COMO EL AGUA EN UN FRASCO

Apuntes sobre el concepto de Historia

Terminaré lo que digo con un exabrupto: aprendemos más de historia o de filosofía con una novela o un ensayo…

 

Escribe / Gustavo Agudelo – Ilustra / Stella Maris

Volví a leer El médico de Córdoba de Le Porrier y diré que uno de los aspectos más complejos de la discusión sobre los alcances y las implicaciones de la novela histórica tiene que ver con la definición de conceptos como «Historia» o «ficción histórica». No es una cuestión sencilla. Y no lo es porque el concepto mismo de novela histórica entraña una contradicción, un oxímoron.

¿Cómo puede ser considerado histórico un género que es en sí mismo producto de la invención? A ojos de los historiadores, algo como la novela histórica no es más que una herejía, una paradoja. No es para menos. El tema aquí es comprender a qué se refieren los historiadores con el adjetivo «histórico» y cuáles son las características o circunstancias que determinan si un hecho puede ser catalogado o no como tal. A simple vista, parece evidente que no todo acontecimiento, por el simple hecho de pertenecer a la historia, puede catalogarse como histórico.

Que Julio César decidiera cruzar el Rubicón sin autorización del Senado romano o que Los Beatles subieran a la azotea de Apple Corps para tocar por última vez son, por su trascendencia, ejemplos de hechos históricos. No obstante, decidir que un evento o un hecho histórico lo es función de su trascendencia tiene profundas implicaciones en el concepto mismo de Historia y en la forma en la que interactuamos con dicho concepto.

Vamos por partes. Si el adjetivo «histórico» gira en torno a las repercusiones futuras de un hecho determinado, implica que lo que llamamos Historia es un asunto categórico que se explica a través de la concatenación de una serie de hechos históricos; esto es, una serie de acontecimientos específicos con incidencias futuras. Lo anterior es problemático por una razón: reducir la Historia a los hechos relevantes implica la puesta en escena de una estética, de una forma particular de concebir y explicar el mundo que no sólo riñe con la idea misma de Historia, sino que está mucho más cerca de la literatura de lo que los mismos historiadores están dispuestos a reconocer.

Lo que subyace a todo esto es una discusión de tipo filosófico, incluso metafísico. Pasar del adjetivo «histórico» al sustantivo «historia» supone la construcción de una definición; esto es, la idea de que sabemos lo que es y por tanto podemos definirlo. ¿En realidad sabemos lo que es la Historia?

Pongamos por caso a Julio César. Sabemos, gracias a los testimonios de historiadores como Heródoto o Flavio Josefo, que en el año 49 a. C, después de la batalla en las Galias y de la preocupación del Senado romano por sus acciones y el crecimiento de su poder, decide cruzar el Rubicón. La acción de Julio César es un hecho histórico que aparece en todos los libros de historia pese a que no tenemos claridad sobre en qué parte cruzó y si el de ahora es el mismo río que refieren las crónicas romanas. Decimos Rubicón y asumimos que el sustantivo propio es suficiente para definirlo y perdemos de vista que, como en la obra de Tolkien, los nombres propios no son sino meros accidentes gramaticales y que lo que hoy llamamos Amazonas fue llamado por Lope de Aguirre como «Marañón» y en algunas zonas de Brasil como «Solimões».

Lo interesante de todo esto es que, a través de la ficción, Tolkien llega a la misma conclusión que Isidoro de Sevilla, en el siglo VII d. C, con sus Etimologías: las palabras tienen historia y la semántica no es algo que pueda contenerse como el agua en un frasco. Contemporáneo de tipos como Heidegger y Wittgenstein, Tolkien era consciente de que las palabras, más que construcciones lingüísticas invariables, son el resultado de un mundo turbulento y, como el mundo, están hechas de particularidades y no de generalidades; es decir, más cerca del relativismo que de la metafísica.

En ocasiones, el truco de la filosofía consiste en convertir los atributos en esencias; los adjetivos en sustantivos; de ahí que el esencialismo, de cuño platónico y aristotélico, haga carrera y se convierta en el pilar fundamental para tipos como Agustín o Tomás de Aquino y constituya un elemento clave en la construcción de la fe que compartimos durante los primeros concilios en la Alta Edad Media. Eso nos trae de vuelta a la definición del concepto de Historia y a la incomodidad de algunos historiadores frente a la novela histórica como género. La discusión entre el esencialismo y el nominalismo está a la orden del día.

Terminaré lo que digo con un exabrupto: aprendemos más de historia o de filosofía con una novela o un ensayo (Aristóteles detective de Margaret Doody o Encyclopédie de Philipp Blom) que con un tratado a la manera de Kant o Hegel.