La mayor prueba del carácter tecnócrata de Duque, y de sus ministros, es la constante negativa ante las diversas propuestas de reunión con congresistas de todos los partidos, aun cuando necesitaban de ellos para sacar adelante las reformas que el gobierno en su momento propuso.

 

Texto / Camilo Andrés Delgado Gómez

Ilustración portada / Semana

La gobernabilidad, en términos simples, es la capacidad que tiene un gobierno para hacerle frente a las demandas sociales y a eventuales problemas que se le presenten, mediante el “manejo” del sistema político en el que está inmerso. Es, en otras palabras, la capacidad de maniobra de un gobierno para sacar adelante su agenda –la supuesta solución a los problemas del país– en términos de leyes y políticas.

La baja gobernabilidad o, más exactamente, la ingobernabilidad es la poca capacidad de un gobierno para adelantar dicha agenda. Habitualmente es el producto de una mala gestión administrativa y/o de una falta de apoyo político tanto de los ciudadanos como de los legisladores.

El gobierno de Iván Duque, como es evidente para cualquiera que lo mire sin vendas (ni vedas) políticas, ha carecido de esta capacidad desde su comienzo. Las pruebas son varias, entre ellas, la imposibilidad de detener la presión social que ha recibido desde distintos sectores ciudadanos como los indígenas, los sindicatos y los estudiantes. Esto, en todo caso, se plasma en la alta desaprobación que tiene la persona del presidente y el gobierno en general.

También es posible ver la ingobernabilidad en los fracasos políticos que este ha sufrido en lo que va de su mandato. Por ejemplo, el hundimiento de las reformas política y judicial, la caída de la tributaria y los problemas que ya se presentan para que esta última vuelva a salir sin modificaciones, tal como se pidió. Además, la imposibilidad de sacar adelante las objeciones a la JEP y de bloquear las mociones de censura.

Ilustración / Pacifista

Pero la credibilidad y el apoyo político se desploman también con las salidas en falso a nivel internacional, como el “le quedan pocas horas” al gobierno de Maduro o las fotos falsas del informe ante la ONU; y también con la masacre de líderes sociales y excombatientes que, con la mirada cómplice del Estado, no ha mermado.

En todo caso, esto pone de manifiesto la mala gestión administrativa en, al menos, el ministerio del Interior, el ministerio de Defensa y la Cancillería; cada cartera con nombre propio. Sin mencionar las derrotas del partido de gobierno en las últimas elecciones regionales, que es un síntoma evidente de lo mal que va el gobierno.

Pero, además, la ingobernabilidad de Duque es producto, a mi parecer, de otras dos razones en dos momentos distintos: primero, la falta de un rumbo fijo y claro al inicio del gobierno y, segundo, el desprecio por el ejercicio político, que ha sido una constante, pero que últimamente se ha revelado como el gran problema del gobierno.

La primera fue la principal razón de crítica que tuvo cuando aún era nuevo el presidente. Incluso, desde la época de campaña existía una preocupación por cómo iba a manejar al país y a los experimentados congresistas que, se ha comprobado, por buenas intenciones no le caminan a nadie, y todo lo que buscan son “incentivos” para ayudar al ejecutivo.

Además, la falta de rumbo llevó a que durante los primeros meses de gobierno fuera muy común que los ministros salieran en falso con propuestas que el mismo presidente luego rectificaba. También, se recordará, hasta el expresidente Uribe criticó la falta de rumbo de Duque y le pidió que “enderezara”.

Ilustración / Juan Ruiz

Aunque, en este primer momento, también es cierto que la gobernabilidad no la tuvo Duque porque no la tenía Uribe, quien se suponía iba a ser el encargado de manejar el Congreso a favor del gobierno. Cosa complicada pues ni el partido de gobierno tenía claro el rumbo del gobierno, producto de que el presidente no tuvo más de dos o tres reuniones con sus copartidarios.

En últimas, esto afectó negativamente la gobernabilidad porque es muy difícil gobernar y adelantar proyectos si no se sabe para dónde se va, si el congreso no sabe hacia qué dirección legislar y si la gente no apoya nada porque no hay nada que apoyar.

Empero, ¿se puede decir que la falta de gobernabilidad de hoy en día es por falta de rumbo? En parte sí, pero en mayor medida se debe a la segunda razón, el desprecio del gobierno por la política, que configura el gran problema a resolver.

Pero esto necesita un poco de explicación. En un país presidencialista como el nuestro, la gobernabilidad depende de que el ejecutivo tenga buenas relaciones con el legislativo. Estas han sido promovidas de distintas maneras según los gobiernos, pero desde su creación los auxilios parlamentarios (necesarios en su momento), las buenas relaciones entre las dos ramas del poder se han endulzado gracias a lo que durante el gobierno Santos se denominó “mermelada”. Aunque hay diversas opiniones al respecto, lo más probable es que ellos nacieron con la Constitución de 1886.

Esta “mermelada” no es otra cosa que clientelismo. No se trata solo de dineros públicos, sino también de puestos y contratos, que sirven de “incentivo” para el apoyo de los congresistas a los proyectos y la agenda del gobierno. A pesar de su satanización, la “mermelada” no es necesariamente mala, y menos en un país donde el Estado nunca va al territorio, pues sirve para encauzar recursos a regiones donde, de otro modo, no llegarían.

Ilustración / Pulzo

Sin embargo, Iván Duque tuvo como una de sus promesas principales de campaña eliminar de raíz la “mermelada” y, aunque no estrictamente, ha cumplido esta promesa. Además, otra de sus grandes propuestas fue que sus ministros serían, a diferencia de él, personas con experiencia, producto del mérito y, especialmente, con conocimientos técnicos (en contraposición a políticos) en la administración.

Esto, en efecto, también se cumplió. Los ministros, en términos generales, aunque uribistas, tenían un recorrido considerable en el sector privado y un carácter innegablemente técnico. Con esto se esperaba que el gobierno se desprendiera de las prácticas políticas del presidente Santos (la “mermelada”) e hiciera una administración técnica, es decir, una administración racional de los recursos y los proyectos públicos.

El problema de esto es que la política en general, y la colombiana no es la excepción, no funciona con esta “administración racional”. La política tradicional no responde a ello, ni siquiera el propio partido de gobierno. Entonces, las nuevas prácticas tecnócratas del presidente, en vez de acercarlo al Congreso con una relación limpia de clientelismo, le cortaron toda relación con este.

Obviamente es necesario nombrar ministros que sean expertos en los temas de la cartera correspondiente, pero de nada sirve este conocimiento si no saben cómo se capotean los asuntos en el congreso. La mejor prueba de lo anterior fue la exministra de Justicia, quien, siendo experta en su tema, vio impotente como se hundía la necesaria reforma a la justicia.

La mayor prueba del carácter tecnócrata de Duque, y de sus ministros, es la constante negativa ante las diversas propuestas de reunión con congresistas de todos los partidos, aun cuando necesitaban de ellos para sacar adelante las reformas que el gobierno en su momento propuso. Esto es la evidencia del desprecio por la política, propio del tecnócrata y del economista neoliberal, aun ignorando que el presidente es el líder político del país.

Entonces, ¿cómo solucionar la ingobernabilidad? Simple: haciendo política. La gobernabilidad se logra restaurando las relaciones con el Congreso que los ministros tecnócratas han roto. Para esto es necesario llegar a un gran consenso y no solo con el partido de gobierno.

Pero los acuerdos implican cesiones y la más importante debería ser sobre el acuerdo de paz; un buen inicio para recuperar la gobernabilidad sería cambiar al comisionado de paz e iniciar en forma la implementación del acuerdo. Al final, la política es la administración de intereses y eso es lo que le falta al gobierno. Entre otras cosas, necesita ceder poder a otros partidos para adelantar una agenda común, es decir, que es necesario la representación política en el gabinete.

Ilustración / Liga Contra el Silencio / Rowena Neme

Sin embargo, en contravía de eso, el último cambio de ministros fue, como lo calificó Yolanda Ruiz, un “enroque”. Es decir, que el gobierno cambia las fichas de posición, pero el problema es que no cambió las fichas. Además, Claudia Blum, la nueva canciller, no aporta nada pues aun siendo cercana a la política tradicional, no parece ser la representación de nadie diferente al uribismo. En últimas, estos cambios no aproximan al gobierno y el Congreso.

Después de todo, el nombramiento de la señora Blum parece, más que una decisión técnica o política, una retribución directa por los millonarios aportes que hizo ella y su familia, por más de 240 millones de pesos, para la campaña a la presidencia de Iván Duque.

Entonces, ante la pregunta sobre por qué la ingobernabilidad del presidente Duque, la respuesta es sencilla: por falta de una coalición en el Congreso. Y esta coalición ha sido imposible construirla porque el gobierno se ha empecinado en no hacer política y se ha encerrado en una administración de tecnócratas que no saben del ejercicio político. Además, no ha sido capaz de dar representación política a otros partidos, aun siendo el único medio para construir una coalición en el legislativo.

Aun así, el Paro Nacional del 21 de noviembre es la gran oportunidad para que el gobierno por fin cambie su rumbo. Al final, el presidente tiene dos opciones, o sigue haciendo lo mismo que en estos 15 meses le ha impedido adelantar su agenda, o bien cambia de rumbo y media pactos políticos que le permitan desarrollar los proyectos que se necesitan para construir un mejor país.

No puedo acabar sin decir que el presidente Duque, en su persona, también es responsable de su falta de gobernabilidad. Durante su mandato, tal como lo dijo uno de los uribistas más retardatarios del país, Duque se ha caracterizado por su actitud pusilánime. También ha sido un presidente advenedizo e hipócrita; no ha dimensionado el cargo que ocupa y no ha actuado conforme a él.