grupos armados, el Estado no tiene ninguna responsabilidad, solo brinda la legitimidad para que el gobierno los despedace con sus bombas. Se reafirma esa lógica instrumental donde lo que no permanece en el statu quo es un signo del mal que debe ser erradicado.

Las formas de exclusión, producto de la asimetría de la sociedad, para Honneth, terminan por ser un motor en las formas de búsqueda del reconocimiento. Sin embargo, causa extrañeza la mirada deshumanizante del grueso de la población sobre estas dos adolescentes.

Acierta en esa línea reflexiva Susang Sontag al explorar las experiencias de la guerra en el libro Ante el dolor de los demás cuando expresa: “La guerra destruye lo que identifica a la gente como individuos, incluso como seres humanos. Así, desde luego, ve la guerra cuando se mira a distancia: como imagen”. Para nosotros resulta sencillo continuar nuestras actividades y normalizar que el gobierno, con nuestros impuestos, se lance en una campaña por justificar el asesinato de adolescentes, y desligarse ante cualquier responsabilidad. Bajo esa lógica cualquiera puede ser presa del aparato estatal que busca garantizar el orden por encima de cualquiera.

Así nos habituamos a las imágenes de la guerra, expresa Sontag, la distancia entre nosotros y ellos hace que esas muertes anulen cualquier posible vínculo. Las selvas profundas del Guaviare crean una distancia simbólica entre las adolescentes y la sociedad civil, ellas hacen parte de los otros que alteran el orden de la sociedad, son una amenaza que acecha y que en cualquier momento pueden emerger desde el espeso follaje selvático.

¿Cómo entender que las muertes de esas adolescentes representan el fracaso del proyecto de sociedad en que vivimos? Parece ser que la selva ha trazado otros límites, que las amenazas que allí se ocultan, no solo están en la manigua, sino que la sociedad colombiana ha terminado por ser una selva donde el desprecio se convierte en ley. Esta norma es la puerta de entrada a las formas de violencia donde no importa la muerte de dos menores de edad a manos de agentes del Estado, ni tampoco las formas del lenguaje que acentúan la exclusión de las personas.

ccgaleano@utp.edu.co

@christian1090