En nuestra manera de pensar, directa o indirectamente, tenemos el ardid de un modelo económico basado en el hacer, y este hacer tiene un sentido eminentemente práctico en el que producir, reportar, categorizar, numerar, enumerar, apuntar, inscribir, tienen esencial significado para nuestras vidas.

 

Por / Jhonatan Valencia Torres

“El mundo ha cambiado”, se grita a voces desde todos los rincones del planeta; “no volveremos a ser los mismos después de esta crisis”, dicen los que quieren demostrar un carácter más reflexivo; o en redes sociales se leen cosas como  “este es un momento para saber qué estamos haciendo y tratar de cambiarlo”.

Parece, a primera vista, que a fuerza de crisis ha llegado el momento de “volver sobre nosotros mismos” y poner en práctica la máxima que tanto identificó a Séneca o al mismo Sócrates.

Lentamente nos vamos dando cuenta cuáles han sido esas prácticas y modos de pensar que han sumido al mundo en emergencia sanitaria. Por ejemplo, sobre cuáles son las debilidades de un modelo económico basado en la sobreexplotación de los recursos y un estilo de vida marcado por el consumo desenfrenado.

Ahora que volvemos sobre nosotros mismos es tiempo de pensar en nuestros “existenciales”, es decir, en los aspectos centrales de nuestra vida que la definen como verdaderamente auténtica y dejar de lado los placebos del entretenimiento que inundan nuestra cotidianidad y nos alejan de nosotros. Parece que ha llegado el momento en que el hombre se haga de nuevo verdaderamente hombre, conocedor de sus límites y de la finitud que lo define.

 

Fotografía / ICEMD

Sin embargo, nada más lejos de lo real, aún tenemos pendiente de superar un enorme paradigma que se ha alojado en lo más profundo de nuestra subjetividad y que resulta difícil de ignorar. Y es precisamente el que corresponde a esas “narrativas neoliberales” que plantean que quien no “hace nada” no produce y por tanto es un inútil.

En nuestra manera de pensar, directa o indirectamente, tenemos el ardid de un modelo económico basado en el hacer, y este hacer tiene un sentido eminentemente práctico en el que producir, reportar, categorizar, numerar, enumerar, apuntar, inscribir, tienen esencial significado para nuestras vidas. Todo lo que no entre bajo ese estándar de significación queda supeditado a la sospecha de ser inoficioso y banal.

Nosotros mismos contribuimos a esta exigencia cuando sentimos que nuestras vidas parece que carecen de sentido cuando no estamos consumiendo o produciendo; en suma, cuando “nos explotamos a nosotros mismos y creemos que nos estamos realizando”, como diría Byung-Chul Han.

Basta con dar una mirada a nuestra vida cotidiana como a nuestra distribución del tiempo en el trabajo a distancia en esta época de confinamiento. No hay plenitud mayor que la de hacer mil y un cosas para inundar las horas del día.

Cine, series, videojuegos, lecturas maratónicas, ejercicio, cocina, yoga y un largo etcétera, para repetir luego la misma rueda de quehaceres el resto de la semana con el fin de evitar la angustia del no hacer nada.

La pregunta que cabría plantearse sería: ¿Y en este tiempo de “enseñanza”, cuándo ha de ser el momento de volver sobre nosotros mismos; cuándo dejar a un lado los ruidos de un mundo bastante o más ruidoso que antes de cuarentena y dar paso al silencio que nos confronta con nosotros mismos?

Si es este un momento de transformación y de aprender lecciones, ¿cuándo se dará dicha transformación para que de la crisálida de este sometimiento al encierro nazca el hombre consciente de sí mismo?

Desde las mismas dinámicas del trabajo en casa, el error se sigue repitiendo aún en sectores en los que se esperaría la iniciativa para dicho cambio. La educación, por ejemplo, en estos tiempos se jacta de preocuparse por los jóvenes y de buscar estrategias para la formación desde la distancia, pero como alternativa lo que ha hecho es trasladar el mismo modelo de aprendizaje del aula a las casas. Como consecuencia tenemos estudiantes sobrecargados de trabajo con el fin de ocuparlos todo un día; el sistema se repite y se cree que es eficaz.

El caso de los docentes es similar. Ya es conocida la frase del Alcalde de Pereira que considera que hay mucho docente “manicruzado” y que corresponde a esa manera de pensar según la cual si no hay alguien a quien se pueda estar viendo trabajando entonces se supone que no hace “nada” (aquí se repite la narrativa neoliberal basada en la dinámica del patrón – trabajador).

En esa misma línea van muchos directivos de la educación que en su afán por el ver “hacer” han convertido los centros educativos en pequeñas empresas en las que el docente debe dar todo tipo de reporte y atender “juntas-reuniones” constantemente, para demostrar la eficacia de sus prácticas; y “ay de aquel que lo cuestione”.

Para muestra de este afán amparado en un modelo técnico burocrático: los docentes por ejemplo tienen la alternativa desde sus casas de ver cursos de capacitación online para mejorar sus experiencias pedagógicas, cuestión que ya inicialmente es discutible teniendo en cuenta el contexto en el que se vive ahora.

Pero lo preocupante del caso no es en sí la posibilidad de dichos cursos, pues el conocimiento no es despreciable, sino el enfoque y contenido de los mismos. En un alto porcentaje estas capacitaciones siguen la línea de un modelo de educación basado en la importancia de la técnica y los saberes prácticos en detrimento de eso que cada vez se oye mencionar menos y que son las humanidades.

Títulos como Elaboración de pruebas SABER y análisis de resultados, Estrategias de mercadeo y ventas, El Camino del emprendedor, Manejo de GPS, Estructuración de proyectos de investigación, Orientación de formación profesional, entre otros, son enfoques que corresponden a un paradigma harto conocido, pero que bajo la perspectiva de la reflexión que se necesita hoy en día resultan insuficientes.

Ha sido esta manera de ver y de interpretar al mundo lo que ha sumido en crisis la humanidad actual, pues más se ha tratado de saber o de manipular la naturaleza en sus diversas formas, o de encontrar la manera en que se puedan sacar las ventajas de algo (productividad, efectividad), que abordar el conocimiento sobre nosotros mismos y de nuestros fines como especie, si es que los hay.

Todas las disciplinas son esenciales, pero más aún las que tratan del hombre, pues es en estas donde muy a su modo se puede fundamentar una imagen de mundo que entre en armonía con el entorno y se comprendan cuáles son las limitaciones dentro del mismo.

Ilustración / Leto Eko

Al ver la lista de los saberes que se pretenden enseñar a los docentes en estos tiempos excepcionales cabe preguntar en qué momento las humanidades tendrán su espacio. Me figuraba una lista donde se enseñe por ejemplo la estructura del soneto; poesía y tradición colombiana; taller lecto escritura: ortografía y gramática; caligrafía, arte y disciplina; monumentos: historia mundial y regional; rito y danza; filosofía y ética en tiempos de pandemia; la ciencia y sus alcances éticos; historia de las religiones; naturaleza y arte; historia del arte y su función social; modelos económicos, ejemplos, sus límites y aplicaciones; Cosmogonía y cosmología; sistema holístico vs sistema mecanicista; etc.

Creo que ahí empezaría la verdadera transformación que piden estos tiempos; se abriría el espacio de reflexión hacia nosotros mismos que pide la “crisis” y así, probablemente, se tomaría más en serio la frase “no volveremos a ser nosotros mismos” sino mejores.

La visión del hombre ocupado para hacerse valer debe replantearse o por lo menos se de mirar hacia otras perspectivas como aquella que reivindica la imagen de un hombre dedicado al ocio. Palabra que en su acepción originaria tiene que ver con el cese de las actividades en función de la vida práctica y enfocarse en actividades que suman a la formación espiritual de la persona. Un ocio que reivindique el valor de los saberes teoréticos, contemplativos, estéticos. Un ocio en el que las voces de la filosofía, la poesía, la música, y en suma, todo el arte, adquieran el poderoso sentido de que están hechas, pues estas disciplinas hablan del hombre, de su esperanza, de sus miedos, de sus anhelos, de su horizonte y destino. En definitiva se trata de otorgar el lugar que hoy no poseen “las pobres humanidades” y que sirvan como guía para el hombre extraviado en sus cuatro paredes en estos tiempos de pandemia.