DAÑOS COLATERALES

Aparte de alargar las frases y  afear el estilo, nada aporta eso de hablar de los ingenieros y las ingenieras, de los amigos y las amigas, los abogados y las abogadas, los rinocerontes y las rinocerontas.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales

Cuatro semanas atrás, durante una visita a Colombia para tratar la situación de los venezolanos en el país, una funcionaria de ACNUR utilizó la expresión“esperanzosa” para referirse a las expectativas generadas tras la promulgación del Estatuto Temporal de Protección de Migrantes por parte del gobierno colombiano.

Desde luego, la señora quería decir esperanzadora. Sólo que se vio obligada a adaptar la palabra a la  gramática de su lengua nativa. Hasta ahí todo va bien: así funciona el uso de los idiomas aquí y en cualquier parte. Recordemos  la forma como nuestro lenguaje coloquial convirtió el inglés watchman en guachimán o el Round point en rompoy. Así se enriquecen  y transforman las lenguas de la tierra.

Pero una cosa son las transformaciones naturales y otra muy distinta el arribismo expresivo. Ya me imagino al esnob de coctel hablando de una obra esperanzosa, tal como muchos tecnócratas utilizan hoy el verbo aperturar en lugar del humilde abrir, recepcionar en sustitución del útil y claro recibir, internación para decir ingreso o visualizar, en remplazo del más preciso ver.

Eso para no hablar de los abusos perpetrados por el periodismo deportivo, donde en lugar de usar el viejo y preciso marcar se apela ahora al confuso y feo referenciar. “El defensor referenció al delantero rival”, recitan y las audiencias se sumen en el estupor, ante la imposibilidad de entender lo que les quisieron decir.

Y  se supone que la clave de la buena comunicación es la claridad que conduce a la comprensión.

Esas cosas nacen de la necesidad de vérselas con un organismo vivo y  palpitante como es el lenguaje. Pero siempre estaremos transitando los límites del absurdo cuando los usos no corresponden a la necesidad sino a la pose o  a la voluntad  de manipulación. En este último caso, en lugar de enriquecerse el  idioma se empobrece. No sé quien fue el primer tecnócrata al que se le ocurrió utilizar el verbo socializar en sustitución de expresiones tan diáfanas como divulgar, hacer pública o compartir una información.

En todo caso, por esa ruta hemos llegado a la tontería de decir que vamos a socializar con una persona, cuando en realidad queremos aludir al dichoso acto de conversar, charlar o botar corriente, para utilizar una expresión rica y cara al habla coloquial.

Hasta aquí las cosas parecen meramente anecdóticas. Pero si uno se detiene a pensar, sin darnos  cuenta las palabras empiezan a transitar por el peligroso terreno de los eufemismos, ese recurso consistente en manipular el lenguaje para ocultar la realidad. Eso lo saben los demagogos, los publicistas, los jefes de propaganda oficial y los gurús.

La historia del niño en el cuento de Hans Christian Andersen El nuevo traje del emperador, el único que se atreve a decirle al rey que está desnudo, es bastante ilustrativa al respecto y debería marcar la pauta para quienes trabajamos con las palabras .

Pero no. De un momento a otro confundimos la sobriedad y la elegancia con hipocresía, asepsia y corrección política.

¿Recuerdan la expresión “daños colaterales”? Hagamos memoria: la frase surgió en el mundo de la guerra y fue acuñada para aludir a las secuelas letales de invasiones  y combates en la población civil y en sus lugares de residencia. Da igual si se trataba de una aldea vietnamita perdida entre arrozales o de los habitantes de Hiroshima y Nagasaki devastados por el infierno nuclear.

Lo grave es que periodistas, medios de comunicación, políticos y ciudadanos cayeron en la trampa y empezaron a recitar la frase, despojando así al horror de sus hondas implicaciones éticas.

De igual modo los nazis redujeron el exterminio sistemático de judíos a algo tan impersonal y abstracto como La cuestión judía. A su vez, el estalinismo forjó el concepto de Realismo socialista para confinar el arte al terreno de la propaganda oficial, mientras el maoísmo chino acuñó la sugestiva etiqueta de Revolución Cultural para esconder lo que en realidad fue una especie de lobotomía colectiva dirigida a despojar a la gente de su autonomía y sentido crítico para ponerla al servicio de una ideología.

Llegados a Colombia, el caso más ilustrativo es el de los asesinatos cometidos por integrantes del ejército a instancias del ejecutivo, bautizados con manifiesta intencionalidad de ocultamiento bajo el nombre de falsos positivos. Esta última frase es tendenciosa, ambigua y distrae a quien la pronuncia y la escucha del drama humano implícito y de las repercusiones legales de esos crímenes.

En esa misma dirección, siguiendo la línea de su antecesor y guía, el presidente Duque y sus asesores de propaganda decidieron borrar las masacres que desangran cada día el mapa de Colombia, reduciéndolas a la condición de asesinatos colectivos, lo que marca una sutil y esencial  diferencia, que confunde al consumidor pasivo de información.

Sumo y sigo. Cada día los biempensantes  forjadores de la corrección política nos asaltan con una nueva frase o vocablo enfocados a hacernos creer que las pesadillas políticas y económicas desaparecen con solo cambiarles de nombre. Expresiones como afro, trabajadora sexual, adulto mayor y habitante de calle, para mencionar solo cuatro de las más utilizadas, sugieren un cambio en las condiciones de vida de las personas. Condiciones que en muchos casos no han hecho nada distinto a empeorar.

Y llegamos a la cima del listado: el llamado lenguaje incluyente, de obligado uso en algunos sectores. Aparte de alargar las frases y  afear el estilo, nada aporta eso de hablar de los ingenieros y las ingenieras, de los amigos y las amigas, los abogados y las abogadas, los rinocerontes y las rinocerontas.  Más allá de la paranoia militante, nada agrega esa absurda enumeración. Después de todo, cuando se dice ingenieros se  incluye a las mujeres, los gays y a toda la amplia gama de la diversidad de quienes ejercen esa y todas las profesiones.

Por estas fechas, cuando se habla del Día del Idioma, bien vale la pena hacer un alto en el camino para reflexionar sobre los daños colaterales que toda esta ordalía aséptica y farisea le ocasiona a nuestro principal instrumento de comunicación.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada