HOLMES Y OTROS NOMBRES

Y entonces la sensación de lo injusto: algo es visible por presión arbitraria del poder de hacerlo símbolo por su irrealidad e ironía —y burla— con las víctimas y lo invisible dentro de la mina, produciendo su propia luminosidad, su propia memoria, reclamando su dignidad y su luto: la justicia hacia el poder que los exilió.

 

Por / Alejandro Suárez – Ilustración / Stella Maris
En las últimas páginas de El minero, de Natsume Sōseki, habita un personaje que le salva la vida al protagonista de las cavidades profundas y asfixiantes de la mina. Entrega parte de su tiempo para devolverlo a la luz radiante del día, luz natural que nos hace vivos así el cielo esté tupido de nubes. En la novela se menciona que Yasu era un fugitivo de la justicia por un hecho que fue llevado a hacer —no se menciona cuál. La intención de Sōseki con este personaje es mostrar cómo el poder es capaz de expulsar algún individuo o —en el caso de un colectivo— desintegrarlo, denigrarlo, desilusionarlo de todo cambio y despojarlo de la raíces de su ser en el mundo.
Yasu llegó a la mina para morir en ella, escondido y oculto: la visibilidad de su ser es nula. Apenas la única luz que le brilla en el rostro es la del golpe del cincel en las rocas de la montaña. Después de leer la novela, vi en Yasu la encarnación de los muertos cuyos nombres olvidamos, aquellos cuya afectación fue la muerte, el abandono y el exilio: es decir, la pérdida de su visibilidad. Una vez olvidamos los nombres de los exiliados ocultos en la mina —invisibles en esa capa negra y profunda de nuestra conciencia— perdemos también una parte del poder nombrar la violencia simbólica ejercida por un poder.
Con la muerte por covid-19 del ministro de Defensa Carlos Holmes Trujillo —sin dejar de lamentar la detención de cualquier corazón y el funcionamiento del mecanismo constituido de órganos y tejidos que perciben y sienten—, pensé que el poder se beneficia de la muerte de uno de sus integrantes —fichas en un tablero de ajedrez. La muerte del ministro reproduce una actualización intencional de la realidad, de su imagen. El poder utiliza la muerte de quien encarna sus intereses para volverlo símbolo y un modelo moral, borrando y eliminando en la memoria colectiva de la población los irrefutables crímenes que cometió. Es decir, el símbolo que es lo visible como imagen y repercute en diferentes estados de la vida social y anímica, aparece gracias a la muerte y lo hace visible en la Historia. Es como si el poder ejerciera sobre la percepción y el entendimiento de la población la unanimidad y la arbitrariedad de poner en la mirada colectiva la imagen de un cuerpo que reverbera por su proyección ideal: el poder se glorifica así y se afirma porque consolida la imagen del símbolo como el haber actuado idealmente y valentonamente como guía y gobernante.
Y entonces la sensación de lo injusto: algo es visible por presión arbitraria del poder de hacerlo símbolo por su irrealidad e ironía —y burla— con las víctimas y lo invisible dentro de la mina, produciendo su propia luminosidad, su propia memoria, reclamando su dignidad y su luto: la justicia hacia el poder que los exilió. Su visibilidad. Toda justicia es la intención de hacer visible al mundo la realidad de una vivencia. Actitud ética que ningún poder tendrá, pues todo poder encierra algún resquicio de ocultamiento.
De esta glorificación del poder con la muerte de uno de sus integrantes, queda su implacabilidad y desidia con cualquier ser. Doblega su cuerpo —porque a él no le interesan los órganos y tejidos— para constituirlo en imagen permanente en el tiempo, ficha inamovible de ejemplaridad en la construcción de la historia nacional. Su modelo moral que intenta construir se basa en un actuar ético venenoso, pues denigra en sí misma la vida y el ser del ministro para apropiarse simbólicamente de ella y usarla como instrumento de control ideológico.
Mientras tanto, los habitantes invisibles de la mina: los 28 menores de edad ejecutados por las fuerzas armadas, el ocultamiento de violaciones a menores de edad en diferentes partes del territorio nacional, el innegable incremento de masacres y liquidación de líderes sociales y ex combatientes de la guerrilla, la firmeza en la legitimación de los asesinatos por parte de la Policía Nacional, entre otros, cuyo habitáculo es esa sombra negra y porosa que no deja traspasar sus cuerpos al pensamiento de la población. Cavados sus nombres, desterrados sus cuerpos y exiliados de la memoria de la sociedad, ellos viven anónimos pidiendo un nombre, un símbolo que los haga refulgir. Y no desaparecer por el poder que los señaló, como a Yasu.

@asoulabody