JORGE HERNÁN FLÓREZ Y LOS SONIDOS DEL SILENCIO

Intelectualidad orgánica, marginalidad y marginación en la escena literaria manizaleña

  Flórez representa el típico caso de la relación entre “poesía y capitalismo”, como fractal de la relación entre el artista y el sistema –mundo moderno actual. Un ejemplo de cómo vida y obra se consumen bajo el fuego de traumáticas contradicciones.

 

Por / Mario Valencia*

“En la penumbra junto a la puerta se detuvieron una vez más ante el Santo de las Causas desesperadas y peligrosas. Pues solo las del otro mundo podían ser más peligrosas y desesperadas que las de éste.”

(Malcom Lowry, en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo)

 

Proemio

El veinte de enero de 2020 viajé desde la ciudad de Popayán hacia Manizales con el único propósito de hacer una despedida simbólica a mí a amigo y colega Jorge Hernán Flórez Hurtado, fallecido después de 51 días de agonía en el Hospital de Caldas. Al asomarme al balcón de su féretro experimenté un estremecedor vértigo. No porque me agrediera de alguna forma el cadáver como tal, sino porque de manera impresionante me vi situado ante un muerto que parecía extraído de alguna escena literaria de Nathaniel Hawthorne, Thoreau, Poe, Lee Masters o de algún escritor norteamericano del misterio. El blanco y el negro profundos, siluetaban el contorno de lo que, evidentemente, ya no era mi amigo, sino el silencioso cadáver de un venerable, solemne y adusto anciano que hubieran traído desde el más allá para representarlo en su lugar.

Sentí espanto. Entendí, a fondo, el devastador adjetivo que le da sentido al título de la novela de Malcom Lowry: “Oscuro”, “como la tumba donde yace mi amigo”. En pocos segundos descendí al ocaso más profundo, no a esa ausencia de luz transitoria por la que todos pasamos a veces, sino a una clausura de abisal y definitiva sombra. Casi ciego y sobresaltado me aparté del féretro buscando refugio en algún lugar de la funeraria.

Presentación del libro “Transfiguraciones”, Universidad de Caldas, 2016. Fotografía / Archivo de José Alcides Castro

El intelectual orgánico

En principio, Jorge Hernán Flórez Hurtado era un intelectual, en el sentido que le imprime  Gutiérrez Girardot en La inteligencia, la bohemia, las utopías, tomando como base de su reflexión la tipificación que hace Theodor Geiger. Para tal aproximación semántica, el pensador boyacense concibe el intelectual como aquella inteligencia creadora (no todas las inteligencias son creadoras, precisa Gutiérrez) de “existencias o haberes de la cultura”, que realizan, en un sentido amplio, trabajos inmateriales, pero no solo eso, sino también crean haberes de la “cultura representativa”.

Pero esa inteligencia creadora de haberes materiales e inmateriales de la cultura, cobra un matiz aún más específico para el caso de Flórez, puesto que el aguadeño, como intelectual, además tejió un sistema de relaciones sociales dentro del cual se movió y permaneció durante toda su vida, un tejidos de relaciones socio-culturales y materiales que determinaron su posición como intelectual frente a la sociedad y que marcaron su seña diferencial como “intelectual orgánico”, en el sentido en el que lo concibió Antonio Gramsci. Un intelectual que ha sido producido por su contexto social, económico y político, más que por las escuelas y academias, que emerge “sobre el terreno” y cuyo trabajo material-inmaterial de producción de cultura está ligado a la organización política de las clases subyugadas, con base en la apropiación profunda de conocimientos sobre los problemas de la producción, la técnica y de la economía política.

Como intelectual, Flórez se movió en dos campos de reflexión y acción: de un lado, transitó activamente manteniéndose muy cercano a escritores dedicados a la producción literaria, y de otro lado, militó –al lado de políticos, activistas, líderes sociales, sindicalistas, obreros y académicos– en diverso tipo de organizaciones, participó en actividades centradas en temas históricos, sociales y políticos de actualidad en el país.

Desde su época de estudiante en el departamento de Filosofía y letras de la Universidad de Caldas, orgullosamente graduado como bachiller del Instituto Universitario de Caldas, Flórez desplegó una actividad inusualmente orgánica. Se dio a conocer como uno de los expertos más calificados en la región en la obra de Jorge Luis Borges, y comenzó a participar en múltiples actividades asociadas a los movimientos estudiantiles, sociales, educativos y sindicales que hacían presencia en ese momento histórico en la ciudad de Manizales (décadas de los 70 y 80); lo cual resultaba, en apariencia, contradictorio, pues por un lado cultivaba la abstracción de la ficción literaria más alejada de la realidad (Borges y una pléyade incontable de escritores divorciados de la realidad) y, por el otro, estaba sensiblemente preocupado por los acontecimientos materiales que determinaban el rumbo de las historia local y global de la sociedad.

Estas inquietudes encontraron expresión en el ejercicio transitorio del periodismo a través de su participación como editor de noticias internacionales en el diario La Patria, pero también en el activismo político entre sindicalistas, maestros y obreros en la región. Esta ruta política se mantuvo durante gran parte de su vida y solo desapareció en la última década de su existencia. La sinergia entre creación, política y activismo, también lo llevó a ser gestor y protagonista de diversos escenarios  transformativos sociales, como quiera que formó parte de cuadros directivos de varias ONG de la región, siendo particularmente valiosa su participación en la “Expedición pedagógica nacional” y en la fundación y desarrollo de la corporación “Nuevo Arco Iris”, capítulo Caldas, hoy conocida bajo el rótulo de “Paz y reconciliación”, desde donde no solo trabajó en procesos de reinserción de grupos armados sino en la gestación de parte de los movimientos políticos que hoy en día configuran los cuadros de la izquierda democrática en Colombia.

 

La escena literaria

Flórez representa el típico caso de la relación entre “poesía y capitalismo”, como fractal de la relación entre el artista y el sistema –mundo moderno actual. Un ejemplo de cómo vida y obra se consumen bajo el fuego de traumáticas contradicciones. Un tipo de análisis que llevó hasta el refinamiento Walter Benjamin y que hoy en día suele evitarse, por las incomodidades, retos y angustias que genera, sobre todo entre círculos de escritores, los cuales prefieren ignorarlo abiertamente. Iré directamente al punto sin dilaciones para ubicar al lector en el epicentro del tema.

Como punto de partida sostengo que en la ciudad de Manizales solo hay dos tipos de escritores: Unos: aquellos que con base en su talento, formación, trabajo sostenido a largo plazo, dedicada gestión y lobby sobre su imagen, lograron articularse al sistema capitalista de las artes y las letras contemporáneas, alcanzando éxito y control sobre circuitos de producción y circulación de la mayoría de los productos literarios de la región, a través de instituciones culturales, académicas, económicas, sociales o mixtas, y hacen uso a su favor de los medios de edición, posicionamiento y difusión de sus obras, y, como consecuencia directa de ello, manejan los eventos de consagración y celebración del campo literario local.  Y los otros: aquellos escritores que, pese a su talento, no lograron, o no quisieron articularse exitosamente al sistema capitalista de las letras y por lo tanto nunca dispusieron de los recursos suficientes en infraestructura sociocultural, económica, logística para gestionar su producción cultural y, por tanto, no  cumplieron con los índices de eficiencia y rentabilidad que el régimen de validación del capitalismo cultural actual exige. La obra de estos escritores, al ser producida en estas condiciones, a menudo adolece de la solidez, sistematicidad y potencia necesarias para su consolidación.

Ante la inexistencia de lo que pudiese llamarse una “clase media literaria en Manizales”, un grueso número de intelectuales y escritores del “lado de abajo”, por lo menos durante los últimos treinta años, han quedado relegados históricamente a marchar a la sombra de los primeros, a quienes se resignan a mirar con desconfiada mansedumbre a la espera de un guiño de aceptación que funcione como mecanismo de promoción y les dé acceso a un pequeño espacio en el exclusivo sitial de consagración que ocupan. Sobre el grupo de los escritores exitosos no me voy a referir ahora. Al grupo de los que no quisieron agenciar su trabajo por razones múltiples (pese a contar con respaldos y medios) y se dedicaron a gestionar día a día su precariedad, en una guerra sin cuartel por la sobrevivencia y dignidad, perteneció Jorge Hernán Flórez Hurtado.

Fotografía / Archivo personal Mario Valencia

Y senderos desafortunados tuvo que recorrer el de Aguadas. De una parte, tuvo que habitar durante décadas los cenáculos políticos de una izquierda políticamente insensible a la literatura y las artes, ciegamente enfrascada en un materialismo básico que siempre ha minusvalorado la importancia de la cultura, la poesía y las letras, y que lo ignoró como ideólogo para usarlo como activista. Y por el otro lado, haber coincidido históricamente con circuitos de escritores e intelectuales marginales furiosamente individualista, indolentes y narcisistas, enfrascados en proceso creativos añejos, que aunque emergieron en la década del ochenta en la ciudad de Manizales encarnando expresiones locales de resistencia contracultural, poco a poco, y con el paso de tantos años de frustración y desgaste, hace ya mucho se transformaron en microempresas unipersonales que gerencian su propia autoprecarización.

“Emprendimientos” unipersonales de poesía, de teatro, de música, de cine, etc., sometidos a una agresiva auto-explotación capitalista que incuba en el sujeto elevadísimos niveles de rivalidad, desconocimiento del otro, negación de la alteridad, celos, envidias y rencores, como efecto inevitable de heridas que acumula la subalternización del trabajo creativo, y que ocasiona inevitablemente la casi destrucción de una mínima ética para el “campo” literario y la insostenibilidad de un sistema básico de valores; ambos, instrumentos de socialización, sin los cuales es imposible un mínimo de armonía para la vida en comunidad.

Al ocupar un espacio socialmente anómico –retomando a Romero–, de esta dinámica destructiva también participaron figuras como Rodrigo Acevedo,  Antonio Leyva, Oscar Jurado, Juan Carlos Navarrete, Mercedes Valencia y Carlos Héctor Trejos, sin mencionar (por cercanía y respeto), otros nombres vigentes y ampliamente conocidos en Manizales, quienes se resisten  a  aceptar  su situación de marginalidad y se refugian en el “malditismo” de la autoprecarización,  idealizando la carencia como forma de negarla, retardando y obstaculizando con ello indefinidamente sus propios procesos de reivindicación y los de otros excluidos.

El marginal de hoy comete el craso error de identificar sus prácticas con las del flâneur o el “vagabundo” del Paris del segundo imperio. Este sujeto ha sido históricamente derrotado, absorbido y comercializado por el sistema mundo capitalista y solo existe como imagen icónica de la literatura francesa del siglo XIX. El auténtico marginal del mundo postcapitalista ya no está en las calles mirando vidrieras y tomando vino en tabernas, cementerios y parques, está en el seno de movimientos y procesos socioculturales en resistencia, infiltrado en el mundo hacker de las redes virtuales y reales, creando colectivamente y haciendo parte del complot. El poeta maldito ya no existe, ahora solo existen los malditos poetas.

Ante un panorama como este, el escritor realiza su tarea plenamente consciente, como lo hizo Flórez, de que lo más probable es que nunca vea ni publicada ni valorada su obra (pues editar no es lo mismo que publicar), y de que jamás logrará ni ascenso social ni económico. Pues de hecho, y en términos generales, no conozco un solo escritor en la escena de Manizales, y mucho menos entre ese sector marginal al que me refiero, que pueda decir que vive como profesional de su oficio, es decir, que como resultado económico de su oficio de escritor obtenga los ingresos necesarios y suficientes para el pago de su seguridad social, su pensión y un salario justo; solo un mínimo grupo de ellos a menudo logra su manutención gracias a sus trabajos como maestros o académicos en diversos campos de la labor docente o investigativa; pero la mayoría vive del rebusque.

Porque, si además de la (políticamente crítica) marginalidad voluntaria que asume el escritor, se le suma la marginación proveniente de sus detractores y rivales, obtenemos como resultado un horizonte de frustraciones en la vida literaria que termina por sumergirlo en un pesado flujo de talentos caníbales trenzados en una lucha feroz por los recursos; por hundirlo en un teatro negro dominado por la ego-estética exacerbada por la competencia en torno a las migajas de los “capitales simbólicos” que caen de la mesa de los burócrata y testaferros literarios, como único alimento para los sectores deprimidos de la escena cultural.

Como consecuencia natural de este estado de cosas, los poetas y artistas, por turnos y secuencias –según la dinámica de sus rivalidades, según los variables niveles de apalancamiento, o según sus habilidades para  la gestión de sus intereses–, han terminado dedicados a administrar los ínfimos recursos que difícilmente consiguen captar por la “venta” de un evento cultural, un proyecto, un concurso, un tallercito, una tertulia de salón, un programa de extensión, del cual no solo deben dar cuenta por los costos de  producción sino, además, también deben deducir los costos de su manutención por meses, en una miserable administración de la pobreza que solo contribuye a legitimar y solidificar los sistemas de poder y privilegios de las clases y los sectores culturales y dirigenciales a los que sirven.

La extinción de todo tipo de valor humano en ese medio hace de él un espacio altamente peligroso para la integridad y la sobrevivencia. Un lugar de la cultura postcapitalista desconocido para quienes habitan los espacios de “normalidad literaria”, “normalidad académica” o “normalidad cultural” (en donde la marginalidad existe solo como escena romántica, exótica, irreal, anacrónica), cuando en realidad es un cadalso para el talento, un matadero en donde las fronteras anómicas de las culturas urbanas vivas son arrojadas a  salvajes safaris, en un fenómeno deliberadamente invisibilizado por el establecimiento, que afecta individualmente a figuras como la de Jorge Hernán Flórez Hurtado, y además configuran gruesos y conflictivos fenómenos sociales: los juegos florales de la miseria local, en el contexto mayor de las industrias culturales globales.

Por eso, quien entra en desgracia o sucumbe allí es hombre muerto, el que se arruina, enferma y se debilita, en ese escenario está liquidado, porque nadie le echará una mano, porque sin contemplación alguna le darán la espalda y lo abandonarán a su suerte. En algún momento el escritor en soledad naufraga en deudas y enfermedades, que lo acorralan y empujan al abismo; y ante el caído se despliega todo un escabroso ritual de repudio. Como frente el enfermo grave (como bien lo ha estudiado Orlando Mejía Rivera), ante el escritor que sucumbe todos huyen absorbidos por la culpa y la negación de la muerte.

El agonizante es abandonado a su destino, mientras, soterradamente, sus “colegas” camajanes esperan la desaparición del incómodo y maloliente vate al que, pese a todo, consideran competidor en el iluso Olimpo de los honores literarios, dando frío cumplimiento a la parte oscura de la consumación de un falso proceso de consagración, basado, en parte, en la negación y eliminación del otro, y por otra, en la creencia generalizada (en ese sector de la cultura) en la posesión suprema de un talento especial, en el cual, secreta y ciegamente, el escritor marginal (el “maldito”) aún sigue creyendo.

Pero aún más, a toda la escena socio cultural a la que me he referido subyace otra mucho más aguda y sensible: el talante homofóbico, patriarcal, elitista, heterocéntrico del alma cultural manizaleña.  Y es por esta razón–aparte de la perfección o no,  de la factura literaria o no, de la narrativa de Flórez, del lugar que ocupe en la genealogía de las formas y de las novedades literarias, de los temas de sus cuentos, novelas, poemas, crónicas, en el contexto de la historia de la literatura caldense– por lo que hay que rescatar la vida y la obra de Jorge Hernán Flórez Hurtado: por lo que hay en sus libros más allá de la literatura, por su nivel de transgresión orgánica de los rancios valores puritanos que acuñan el alma de Manizales. Una crítica que el aguadeño condensó en tres grandes temas que atraviesan su fragmentada, inacabada y traumática obra:

1) las complejidades de las relaciones afectivas (específicamente homoafectivas)

2) las cargas culturales de la tradición judeocristiana y

3) el impacto del choque entre esferas sociales y económicas en la vida de los hombres en sociedad.

Pocos escritores en el eje cafetero colombiano y en nuestro país  alcanzaron el dominio sobre la gran literatura occidental que tuvo Flórez, y pocos intelectuales críticos pueden hacer gala de la gran sensibilidad social que acompañó cada acto de este escritor. Quienes hemos recorrido, por décadas, los circuitos intelectuales (oficiales y no oficiales) del Eje Cafetero colombiano sabemos que ninguna “figura” en esos recintos tiene el dominio que sobre esos temas  alcanzó el escritor aguadeño desaparecido. Haremos lo posible para que de él perviva algo más que las cenizas.

* Doctor en Estudios Culturales Latinoamericanos, Profesor titular, departamento de Filosofía, Universidad del Cauca.

 

Referencias

Gutiérrez Girardot, Rafael. El Modernismo. FCE, México, 2004.

Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel. Tomo 5, 1932, Ediciones Era, México, 1975.

Lowry, Malcom. Oscuro como la tumba donde yace mi amigo. Tusquets, Barcelona, 2009.

Mejía Rivera Orlando. La muerte y sus símbolos. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia, 2018.

Romero, José Luis. Latinoamérica, las ciudades y las ideas. Universidad de Antioquia, Medellín, Colombia,1999