Nada más en Estados Unidos se estima que la industria motivacional estará valorada en 13 billones de dólares para el año 2022, de acuerdo a la plataforma de investigación Research and Markets.

 

Por / Valeria Castillo León

Hace un par de meses, estando en un café, una chica de unos veintiséis o veintiocho años tomó asiento en la mesa contigua, sacó tres libros de una bolsa y empezó a leer. Aún recuerdo los títulos porque me tomé la molestia de escribirlos en la última página de mi libreta: “¡Metas!: Cómo conseguir todo lo que quiere – más rápido de lo que jamás pensó posible“, “GRIT: El poder de la pasión y la perseverancia” y “El 8° hábito: De la efectividad a la grandeza“.

Todavía me parece verla leyendo muy concentrada, sin llegar a soltar un resaltador rosa que utilizaba con frecuencia. No sé cuál sería su historia con los libros, ni si llegaría a cumplir su propósito. Lo que sí sé es que, como ella, millones y millones de personas en todo el mundo consumen ese tipo de contenido con una avidez impresionante. Nada más en Estados Unidos se estima que la industria motivacional estará valorada en 13 billones de dólares para el año 2022, de acuerdo a la plataforma de investigación Research and Markets.

No pienso enumerar todas las razones por las que no leo libros motivacionales, pero sí quisiera señalar un elemento puntual sobre los mismos: el mito de la perseverancia.

Si nos parece trágica la historia del que quiere y no puede, más trágica aún es la odisea del que lo intenta todo (absolutamente todo) y sigue sin poder. No obstante, de la alta probabilidad del fracaso no suele haber mención alguna en la mayoría de textos motivacionales. Por el contrario, sus ventas están fundamentadas en la promesa de que el éxito, sin importar la clase de obstáculo, puede ser alcanzado a través de la actitud y la perseverancia.

En algún momento, con la masificación de los productos culturales, la aparición de la clase media y el discurso del trabajador incansable, el deseo general de acabar con la noción elitista y discriminatoria del talento llegó a su punto más álgido. Era hora de democratizar el sueño de alcanzar el éxito, y en su favor surgían aquellas historias de hombres y mujeres talentosísimos que nunca salían del “don nadie” a causa de la inconstancia.

De esa forma, pasamos de un extremo a otro, reemplazando nuestra oda al talento por una a la perseverancia, mucho más amable y asequible que su antecesor. Actualmente, querer es poder para muchas personas, cosa que la industria motivacional aprovecha al máximo a través de autores que, sin haber sido empresarios o inversionistas nunca, se hacen ricos escribiendo y dando charlas sobre cómo hacerse rico. “El que persevera alcanza”.

Pero no, no siempre es así. De hecho, en el sector empresarial –para continuar con el ejemplo– lo más natural es el fracaso. No solo porque no todo el mundo está programado para emprender, sino porque alcanzar el éxito es simple y sencillamente mucho más complejo. El talento y la constancia son solo dos de los factores que pueden componerlo.

También están los medios, la astucia, las conexiones e incluso eso que llamamos suerte: algo tan ajeno a la capacidad y la disciplina como estar en el lugar indicado en el momento preciso. ¡Tantísimas cosas! Nada más pensemos en el caso de Google Plus, la red social que Google intentó popularizar durante 8 años. ¿Alguna vez la usaron? Yo tampoco. ¡Google, con todo su dinero, toda su experiencia y su talento humano, no pudo! A veces lo más cercano al éxito es saber cuándo renunciar. No desde el derrotismo o el veneno, sino desde la honestidad y la sabiduría.

Si aun sabiendo todo esto optamos por dar inicio a algún proyecto significativo: felicitaciones, lo más probable es que nos encontremos ante uno de esos raros casos de devoción inalterable, cuyo éxito, lejos del dinero, el poder o el reconocimiento, radica en su realización misma.