DISCURSO FALAZ

Este es un buen momento para cuestionar el discurso falaz sobre la democracia. Si es buena ha de serlo para todos, empezando por la aplazada deuda de la justicia social y el equilibrio económico.
Escribe / Gustavo Colorado – Ilustra / Stella Maris
Las élites del mundo, con la colombiana incluida, han manejado a lo largo de los años una posición  amañada sobre la democracia. Cuando sirve a sus intereses ponderan las bondades del modelo frente a otras formas de gobierno: la elección popular, el talante representativo, la separación de poderes y la defensa de las libertades.
Hasta ahí todo funciona más o menos bien: de hecho, se afirma con razón que la democracia es la menos imperfecta de  las formas de gobierno. Sólo que este principio opera mientras responda a los intereses de los grupos de poder que la tienen a su servicio. Porque cuando se sienten amenazados vuelven a las viejas andanzas: la mordaza, las pistolas y las mazmorras.
Los colombianos acabamos de recibir una muestra de esto último. En medio de las turbulencias desatadas por protestas sociales que piden acuerdos serios y no simples respuestas de momento, el diario El Espectador publicó en su edición digital del miércoles 12 de mayo una nota más que preocupante : la reunión de dos congresistas  risaraldenses con un grupo  de empresarios de la región, en la que se habló entre otras cosas, de “ apelar a la legítima defensa” y de “ hacer presión” , a través de la pauta publicitaria, sobre medios de comunicación y periodistas  para que adapten el tono y los contenidos de la información a las demandas de un gobierno en apuros frente a su propio pueblo y sometido a la mirada de la comunidad internacional.
Se trata del senador Alejandro Corrales, cafetero de Belén de Umbría, y del representante a la Cámara Gabriel Jaime Vallejo Chufji, de las entrañas de los grupos de poder locales.
Para  empezar, deberían explicarnos en qué consisten y cuáles son los  alcances de “la legítima defensa”. En una sociedad excluyente y proclive al eufemismo esa frase puede significar muchas cosas y ninguna apunta en buena dirección. Sobre todo cuando apenas una semana atrás se empezó a hablar de “ciudadanos de bien armados”, cuando en realidad se trató de pistoleros disparando contra líderes de la protesta pacífica, como sucedió con el  estudiante Lucas Villa.
Sobre lo de “presionar” a través de la pauta a medios y periodistas, creo que la palabra precisa es chantajear, porque a menudo nuestro hábito de no llamar las cosas por su nombre nos ha conducido a callejones sin salida.  Basta un ejemplo: decirle “falso positivo” a un asesinato a secas dilató durante muchos  años el abordaje directo y honesto de esos crímenes.
Si bien esa es una vieja práctica, a esta altura del camino precisamos más que nunca de medios y periodistas que aborden la complejidad y diversidad de los acontecimientos con criterio, de modo que los consumidores de información, cada vez más pasivos y confundidos, tengan  los elementos mínimos para hacerse a una idea de las a menudo contradictorias fuerzas que los rodean.
Esa “presión” a los medios y periodistas puede abrir las puertas al nefasto delito de opinión que tantos desastres ha ocasionado en el mundo. Después de todo, vivimos en un país que a lo largo del siglo diecinueve libró reiteradas guerras  civiles en defensa de la libertad de expresión.
No puede ser que las hayamos perdido todas.
Por fortuna para todos, hoy tenemos los medios alternativos y digitales que gestionan su supervivencia por fuera de la pauta convencional, tan fácil de utilizar para obligar al silencio, cuando no a la abierta complicidad de  propietarios, directores y periodistas.
Como ustedes lo habrán notado ya, buena parte de este  texto salió entre comillas. Pero esa es nuestra realidad de hoy: vivimos en un país entrecomillado por la retórica oficial y sus replicantes en todos los frentes. Todo lo que se dice y escucha puede ser un arma letal, sea  real o simbólica. Si antes se hablaba de “pájaros”, luego de la “mano negra”, más tarde de “fuerzas oscuras” y ahora de “vándalos”, algo tenebroso tiene que estar agitándose allí para que no nos decidamos a llamarlas por el nombre. Si revisamos la Historia de Colombia, siempre  algún caudillo o partido político acabó beneficiado con esa deliberada confusión.
Este es un buen momento para cuestionar el discurso falaz sobre la democracia. Si es buena ha de serlo para todos, empezando por la aplazada deuda de la justicia social y el equilibrio económico. Pero no puede ser defendida sólo cuando el mecanismo electoral garantiza la continuidad de un político, o cuando el legislativo sirve para aprobar leyes en beneficio de una casta corrompida hasta los tuétanos. Mucho menos si la prensa y quienes trabajan en ella son vistos como simples amanuenses desprovistos de toda distancia crítica.
Resumiendo: es hora de empezar a quitar tantas comillas.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada