Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad y garantice, en un acto desinteresado y democrático, el acceso mínimo vital de internet para facilitar la labor de los Maestros, los aprendizajes de nuestros niños, niñas y jóvenes y la reconstrucción de un país cansado del subdesarrollo.

 

Por / Hernán Mallama Roux

No hay enseñanza sin investigación ni investigación sin enseñanza.

Paulo Freire.

Empiezo este artículo con una frase de un gran pedagogo que, ante todo, planteó la importancia de una educación incluyente, democrática y libre porque es allí donde debemos empezar a direccionar el acto pedagógico si queremos ser partícipes en la transformación de los valores culturales que hoy nos asfixian.

En estos últimos días he leído varios artículos que cuestionan, desde distintas miradas, el qué va a ocurrir con la educación de nuestros niños y jóvenes cuando estamos confinados en una cuarentena que apenas comienza. Muchos de ellos, en el mejor de los casos, citan filósofos, sociólogos, psicólogos y un sinfín de profesionales colindantes a la educación, casi todos ellos extranjeros que, a propósito, elaboran sus investigación y subsecuentes conclusiones basados en sus propios contextos, en sus propias y únicas realidades sociales y culturales.

Algunos otros ꟷen los artículos leídosꟷ citan tecnócratas o expertos ꟷincluso se autodesignan en esa categoría los que escriben los artículos y que jamás han pisado un aula de clase, o que, de haberlo hecho, parten de una escasa e insuficiente experienciaꟷ refiriéndose a la educación desde la técnica o desde la ciencia, en palabras de María Isola Salazar:

Resulta también evidente que otro efecto nocivo ꟷacerca del debilitamiento de la pedagogía como saber fundamental en la formación de profesoresꟷ fue el de la aplicación de la racionalidad tecnocrática a la pedagogía, que trajo como resultado su instrumentalización” y finaliza “además de la errada idea de que la pedagogía era cuestión de gestión y control.

Colombia, hoy, enfrenta muchos dilemas: mantener a flote el empleo, las pequeñas y medianas empresas, la canasta básica de las familias más vulnerables, la atención a los afectados por el COVID, y a esto se suma el que estamos en pleno calendario escolar. Se ha hecho evidente el abandono estatal en muchos aspectos, han quedado al desnudo los resultados de años y años de corrupción y podemos comprender, por primera vez en la historia, la importancia de elegir bien nuestros gobernantes.

Esta es una situación excepcional, jamás contemplada por ejercicio de prospectiva alguno. ¿Cuándo podría uno imaginarse una cuarentena mundial? Histórica será la respuesta del hombre y la sociedad ante el infortunio. En los artículos se han señalado la falta de habilidad de los docentes con la tecnología. Enumeran grandilocuentes conceptos propios de esta rama: bits, megas, redes, y un sinnúmero de sustantivos que enmarcan una pregunta común, ¿y ahora cómo van a estudiar los niños si sus profesores no saben utilizar los recursos informáticos?

Históricamente el docente se ha capacitado con sus propios medios, ha pagado sus maestrías, sus doctorados, los créditos para ascender en el escalafón. Ilustración / Pikara Magazine

Vemos que es sobre los docentes sobre quienes recae la responsabilidad de la educación de nuestros niños y jóvenes. Y aquí es donde hallo un muy delicado asunto: la sociedad en conjunto ve al Profesor como si fuese la cabeza del Sistema desconociendo las innumerables e históricas luchas del magisterio por dotaciones para las instituciones educativas, por desarrollar políticas que favorezcan los sectores más vulnerables, incluso, por mejores condiciones laborales y sociales para los trabajadores que redunden en ambientes familiares positivos para los niños y jóvenes; por ejemplo, acompañamiento efectivo de los padres en el proceso de aprendizaje del estudiante.

Ya lo afirmó Julián de Zubiría en su columna de Semana: “Si los Ministerios de Educación no asumieran su responsabilidad, estarían violando el sagrado derecho que tienen los niños y las niñas de recibirla”. Es decir, la responsabilidad debe trasladarse a quienes manejan los hilos de los procesos de educación en la población.

Históricamente el docente se ha capacitado con sus propios medios, ha pagado sus maestrías, sus doctorados, los créditos para ascender en el escalafón; apenas hace 6 o 7 años, luego de marchas y paros, y de interminables reuniones con el Ministerio de Educación y sus asesores, logró acordarse que se destinara un rubro para capacitación de profesores, valga la aclaración, para unos pocos, no es un plan que beneficie a todo el sector.

He sido un gran crítico de la insuficiencia de los docentes en el uso de los recursos informáticos. Es importante que se apropien de ellos de cara a una realidad que se ha transformado: los niños, niñas y jóvenes deben aprender a través de los dispositivos tecnológicos que tengan a la mano, es importante que sus docentes estén a la vanguardia de dicha tecnología, es un imperativo de quien trabaja en la educación continuar aprendiendo e incorporando tanto como le sea posible los dispositivos tecnológicos.

No obstante, considerar que es por ellos que nos enfrentamos a una crisis educativa que afectará los aprendizajes de nuestros estudiantes es algo excesivo, en especial, porque son nuestros docentes quienes a diario enfrentan con creatividad y “paciencia monacal” el abandono estatal, la indiferencia familiar, la crisis social que afecta a nuestros estudiantes. Ellos encontrarán la forma más expedita para facilitar los aprendizajes, para instaurar la duda y la curiosidad. Ellos seguirán firmes, aprenderán a utilizar y a incorporar la tecnología, y cumplirán a cabalidad con su deber, con su compromiso social y ético.

Pero también es una gran oportunidad para los docentes colombianos, este camino desconocido del miedo y la cuarentena, ofrece la oportunidad de investigar nuevas formas del aprendizaje. Este es el histórico reto, pasar de simples trabajadores de la educación a constructores de conocimiento, mediadores reales entre un sistema de información casi infinita y el deseo auténtico y significativo por acceder a esa información, como diría Estanislao Zuleta “cuantificada, masiva, beatificada”.

Es así como se abre una posibilidad en medio de la incertidumbre: trascender de facto que el individuo debe rendir cuentas de lo aprendido a “un individuo que acceda a pensar en los procesos que condujeron a ese saber”, afirma Estanislao Zuleta.

Otro aspecto relevante que se pone en evidencia en este escenario es la exacerbada asignaturización a la que está sometido un estudiante colombiano. ¿Cómo responder compromisos académicos de más de 14 asignaturas? La congestión académica empezará también a causar estragos como el COVID si no hacemos un alto para identificar realmente cuáles facilitan un desarrollo equilibrado de los procesos cognitivos en el ser humano y cuáles simplemente atienden al reforzamiento de un contenido muchas veces subsidiario del modelo económico imperante.

Más allá de los contenidos, lo que realmente importa es que el individuo reconozca de forma autónoma cómo construye el conocimiento. Ilustración / Cesmerr

Ya lo advertía el Profesor Carlos Alberto Jiménez: “nuestro cerebro en gran medida es el resultado de un proceso biológico y genético apoyado en la experiencia y en la cultura, en los cuales la enseñanza se debe mirar como un mecanismo potenciador de dichos procesos”.

Más allá de los contenidos, lo que realmente importa es que el individuo reconozca de forma autónoma cómo construye el conocimiento, sea cual sea su área de interés, y se incline por aquello que más lo seduce, que lo apasiona y satisface. Tolchinsky afirma “Es escribiendo que el niño comprenderá cómo funciona la escritura y no estudiando escritura como aprenderá a escribir”.

Desde esta perspectiva se revalúan varios elementos. El primero: ¿un docente enseña? Desde el paradigma de la educación tradicional, sí. Pero el desafío en tiempos de pandemia es otro, el docente debe mediar entre la información, la forma de acceder a la información y cómo dicha información transforma el pensamiento del individuo.

El segundo, ¿es importante el contenido? Bajo ninguna circunstancia, el contenido es el pretexto para el desarrollo de las potencialidades del niño, niña o joven. Es a través de él que se descubren intereses, se cautiva el deseo por aprender y los valores humanos subsecuentes, de otra forma sería una verdadera desgracia porque estaríamos produciendo personas heterónomas para un Sistema en el que prevalece todo, menos el ser humano.

Y el tercero deriva de los primeros dos, en palabras de María Isola Salazar: Es urgente volver a considerar que la profesión docente requiere vocación, de una actitud altruista, de una capacidad para transformarse en sujeto político, sensible a un orden social injusto. Esa dimensión humana que solo un Maestro puede darle a la adversidad es lo que puede salvarnos definitivamente de la debacle.

El aprendizaje es emoción pura, incertidumbre, asombro, tropiezos, ensayo y error, satisfacciones, así que nos queda ese camino abierto; es ahora en la crisis donde podemos apelar a toda nuestra inventiva para superar el pesimismo, para apalancar nuestra misión al lado de los sueños y la esperanza, para transponer la violencia y la inequidad en valores como la solidaridad, la empatía y el amor.

La tecnología no puede comprenderse solo como los artefactos y productos de telecomunicación, desconociendo “las nociones básicas de diseño, proceso, creación, resolución de problemas, innovación y uso que son propias de la tecnología como campo de saber”, como comparten Rueda y Franco.

En otras palabras, los dispositivos electrónicos son un vehículo de comunicación actual como antes lo fue y sigue siendo el libro, son artefactos provocadores de nuevos pensamientos, transgresores y promotores de valores culturales, podemos usarlos de diversas maneras para alcanzar nuestro propósito pedagógico.

Es hora de que el Estado asuma su responsabilidad y garantice, en un acto desinteresado y democrático, el acceso mínimo vital de internet para facilitar la labor de los Maestros, los aprendizajes de nuestros niños, niñas y jóvenes y la reconstrucción de un país cansado del subdesarrollo.

 

Referentes bibliográficos

De Zubiría, J. La educación en tiempos de cuarentena. Revista Semana. Abril 6 de 2020.

Jiménez, C. A. (1999). Cerebro creativo. Pereira.

Rueda, R. y Franco, M. (2018). Políticas educativas de TIC en Colombia: entre la inclusión digital y formas de resistencia-transformación social. Pedagogía y saberes, 48, 9-25.

Salazar B., M. I. (2014). La alegría de enseñar. Una pedagogía po-ética. Ibagué – Colombia. Editorial Caza de Libros.

Suárez, H., Valencia, A. (Comp.). (2010). Educación y Democracia: Un campo de combate. Entrevista a Estanislao Zuleta. Omegalfa. Biblioteca Virtual.

Tolchinsky 20Landsmann, L. Aprendizaje, el lenguaje escrito. Barcelona. Anthropos. (1993). Citada por Jiménez, Carlos Alberto en Cerebro creativo.