CUENTOS DE LA MADERA Y EL MARFIL

Sobre el valor de los objetos, esas minucias que habitan nuestra casa y que tienen tras de sí toda una historia.

 

 Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

… y vestirse para otros es un placer tan grande como desvestirse.

                                                       Edmund de Waal

Cuando trascienden su valor de uso, a poco que les prestemos  atención los objetos labrados a mano empiezan a contarnos historias: la suya y la del mundo en que fueron forjados. Es su forma de afirmarse frente al paso del tiempo.

Y nosotros nos afirmamos a través de esos objetos: un cinturón, una medalla, una vasija, un grabado. En ellos podemos escuchar el rumor de quienes nos precedieron, así como saber de sus  anhelos y  temores . Basta con pasar la mano sobre la suavidad de un vestido de  seda o seguir los contornos de  una talla en madera o marfil.

El ceramista  británico Edmund de Waal ( Nottingham, 1964) ha heredado de su tío abuelo Ignace Ephrussi, más conocido como Iggie, una colección de doscientas sesenta y  cuatro miniaturas que en la cultura  tradicional japonesa se conocen con el nombre de netsuke.

Entre esas figuras se destacan:

Un zorro con ojos incrustados, de madera.

Una serpiente en una hoja de loto, de marfil.

Niños jugando con un casco de samurái.

Una pareja haciendo el amor.

Un fardo de leña menuda atado con una cuerda.

Pero hay dos que ejercen sobre Edmund de Waal una especial atracción: un monje dormido sobre su cuenco de mendigar y una liebre con ojos  de ámbar.

El ceramista se pregunta por las manos que las esculpieron y dibujaron, por el estado de ánimo del artista, por el tono de la luz que rodeó su elaboración, por la procedencia del marfil y la madera con que fueron elaboradas.

Con ese alijo de preguntas emprende un viaje a Japón, último lugar de residencia de su tío abuelo, un auténtico sibarita en el viejo sentido de la palabra. Amante de la buena música, de los trajes elegantes, de los vinos añejos, de la gran poesía, de la buena mesa y de los goces del cuerpo propio y del ajeno. Un esteta, en suma.

El resultado de ese viaje no estaba previsto en los planes iniciales de Edmund de Waal, pero aquí está de vuelta con un exquisito libro de 365 páginas publicado por el sello Acantilado con el título de La liebre con ojos de ámbar, Una herencia oculta, traducido al español por Marcelo Cohen.

Como todos los auténticos viajes, el suyo es más interior que geográfico, así cruce el planeta entero en busca del origen de los netsuke y sus autores.

Siguiendo su  rastro no tarda en encontrarse con la aventura vital de sus antepasados Ephrussi , judíos rusos comerciantes en cereales en su natal Odesa y más tarde convertidos en poderosos banqueros con sedes en Viena y París, donde alternan con familias tan representativas del poder financiero y cultural como los también judíos Rotschild.

De modo que  la historia se convierte, aun a pesar del autor, en un relato del ascenso y caída de ese clan familiar, contado a través de las peripecias de los netsuke, desde su concepción por manos anónimas en remotas aldeas japonesas hasta su llegada a Francia, donde pasan a formar parte de las colecciones de arte de Charles Ephrussi, un hombre fascinado por la belleza en todas sus manifestaciones, que llegó a ser adorado por los  artistas de  la edad dorada parisina, hasta el punto de haber inspirado  el célebre personaje Charles Swann de la saga de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido.

Ya en la página veintisiete del libro, el autor nos presenta su poética, su declaración de principios:

Todo en los relatos se reduce al paso de los objetos de mano en mano. Te doy esto porque te quiero. O porque a mi me lo dieron. Porque lo compré en un lugar especial.  Porque tú lo  vas a cuidar. Porque te va a complicar la vida. Porque le dará envidia a otro. En los legados no hay historias fáciles. ¿ Qué se recuerda y qué se olvida?. Tanto puede haber una cadena de olvido, de borrado de posesiones anteriores, como una lenta acumulación de historias. ¿ Qué se me está entregando con estas miniaturas japonesas?

Ese tránsito de mano en mano se da a través de las historias pequeñas, las personales y familiares y en la Historia grande, la que eleva o destruye  esas vidas. Por eso en La liebre con ojos de ámbar somos testigos de amores y desamores, de lealtades y traiciones, de encumbramientos y caídas.

Y allá, al fondo, como un rumor que se transforma en fragor, acontecimientos como la caída del imperio de los Habsburgo, cuyo capítulo final fue la Primera Guerra Mundial, o la devastación económica desatada entre esta y la segunda, todo eso signado por el drama del pueblo judío en una Viena que se preciaba de tolerante y cosmopolita, con su desfile de poetas, de músicos, de artistas que pretendían hablar en todas las lenguas.

En la citada página veintisiete el autor nos habla del latido de los objetos:

Ese latido me intriga.  Antes de tocarlos o no, hay una brizna de titubeo, un momento extraño. Si decido coger esta tacita con una sola muesca cerca del asa, ¿contará después para mi?. Objeto sencillo, esta taza más marfileña que blanca, demasiado pequeña para el café matinal, no del todo equilibrada, podría hacerse parte de mi vida de cosas manipuladas. Podría caer en el terreno del relato personal: el sensual, sinuoso trenzado de cosas y recuerdos. Una cosa favorecida y favorita. O podría dejarla de la lado. O dársela a otro.

Bueno. Quizá  La liebre con ojos de ámbar sea esa tacita. La metáfora de las doradas madejas del tiempo que nos hacen y deshacen en este fugaz tránsito por el mundo del que solo puede redimirnos la belleza de ciertos instantes.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada