Gabo devoró su entorno y nos lo devolvió vestido de magia. Y su versión se volvió más nuestra que la realidad. De mi casa y del mundo seguirá siendo Gabo. Pero en algo si estoy de acuerdo con Sanín, mejor nos ponemos a leerlo antes de que nos lleven las hormigas.

 

Por: Alexandra García

El Amazonas está en llamas, pero quien incendió las redes este fin de semana no fue Bolsonaro, sino la académica y escritora Carolina Sanín con un trino en el que critica el trato ‘confianzudo’, ‘cursi’ y ‘condescendiente’ que según ella implica el uso de ‘Gabo’ para referirse al Nobel.

Yo no soy médico, ni abogada, ni tampoco ingeniera -y tampoco es que tenga mucho swing- pero soy lingüista, y desde esa perspectiva, quisiera ofrecer mis dos centavos al debate. Mi rama de la lingüística -la sistémica funcional- no está muy interesada en el ‘No diga así; diga así’ de las reales academias, sino en entender el lenguaje como ‘una semiótica social’, es decir, como una construcción de significados en la que el análisis del contexto sociocultural, incluyendo tanto las ideologías latentes como las evidentes, se hace imprescindible.

Las formas de referirse al otro, incluyendo los títulos, nombres, sobrenombres y pronombres, hacen parte del sistema de deferencia del lenguaje. El del español, si lo comparamos con los de lenguas mucho más jerarquizadas como el coreano o el japonés, presenta unas opciones muchísimo más limitadas.

Una compañera coreana que aparenta dos décadas menos se quejaba de que los taxistas no se dirigían a ella con el honorífico apropiado. Mientras en español escogemos entre ‘tú’ y ‘usted’, el coreano, dependiendo de su status, debe escoger entre un complejo sistema de apelativos, tres pronombres, y por lo menos seis ‘niveles de habla’ representados en por lo menos 12 terminaciones diferentes para cada oración.

Esta compleja estratificación del interlocutor se repite en otros aspectos de la vida diaria como por ejemplo la imposibilidad para un mando medio de comprar un carro de color negro, los cuales están reservados para los altos ejecutivos. Está claro que la forma de dirigirnos al otro está impregnada de un altísimo valor cultural (i.e. el ‘valeur‘ de Saussure) que está íntimamente ligado al sentido de identidad de las hablantes.

En su trino, Sanín asigna al nombre hipocorístico ‘Gabo’ un valor negativo que ‘disminuye’ y ‘manosea’ al autor. Es decir, al llamarlo ‘Gabo’, sus lectores -y las reinas de belleza que pretenden serlo- le estamos agarrando el culo al Nobel. Esta es, en mi opinión, una interpretación etnocéntrica que sólo sería válida si todos los colombianos nos rigiéramos por las normas culturales del altiplano.

De parranda en Aracataca. Foto / Archivo

En la montaña, se valora el mantener la distancia física, el esquivar la mirada y el dejar claro en el verbo que no hay un ‘nosotros’: efímeramente juntos y jamás revueltos. El ‘usted’, el ‘señora’ y el ‘doctor’ otorgado por virtud de una corbata y un escritorio levantan una muralla por encima de la cual se asoma el otro con alguna solicitud inevitable para pronto desaparecer en la masa amorfa de desconocidos.

Al exigir formalidad en el trato, ¿estamos defendiendo nuestra intimidad (yo a usted no lo conozco) o nuestro status (no sea igualado)? Es una línea borrosa. Encuentro contradictorio entonces el uso de ‘usted’ para el círculo íntimo. Si ustedeo a quien invade mi vientre y a quien escapa de él, ¿a quién habré de tutear? Ese ‘usted’ para el hijo, la madre y el amante me parece el equivalente lingüístico al camisón conyugal de Fernanda del Carpio.

En el Caribe, por el contrario, abrazamos con el lenguaje. El uso generalizado de los hipocorísticos -que a diferencia de los apodos no denotan burla sino cariño- no se limita al círculo íntimo. De hecho, se convierte en tu nombre en todos los contextos excepto para efectos legales.

Vale traer a colación el caso de la pareja que, tras tres años de noviazgo, se enteró por boca del padre el día de la boda que quienes estaban contrayendo nupcias eran ‘Aristóbulo’ y ‘Rosalbina’, no ‘Eri’ y ‘Rosy’. Que digan las ‘Chechis’, ‘Totys’, ‘Nanys’ y ‘Vales’ y los ‘Toños’, ‘Joches’, ‘Mañes’, ‘Ticos’ y ‘Ponchos’ si no se sienten queridos al ser llamados por el bisílabo.

La sensación la atribuyo, basada en mis tres semestres de psicología de la San Marino, al vínculo materno. Para quienes crecimos en una época en la que no se encontraba un ‘te amo’ en el repertorio doméstico, la versión recortada del nombre era una caricia; los dos nombres por el contrario eran el preludio de una lavada de lengua.

Tomado de la cuenta de Twitter de Rosa Moreno @ismene2

Pero, ¿aplica para un personaje de la magnitud de García Márquez? Y ¿por qué no? si Gabo, por encima de todo, es Caribe. En la entrevista con Ernesto McCausland que salió a relucir a causa de la controversia, no sólo deja claro que le parece ‘estupendo’ que lo llamen ‘Gabo’ sino que, como podemos confirmar los exiliados, la ausencia tiene un límite, y el cuerpo lo siente. Tus átomos necesitan del ritmo del tambor para vibrar en sincronía. Tu piel citrina clama por el beso de Helios en el lecho azul del Caribe. Y tu mente necesita el bálsamo del contacto con tu gente, esa que tutea hasta a ‘Tu Santidad El Papa’ y se burla de la desgracia como Aureliano Segundo de la muerte de su suegro.

¿Nos llevamos a ‘Gabo’ para la casa? Indiscutiblemente. Gabo es nuestro; es mío. Y esto no lo afirmo por la media molécula de ADN que compartimos. El tío Eliécer que lo acogió en Barranquilla a sus catorce años era mi bisabuelo; su prima Valentina, quien se convirtió en su gran amiga y lo introdujo a la poesía del Caribe, era mi tía Vale; mi papá, el único sobreviviente que tuvo la fortuna de conocerlo en una tarde de whiskeys, se llama Eliécer también, y mi hermano, Gabriel.

Nos parecemos a los Buendía más que en la repetición de los nombres de pila. Mi abuela Belén era Úrsula multiplicando los panes en la cocina por arte de magia para alimentar a sus ocho nietos en una casa lunática. Y también, al igual que su abuela, me dejó enterrado el pavor de la noche a punta de cuentos de fantasmas y apariciones. Mi papá es Aureliano segundo amaneciendo después de la parranda en el catre de Petra Cotes. Y yo soy José Arcadio segundo sentado en la cocina con la mirada perdida contando los muertos que nadie vio porque ‘aquí no ha pasado nada’. He llorado también a algún Mauricio Babilonia aunque la Monsanto haya extinguido las mariposas amarillas, y decidí emigrar de Macondo por miedo a que el cielo me arrebate a mi Bella con o sin sábanas de bramante.

Pero lo narcisista de mi apreciación no me impide comprender la universalidad de su obra; esa que hace que lo lean en los trenes bala de la China y los buses enchulados de Nigeria. Billy Sánchez, un Romeo perdido en Paris, no llega a tiempo para despedirse de su Julieta, la Nena Daconte. El patriarca haciendo tasajo al esposo de Francisca Linero es el rey David deshaciéndose del marido de Betsabé. Eros y Tanatos; lujuria, poder y barbarie. La historia que se repite desde que el mundo es mundo, ‘que si el diablo se hizo diablo culpable la humanidad’.

Dice Sanín que alguna vez imaginó a García Márquez ‘rodeado de personas que no podían entender todo lo que él realmente decía’, que la soledad era también la suya al no encontrar un digno contraparte intelectual en este ‘andurrial del diablo’. Solo entre una caterva de estúpidos. ¿Proyección?

Yo, por mi parte, lo veo consciente de que sus historias no existirían sin los cuentos de la abuela y las noticias cantadas de los juglares vallenatos, sin la rebeldía de su hermano y las frases terminales de su familia. No hay que ser un experto en Gabo para saber lo que la cofradía de La Cueva le representó. Pero dejemos mejor que Gabito nos cuente:

Al final me quedó claro que mis nuevos amigos leían con tanto provecho a Quevedo y James Joyce como a Conan Doyle. Tenían un sentido del humor inagotable y eran capaces de pasar noches enteras cantando boleros y vallenatos o recitando sin titubeos la mejor poesía del Siglo de Oro… La noche se convirtió en un recreo delicioso, que acabó con los últimos prejuicios que pudieran estorbar mi amistad con aquella pandilla de enfermos letrados… (Vivir para contarla, p. 371)

Gabo devoró su entorno y nos lo devolvió vestido de magia. Y su versión se volvió más nuestra que la realidad. De mi casa y del mundo seguirá siendo Gabo. Pero en algo si estoy de acuerdo con Sanín, mejor nos ponemos a leerlo antes de que nos lleven las hormigas.