LA SOMBRA DE URIBE

Esa distancia de no verlo a él como a un demonio, sino como consecuencia histórica, me dio cierta perspectiva para detallar el fenómeno político que ha desembocado, y la relación con la perspectiva psicoanalítica del padre que busca a su rebaño, pero que no lo encuentra.

 

Texto / Julián Bernal Ospina* – Ilustraciones / Stella Maris

La imagen de Uribe se esparce como una sombra: una ausencia de luz que es imposible borrar sobre la superficie. No hay político hoy que no haya tenido que ver con él, en oposición o en su defensa. Un fenómeno político del caudillismo colombiano, solo antes visto en discursos y el poderío de Gaitán: movilizadores de masas y del fervor popular. En Uribe se han conjugado además todo tipo de autoridades.

Tres caras en una misma persona. Weber definió así los tipos de autoridad, como si hubiera pensado en Uribe para definirlos: primero, el carismático con la “mano dura”, el héroe del “segundo libertador”, la religiosidad de un semidiós; segundo, el tradicional con el prestigio del gran patriarca: familia impoluta, decoro, valores conservadores; y, tercero, el de la autoridad legal y estudiosa, motivada por esa figura de estadista de gafas egresado de Harvard, elegido por voluntad popular, protector de los preceptos liberales de las democracias occidentales.

Uribe, con esas tres caras, ha logrado mantenerse como la figura de poder en el escenario político colombiano. Incluso ahora, cuando ha salido de la casa por cárcel, y su popularidad ha caído hasta ya no tener la legitimidad de otrora, todavía es un líder político trascendental para la actualidad del país. Trascendental no porque crea que en su nombre estén los cambios necesarios para el país –no soy uribista–, sino porque aún su palabra es oída por millones de colombianos que creen en él y en su partido. Ahora es sobre todo la figura de un patriarca envejecido, nostálgico e iracundo, a quien se le van acumulando los años en la piel y las arrugas, en el titubeo del discurso, en la dubitación del caminar.

Un patriarca que daría y haría todo por ver que su imperio no se desmorone. Esta no es una afrenta a su vejez sino una reivindicación de su humanidad para la madurez política de Colombia.

 

Uribe, el ser humano

 

Porque Uribe es un ser humano. Así suene obvio, es una consigna que se olvida. Estas tres máscaras son las que lo han ocultado. Poco a poco se le irán cayendo, y veremos ese rostro que todo político como él tiene que ocultar. Tal vez, en este caso, sea el que esboza cada quien vive una vida longeva: el de la vida que se apaga. Se irá borrando la imagen incorruptible e impoluta de varón modelado por la academia que ha inspirado tanta confianza, con la de una familia tradicional que garantiza su descendencia y la de representantes de esa raza superior paisa de poncho y sombrero. Y la imagen de un ser humano vulnerable, muy a su pesar, emergerá, y lo conducirá a pedir indulgencias, y será posible ver, o por lo menos acercarnos un poco, a ese cuerpo escondido, omitido, que sin embargo es la verdad.

Qué soñará ahora mismo ese hombre, me pregunto. Con qué soñará. O mejor: ¿soñará? ¿Pensará en otras cosas que no sean los mil juicios en su contra, el próximo candidato a la Presidencia, la siguiente jugada para dilatar la crítica común hacia Duque, puesto en la palestra pública?

Me pregunto por su rutina. Sus madrugadas frías de Montería, el buscar las gafas para destellar los primeros indicios de odio, el celular a reventar de mensajes y la frase triste y contundente de “Ya no son tantos, ya no son tantos”. El gravitar entre la tristeza y el fracaso, la nostalgia y la ira, el amor que logra ver entre las horas. Después el baño, la ducha fría, el espejo revelador, la misma ropa de los días anteriores. “Ya se me olvidó hasta orinar”, debe pensar, al sentarse ante el solitario desayuno, y después tenerse que poner de pie para entrar al baño y descargar en la misma pose eterna viril, pero ahora más lenta, menos acertada, más espasmódica.

Una llamada del nieto le llega al celular. La nuera le ha dicho tantas veces al niño que no llame al abuelo a esa hora. Que si no cree que el hombre más importante de Colombia no tiene que ocuparse desde temprano. Mejor lo llamas por la noche, amor, debes aprender a respetar: algún día sabrás por qué, cuando seas tú el jefe, el mayor. Uribe lo deja para después. Lo llamará cuando se acabe la jornada. Después de todas las llamadas a los senadores, de las agitadas conversaciones con el ministro de Defensa, de las recomendaciones con tono de orden al Presidente. Entre tanto se da cuenta de que el tinto ya está frío. “Marielita, venga hágame el favor y me calienta esto que ya se me enfrió”, y Marielita llega, lo mira, ve el desorden de los pelos mal peinados, el sudor como bolitas casi imperceptibles en la frente, y piensa que seguro hoy tampoco hizo los ejercicios ni tampoco se tomó las gotas de valeriana.

El día son esas llamadas y colgadas entre el estudio y el comedor, con el almuerzo frío a mediocomer y la conversación inconclusa de la reunión familiar: “Ya te he dicho, Jerónimo, que de eso se ocupa Lina”. El temblor de la mano derecha cuando sabe que ya todos se enteraron de la alianza con los Char, o que los debates habían terminado en que Petro ganó puntos en la opinión pública, o que Iván Cepeda sonó brillante y contundente, o que se consolidaba la alianza entre Benedetti y la izquierda, y Sandino, y Roy, y Santos. ¿A quién darle el visto bueno para ser el próximo Presidente? Con el pie izquierdo golpea la pared. Paloma, Carlos Felipe, Macías, Guerra, Tomás, Jerónimo, Óscar Iván, ¿estarán haciendo las gestiones adecuadas?

Por la noche, después de caminar sin tregua, agarra el celular antes de dormir.

–Tomás, ¿ya se aprendió el discurso?–.

El paisa redentor

 

Las regiones siempre han sido en Colombia el eco del discurso violento. El discurso en el Congreso se transforma en balas en las regiones. Una decisión en el Palacio de Nariño son cien muertos más en el Guaviare, en el Tolima, en el Chocó. Es la forma más eficiente que han encontrado los gobiernos para su participación en los territorios. La élite bogotana de corbata ha sido la comandante y, cuando uno de provincia ingresa en ella, le intentan lavar el apellido comprándole vestidos costosos, gafas acordes, y puliéndole el discurso con frases de cajón de primero de primaria como “La mayor riqueza de Colombia es su diversidad”.

Con Uribe intentaron lo mismo, solo que les salió más suspicaz. Porque en el fondo no era él solo sino la representación de una subcultura, que ya había procurado dominar el escenario nacional, o por lo menos volverse su propio país independiente. Era una parte de la cultura paisa que se cree raza superior, que arremete en busca de sus propios objetivos, sin importar medios, y que había estado reprimida durante años, buscando ser el faro dominador. Aquella subraza formada para acaparar capital, colonizar y cortar selva, vio en Uribe su hijo, y fue la oportunidad para arrancar del poder –aunque después fue en apariencia– a las élites bogotanas que apenas si sabían pronunciar la palabra Chocó sin una muestra de asco.

El que ha logrado acaparar más capital y más poder y llevar el mensaje de esa antioqueñidad es el que se ganará el cielo. El cielo es para el paisa que se haga rico, porque es el que mejor sabe administrar, y administrar significa colonizar otros territorios, ampliar las fronteras del dominio. Los demás deberán saber que es la mejor manera, porque es la natural, la más apropiada y así tiene que ser: es el derecho divino de los paisas. No importa lo que tenga que pasar: el fin es lo que importa. La viveza de ese paisa debe prevalecer, lo demás puede esperar.

Ese paisa camandulero es una versión colombiana de la ética protestante de Weber y su análisis sobre el capitalismo con el vínculo religioso. Por él sabemos que el capitalismo tiene un fundamento moral, en este caso también religioso. Que este fundamento hace que los ciclos avancen, día a día, aceitados por los rezos del día anterior. Que la salvación en el más allá sea un reflejo de las ganancias del más acá. Si no existiera esta justificación moral y religiosa, las personas se sentirían impelidas a continuar el curso destructivo del capitalismo.

 

El padre que no era

 

Yo era uribista. Estaba terminando el colegio y recuerdo las discusiones en clase defendiendo a Uribe, sin saber muy bien sobre política o sobre algo en especial. Discutía fervientemente con familiares en defensa de Uribe. Cuando me ponían hechos históricos, cuando me hacían alguna referencia de un dato o cuando proponían un argumento mucho más poderoso yo solo no oía, sino que seguía mi relato. Decía: “Todo es mentiras, eso no es verdad”. No juzgaba críticamente mis razones ni las reflexionaba, y más bien me quedaba en lo conocido, lo que oía en mi casa, lo que veía en las noticias.

Hubo un momento en que esto cambió. No logro saber muy bien cómo ni en qué circunstancias específicas, pero sí logro ver que se trató de una ampliación de mundo y de un volver a mi mundo. Ampliación porque toda la gente de mi generación, de mi misma condición, de alguna manera tiene la oportunidad de relacionarse con otras personas que le abren la cabeza: amigos, conocidos, familiares, que hacen conocer al recién ingresado en el mundo y en su cultura asuntos que le eran ajenos. Y volver al mundo porque esa ampliación solo tiene sentido si es para devolverse a verse al espejo.

No es nada particular esta historia que cuento; es significativa en el sentido en que esboza cómo funciona la ideología: todo es cierto siempre y cuando se adapte a mi sistema de creencias. Lo demás, mentiras. Para mí Uribe representaba una figura paternal pura que cuidaba a sus ciudadanos y los protegía de todo mal y peligro. Lo veía como a un ser en quien podía confiar mis cosas, mi casa. Un ser cercano, aunque estuviera lejos y nunca lo hubiera conocido. Creía en él, me inspiraba seguridad. No tenía más razones que lo que siempre conocí: era lo que sabía, lo que había aprendido.

Después conocí el arte, la literatura, el amor, los celos, el odio, el miedo, la historia, la melancolía, el aguardiente, la tragedia humana, el despecho, la frustración, la perturbación, la soledad, la ira, la nostalgia, la alegría, el egoísmo. Y me volví un ferviente antiuribista. Participé de la ola verde alzando la bandera mockusiana. Lloré cuando perdimos y ganó Santos. Llegó la universidad con la apertura a los conflictos sociales, históricos, políticos, económicos, culturales. Llegó la vida con trabajo de campo en la Colombia desconocida, el rostro de cientos de maestras, estudiantes, escuelas. Con ello aprendí a ver a Uribe no como un demonio, no como la raíz de todos los males, sino tal vez como la respuesta energúmena de un sistema político en crisis. Aprendí a ver cuánto de mí mismo era él.

Esa distancia de no verlo a él como a un demonio sino como consecuencia histórica, me dio cierta perspectiva para detallar el fenómeno político que ha desembocado, y la relación con la perspectiva psicoanalítica del padre que busca a su rebaño, pero que no lo encuentra. Que ve que sus ovejas van desapareciendo, conforme pasa el tiempo. Muchas de esas ovejas, como yo, se han dado cuenta de que él no era el padre. Que de hecho no habría que buscar un padre, el progenitor, sino el origen, la tradición que mira para atrás y para adelante. Que ese origen es madre también, y sobre todo madre: madre tierra, madre vida, madre muerte, madre Colombia. Que somos y tendremos que ser no hijos a semejanza del padre –como el nieto que debe parecerse al abuelo–, sino hijos continuadores del origen en busca de su existencia en común en la tierra para aprender a verla en su envergadura.

 

El cuerpo crea la sombra

 

La sombra es la proyección de un cuerpo en la tierra. Solo hay sombra si a la luz del mundo se le interpone un cuerpo. De manera que la sombra contiene la forma de los cuerpos, aunque no los cuerpos mismos. Diríase que la forma y no el fondo, que es la materia, esta sustancia de átomos que somos más allá de la muerte y de la vida. La sombra es solo la forma de un cuerpo que, materia o no, existe: la vida pasa a la sombra de un árbol, a la sombra de un techo, a la sombra de un amor. Entonces la sombra existe a pesar de su dependencia del cuerpo; y el cuerpo la necesita para vivir.

Así parece suceder con Uribe, si concebimos que es una sombra que permanece: la proyección de un cuerpo: Colombia. También es una proyección psicoanalítica. El país, en su inmadurez ciudadana, le atribuye las facultades a Uribe que él mismo adolece o carece: el líder, el caudillo, el superhombre que nos condujo y conducirá hacia la fortuna. La sombra de Uribe –aunque sombra– se convierte en el cuerpo, aunque dependa del país para existir. El olvido del cuerpo es la inmadurez, porque en el cuerpo se origina la acción para trascender. La sombra cobra su supuesta vida autónoma, y lo envuelve en la quietud obediente.

El futuro no debería depender de Uribe ni de ningún político electorero sino de Colombia en sus fuentes de diversidad originaria. Pero es así: el juego de la política como botín aún es de machos coléricos enfrentados mostrando su gordura y sus dominios. No la preocupación por lo común. Aún depende de patriarcas arcaicos. Hay quienes, no obstante, tejen en otros hilos, en las instituciones o fuera de ellas. Apenas descubrimos que lo político sucede, también, en las circunstancias de lo cotidiano. No hay mundos vivibles en manos de un líder omnipotente. Que la sombra lo siga siendo, y que no nos haga creer que es el cuerpo, pues ese es el principio de la madurez política.

*Politólogo y magíster en construcción de paz. Investiga y escribe. Ha colaborado en Vorágine, La Cola de Rata, La Oreja Roja y 0-70.

Twitter: @julianbernal12

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