EL MUNDO AL INSTANTE

Entiendo que el concepto de intimidad ha cambiado, hasta el punto de que mucha gente no ve reparos en divulgar en las redes sociales escenas de su vida sexual.

 

Escribe / Gustavo Colorado Grisales

La gente  de mi generación que asistía habitualmente a cine recordará unos curiosos noticieros de alcance mundial que se proyectaban antes de las películas en cine continuo.

Se trata de El mundo al instante, expresión que hoy suena a oxímoron, porque presentaba como “noticias” hechos acontecidos semanas y meses atrás. El noticiero en cuestión venía en esas cintas de 35 milímetros que exigían manos expertas para su manejo.

En El mundo al instante uno se enteraba de la muerte del dictador Francisco Franco cuando llevaba varios meses enterrado. O descubría que el Bayern Munich de Beckenbauer y G. Muller había caído en casa ante el Barca de Cruyff, Iribar y Neeskens… sólo que el desastre ya había sido corregido dos semanas más tarde con una victoria ante la Juventus de Turín.

Resulta claro que el concepto de tiempo y por lo tanto la noción de instante eran distintos y estaban mediados -igual que hoy- por las  tecnologías utilizadas para transmitir y multiplicar información.

Como el espectador desconocía los datos suministrados, salía de la sala con la convicción de estar bien  informado. Y, en efecto, era así.

A mi hija eso le  produce  risa. Y le asiste toda la razón: ella pertenece a la generación que se entera de las noticias antes de que sucedan y no estoy haciendo un juego de palabras: todo apunta a que la noticia de la muerte de Michael Jackson un veinticinco de junio de 2009 se conoció varios minutos antes de que se apagaran todos sus signos vitales. Sucede que alguien (¿un médico? ¿una enfermera?) con los suficientes criterios clínicos para determinar que su situación ya era irreversible, filtró la información al exterior, y en cuestión de minutos el planeta se enteró del  fallecimiento del llamado “Rey del pop”.

La carrera por esos segundos preciosos significó ganancias millonarias para las empresas informativas y, eventualmente, para quien suministró la información original desde la clínica.

Desde esa fecha hasta hoy, los medios digitales -y con ellos las redes sociales- se han desarrollado a una velocidad que produce vértigo.

Como pasa con  los cambios de algunas tecnologías y el surgimiento de otras, su utilización no tarda en generar  cuestionamientos éticos. ¿Todo vale a la hora de recopilar y transmitir información con tal de llegar primero? ¿Las exigencias del mercado nos autorizan a pasar por encima del dolor de una familia?

En fechas más recientes tuvimos el caso de la muerte de Diego Maradona. En medio del frenesí mediático desatado por la agonía del futbolista nos enteramos de un hecho que indignó hasta a los más indolentes: la forma como el empleado de la agencia funeraria tomó una imagen del cadáver de Maradona y la replicó, acaso con fines de lucro o en busca de sus quince minutos de fama.

Para el efecto da lo mismo. En cualquier caso se trató de una violación a la privacidad. Después de todo, la propia muerte es en últimas lo único que nos pertenece en este mundo inasible. Eso para no hablar de su familia, lesionada por el morbo ajeno, justo en el momento más duro de un drama de vieja data.

¿El derecho a la información nos autoriza a saltarnos las barreras que hasta hace unos años protegían la intimidad de las personas y sus allegados?

Entiendo que el concepto de intimidad ha cambiado, hasta el punto de que mucha gente no ve reparos en divulgar en las redes sociales escenas de su vida sexual.

Pero debe de haber un límite más ético que legal. De no ser así, todo esto nos estallará entre las manos, con impredecibles consecuencias.

Volvió a suceder con la muerte del cantante Álex Casademunt en un accidente de tránsito acaecido el martes 2 de marzo en Barcelona. Uno de los funcionarios de la ambulancia  que atendió el caso no se fijó en gastos. Una vez se enteró de quién se trataba procedió a registrar la imagen en su teléfono y la echó a rodar por las redes sociales.

No es difícil imaginar el estupor y la indignación experimentados por el primer familiar que vio las imágenes en las redes sociales. No es para menos: todos los diques del respeto habían saltado por los aires. No hubo tiempo para la llamada privada de un médico o de un funcionario de tránsito. La nueva forma de locura derivada de ser el primero en transmitirlo todo a cualquier precio alcanzaba así un nuevo punto de degradación.

Con un agravante: todo indica que se trata de un punto de no retorno.

PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada