EL ETERNO RETORNO DE LAS VIOLENCIAS

o el momento de las nuevas oportunidades

Lenta y esporádicamente la maquinaria productiva se detiene, su reactivación integral y social ahora depende de las instituciones.

 

Escribe / Luis Adolfo Martínez H.*

Lenta y esporádicamente se detiene la maquinaria productiva, -tan rentable en los tiempos de crisis como cuando el grano de café alcanza sus mejores precios mientras la sociedad cafetera experimenta por 30 años de bonanza, desplazamientos y violencias extremas-, el sonido de las cacerolas interrumpe la programación de Netflix, algunos barrios se movilizan cerrando las entradas con una rabia contenida durante años de silencio, las ciudades se estremecen al paso de unas mayorías que a pesar del miedo a los contagios, a los infiltrados que buscan deslegitimar las protestas, a las posturas oficiales que responden incrementando las violencias, comienzan a hacer conciencia de su poder democrático.

Con el paso de los días las marchas aumentan su presencia y el eco de sus justos y variados reclamos, nos señalan que algo de nuestro sistema económico, político, social y judicial genera una rabia inocultable. Desconocer la muerte de nuestros líderes y lideresas sociales, el homicidio de jóvenes en el marco de las protestas, las razones de tantos para seguir en las calles, nos señala el estado actual de nuestro modelo económico y de nuestra democracia.

El escenario actual en Colombia -tan atípico al contexto latinoamericano, empieza a encauzar razones históricamente negadas y que fueron tramitadas por los populismos instaurados en Argentina, México o Brasil en la década de los 50, y que sirvieron para impulsar los movimientos modernizadores que transformaron los contextos regionales en el continente.

En Colombia, por el contrario, el sectarismo partidista de mediados del siglo XX frustra tal proyecto modernizador con la muerte de Gaitán, y perfila en dicho periodo de violencia un hito que se instaura en la memoria colectiva de la sociedad colombiana y que perfila a La Violencia como referente icónico institucional en nuestra era moderna.

Pero este periodo no se puede oscurecer sólo con las violencias bipartidistas, ya que un proyecto económico y político en ciernes lograba imponerse a los intereses de los partidos en contienda. La violencia de los años 50, fratricida y desplazadora, no dejó de producir enormes ganancias a importantes sectores de la sociedad colombiana.

El temor de expresiones económicas y políticas de ambos partidos al creciente movimiento popular liderado por Gaitán, el desborde de las múltiples violencias de mediados del siglo XX -que cruzaban violencias veredales, personales y partidistas-, las pugnas entre hacendados y pequeños propietarios, y los intereses de empresarios grises –aquellos que habitan en la frontera entre las economías legales e ilegales– beneficiados de las múltiples violencias, forjaron las alianzas partidistas para impulsar el golpe de Estado de Rojas Pinilla, su retiro posterior del poder y la instauración del Frente Nacional como alternativa seudodemocrática a las múltiples violencias.

Los miedos a las acciones colectivas del pasado se actualizan en las zozobras a las acciones populares del presente. Ante los reclamos históricos, la mediación por la fuerza se impone y las respuestas violentas de sectores populares encauzan el círculo vicioso que tantos señores de la guerra reclaman para justificar sus renovadas prácticas violencias.

En el escenario actual, la reforma tributaria sólo nos sirve como pretexto para comprender las motivaciones que empujan a miles de colombianos a volver a las calles, sin importar la hora, el miedo o las amenazas de militarizaciones de nuestras ciudades.

En estos tiempos, donde se dibujan retornos indeseados, los rostros de las nuevas y las viejas violencias nos exponen sus abominables muecas. Sólo la mesura, la capacidad de escucha, las acciones contundentes para corregir esta ruta inequitativa en la que estamos, le dará al Estado y sus instituciones la legitimidad perdida en las calles y reclamada con tanta vehemencia.

Lenta y esporádicamente la maquinaria productiva se detiene, su reactivación integral y social ahora depende de las instituciones, tanto privadas como públicas, y con ello revertir el eterno retorno de las violencias que por tantos años han modelado la forma de nuestra democracia.

* Coordinador del Programa de investigación en transiciones, violencias y memoria. Profesor Universidad Católica de Pereira