Por / Juan Cárdenas

Hasta hace muy poco el rostro de Álvaro Uribe solo estaba registrado en dos modalidades fotográficas: en la primera lo veíamos con su habitual media sonrisa, en alguna escena de felicidad doméstica; en la segunda aparecía siempre serio, inexpresivo en su curul del senado, dándole instrucciones a alguno de sus alfiles o cuchicheando al oído de su esposa mientras señalaba con el índice a alguien o algo en medio de un desfile militar. Eran imágenes inscritas en dos tendencias muy tradicionales de aquel subgénero de la fotografía de caudillos: por un lado, el hombre de familia, capaz incluso de ejecutar con calculada espontaneidad algunos gestos de ternura, como guiar de las bridas al caballo que montan sus nietos; por otro, el severo patriarca en su faena diaria de tomar decisiones cruciales para los destinos de la nación. Ambos grupos de fotos, sin embargo, tenían un denominador común que cualquier estudioso de las imágenes competente sabría detectar.

Me refiero, por supuesto, a las gafas, esos anteojitos de marco fino, tan fino que las lentes parecen flotar encima del rostro, lentes fotosensibles que se oscurecen cuando la luz incide directamente sobre el cristal y se aclaran artificiosamente a la sombra o bajo el ala de un sombrero aguadeño –ese otro símbolo de la campechanía que Uribe ha sabido utilizar con notable habilidad para mostrarse como el típico pequeño propietario rural colombiano, el padre de familia atolondrado en un día de recreo–. Interesante y camaleónico juego de representación el que proponían las gafas de Uribe, capaz de ofrecer tanto los turbios signos de la transparencia como los obvios indicios de la opacidad, de acuerdo al escenario, la iluminación y los personajes. Podemos decir, sin alejarnos del mero examen de las imágenes, que aquellos anteojos han funcionado todos estos años como una verdadera máscara, tanto más perfecta por su carácter ya indisociable del rostro y que, con su vaivén de claroscuros, ha acompañado la vida política de Colombia en las últimas dos décadas: versión óptica del cambiante humor que el expresidente demuestra en su cuenta de Twitter, desde la cual es capaz de alterar casi cada día la agenda periodística del país.

De ahí que me haya sorprendido mucho la fotografía que el propio Uribe pusiera a circular en sus redes hace unas semanas, cuando la Corte Suprema dictó una medida de aseguramiento que lo obligaba a permanecer en arresto domiciliario, durante el intrincado proceso por manipulación de testigos que ahora ha caído en manos de la Fiscalía (bajo el mando de un funcionario fiel a las huestes del caudillo).

Y es que, en esta foto, rompiendo con la coherencia visual de su corpus de imágenes públicas, Uribe ha decidido por alguna razón prescindir de su vieja máscara y se ha quitado las gafas, ha desnudado su rostro, sus ojos, la expresión que había permanecido oculta durante todo este tiempo bajo el antifaz fotosensible. Mi primera reacción fue de incredulidad. Llegué a pensar que se trataba de una foto manipulada, obra de algún bromista para darle al retrato un aspecto demacrado, paranoide, atormentado. Pero la foto es auténtica y fue divulgada por el propio expresidente, suponemos que en un intento de mostrarse como víctima de una persecución por parte de los jueces.

Es, más allá de las intenciones de su emisor, una imagen insólita, ominosa, donde el retratado luce casi irreconocible una vez extirpada la máscara refractaria que lo protegía de la luz del mundo. Nos lo muestra en un siniestro estado de desnudez, de genuina indefensión infantil y hasta alcanzamos a percibir que ahí detrás había un iris con una inesperada tonalidad verdosa –verde piscina de balneario triste, donde ya nadie se atreve a nadar–. Se diría que algo en ese rostro, en esos ojos vaciados, pide auxilio a gritos y no precisamente para salvarse de la justicia.

Ilustración / El chico sin cabello de pan.

La filósofa y psicoanalista Julia Kristeva utiliza el término «abyecto» para referirse a un cierto estado de colapso en la relación entre sujeto y objeto, un desmoronamiento de los pactos simbólicos que sostienen el vínculo entre quien mira y aquello que está siendo observado y cuyas repercusiones en el terreno de lo social son impredecibles. Lo abyecto irrumpe cuando se suprimen las mediaciones que garantizaban un espacio de legibilidad de las imágenes y es, por tanto, un instante donde la delicada superficie psíquica que nos sostiene se rasga para que caigamos en eso que el psicoanálisis lacaniano llama Lo Real, esto es, el más allá de cualquier posibilidad de simbolizar, la caída de toda mediación, de cualquier pantalla reflectante, de cualquier máscara que regula la iluminación del poder.

Creo entender que la ruptura, de momento fugaz, en el actual régimen de las imágenes públicas del expresidente Uribe, vale decir, este cambio en su índice de aparición, se ajusta al concepto de Kristeva sobre «lo abyecto». De ser así, este minúsculo pero significativo desnudamiento del rostro, el vacío y el extremo solipsismo detrás del antifaz, será inseparable de una cierta ofensiva en el terreno del discurso, de un recrudecimiento del tono y de un lenguaje aún más agresivo a la hora de obturar cualquier relación con la verdad, especialmente contra las voces públicas que el uribismo considera hostiles a sus intereses.

Quizá, y créanme que desearía estar equivocado, aquella fotografía de Uribe sin gafas ha inaugurado una nueva fase del régimen.

Entretanto, ya contamos más de cincuenta masacres en lo que va corrido del año, la cooptación de instituciones amenaza con suprimir definitivamente la independencia de poderes y el narcotráfico campa a sus anchas por medio territorio nacional. Todo esto sucede mientras, desde las oficinas de la presidencia, encargan la elaboración de una lista de personas que afectan negativamente la imagen del gobierno, como se reveló hace poco gracias a una investigación de la FLIP (Fundación para la Libertad de Prensa).

Si nada lo impide, ya podemos ir recitando la famosa frase de Matrix en la que resuena Lacan: Bienvenidos (otra vez) al desierto de lo Real.

*Este texto es una colaboración con la revista Vice publicado en El Estornudo.