Si representamos a las furias como la reacción a modelos económicos que afectan a poblaciones enteras en el mundo global, no es conveniente considerar ese sentimiento como simple reacción de vandalismo.

 

Por: Alberto Antonio Berón Ospina

Las furias, esas criaturas representaciones mítica de la rabia y la venganza, emergen de los submundos de tiempo en tiempo, saltan a las calles, desestabilizando sistemas, generando caos y fastidiando los buenos modales del poder. En octubre reaparecieron las furias en las calles del mundo.

Para los filósofos, la violencia suele ser algo circunstancial. Como escribiera Agnes Heller, se suele contemplar “…desde la ventana, desde las filas del teatro o desde una silla frente a la pantalla de la televisión”. Esto cambió en el siglo XX con intelectuales como Hannah Arendt, Walter Benjamin, Agnes Heller o Franz Fanon,   afectados por experiencias singulares como el nazismo y el colonialismo se ocuparon de elaborar una genealogía  sobre los orígenes y motivaciones de la   violencia, haciendo de esta una categoría fundamental del filosofar.

Propongo un acercamiento al tema, valiéndome de la filósofa norteamericana Marta Nussbaum, quien juzga la cuestión de la furia y la venganza en su libro La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia. Partiendo de un análisis a la obra trágica La orestiada del dramaturgo griego Esquilo, la pensadora se centra en imágenes de las furias o gorgonas, descritas como seres repugnantes, desagradables, ruidosos e impresentables, que, a diferencia de los seres humanos, no razonan, ni poseen un lenguaje articulado. En ellas se condensa la idea presente en la Grecia arcaica, acerca de un mundo bárbaro, donde se tortura, mutila y asesina.

En la obra, las furias se encuentran próximas a apoderarse por completo de la polis griega. Ante su llegada, ¿qué hacer?, ¿enfrentarlas y exterminarlas por medio de la fuerza? La solución recaerá en la diosa Atenea quien les ofrece un canje, un lugar de honor debajo de la tierra, a cambio de abandonar su naturaleza bestial, sus pasiones y sentimiento inadecuados. Han de aprender a oír la voz de la persuasión y se convertirán en benévolas. Por su parte los ciudadanos se comprometen a rendirles tributos.

Fue Atenea la diosa que propuso la ley en reemplazo del ciclo sangriento de la venganza, constituyendo en la ciudad un tribunal que recurre a un lenguaje razonado, con jueces y jurados dispuestos a escuchar y resolver, valiéndose de leyes. Ya no puede ser la furia a quien se le encomiende igualar con violencia la falta, por medio de la venganza. De esta manera, el sistema legal las reconoce, forman parte de un mundo de sentimientos imperfectos que perviven en la interioridad humana. “La ciudad se libera del azote de la ira vengativa que produce conflictos civiles y muertes prematuras.”

Si representamos a las furias como la reacción a modelos económicos que afectan a poblaciones enteras en el mundo global, no es conveniente considerar ese sentimiento como simple reacción de vandalismo. Tras de los gruñidos de la violencia e irracionalidad de sus acciones, existen unas demandas no escuchadas o postergadas de justicia: educación pública, trabajo digno y fin de la corrupción. Como en Atenas, los gobernantes hoy habrán de tener cuidado con las furias colectivas, porque pueden desestabilizar la ciudad. Como sugiere Marta Nussbaum, “Aun son necesarias la Furias, porque se trata de un mundo imperfecto y siempre habrá crímenes con los cuales tratar; pero estas no son deseables ni necesarias en su forma original”.

Como emblemático antecedente está el caso de las furias desatadas por la Revolución francesa, las que sirvieron para que a un sector del pueblo enfurecido le fueran reconocidos, por el poder instituido, toda una serie de derechos que desde hacía siglos reclamaban. En la actualidad, los levantamientos de la población, como es el caso de Ecuador y Chile, pueden representar la exigencia de justicia social inmediata a los gobiernos, a los empresarios, a la banca, a los consejos superiores de las universidades.

Pero no pueden compararse las furias desatadas por trabajadores, indígenas, estudiantes, a las generadas por los fanáticos de una “barra brava” de un equipo de fútbol, o por el llamado a través de las redes sociales a salir y realizar una “purga” en la noche de Halloween. Puede que ambas compartan cólera, resentimiento por la exclusión y falta de oportunidades en una sociedad, pero en el caso de las “barras” y la noche de “Halloween”, se trata de una apelación a la violencia por la violencia, ausente de un sentido último e instigada desde las redes sociales.

Finalmente, quisiera considerar que los eventos de protesta y estallidos sociales acontecidos durante el mes de octubre de 2019 en las universidades colombianas, incluida la Universidad Tecnológica de Pereira, evidencian que el nivel de furia colectiva contenido en los seres humanos puede detonar súbitamente, en medio de circunstancias que desestabilizan el continuo del poder establecido. Ante esos acontecimientos el filósofo, el académico y el estudioso social, deberán estar prestos a “escuchar al otro”, porque no solo importan las razones de la episteme instaurada, sino el grito ensordecedor de la furia, que a su manera, expresa un estado de profundo malestar ante un mundo permeado del más feroz individualismo.

 

Notas

Martha Nussbaum. La ira y el perdón. Resentimiento, generosidad, justicia. FCE. México. 2016

Agnes Heller. Una filosofía de la historia en fragmentos. Gedisa editorial. Barcelona 1999