Todo esto indica que los desmanes, lejos de ser eficaces en la lucha de movimientos como Black Lives Matter, le brindan la oportunidad perfecta a los actores políticos, policiales y mediáticos de deslegitimar la discusión.

 

Por / Valeria Castillo León

No voy a mentir. Le di muchas vueltas al asunto antes de sentarme a escribir este análisis. No solo porque el tema ofrece una complejidad impresionante, sino además porque las calles y las redes sociales borbotean con el éxtasis que muchos han experimentado con la visión de incendios, saqueos y ventanas rotas.

El panorama es similar entre buena parte de mis conocidos, y algunos han hecho un trabajo excepcional al intentar justificar la naturaleza de algunas de las protestas. Sin ir muy lejos, esta semana leí una publicación en la que se tachaba de “cómodo y redondo pusilánime” a todo aquel que sugiriera el empleo de vías más pacíficas. En la misma, casi idéntica a las otras tantas publicaciones que van surgiendo en Facebook e Instagram, esta persona aseguraba que los enfrentamientos y la destrucción general valían la pena, y resaltó cuánta debilidad veía en la elección de marchas pacíficas, diseñadas únicamente para “evitar el perjuicio del bien público y la libre circulación de la gente decente que debe salir a trabajar”.

Aunque generalmente bienintencionados, los autores de ese tipo de afirmaciones ignoran varias cosas. En primer lugar, quisiera referirme a la realidad de ese “bien público” y esa “gente decente que debe salir a trabajar”, a los que se alude de forma tan distante. Aquí en Atlanta, ciudad en la que vivo desde mediados del 2019, y en la que también se han registrado manifestaciones violentas, muchos de los locales en la zona metropolitana (afectados más allá de la reparación por el coronavirus y ahora los desmanes), eran pequeños y medianos negocios. Muchos de ellos, pertenecientes a propietarios afroamericanos.

Pero no se trata únicamente de una zona de trabajo, sino también de educación y residencia para una buena parte de la población negra en el estado. En suma, se trata del hogar de miles de personas, pertenecientes a los estratos medio y bajo en su vasta mayoría. De forma que esos espacios públicos no son un mero conjunto de objetos inertes, desvinculados de todo valor o sentido humano, como asimismo suelen creer las personas que arrojan la basura a la calle. Por el contrario, se trata de las infraestructuras que sostienen la vida diaria de sus ciudadanos. Infraestructuras que ahora deberán ser reparadas o demolidas con sus propios impuestos.

Por otra parte, no sé en qué momento salir a trabajar se convirtió en un símbolo de exclusividad. “Esa gente decente” que debe encontrar cómo pagar el alquiler y los servicios, somos todos; y cabe recordar cuánto más precaria se ha hecho la situación a raíz de la pandemia. Entonces, el mundo no se divide entre quienes defienden una causa y quienes tienen que comer.

La mayoría de la gente asiste a las congregaciones cuando puede y otros asisten con mayor frecuencia porque se han visto afectados por la nueva ola de desempleo. Además, las divisiones raramente han surgido por el bloqueo de vías o la libre circulación. Lo que resulta literalmente destructivo y contraproducente son los daños, los saqueos y las golpizas.

Así que no, la elección de vías pacíficas no se sustenta en el capricho o la debilidad. Nace de la proyección de objetivos claros a corto y largo plazo. De ahí que quienes más se pronuncien para que la protesta se dé en términos distintos sean los mismos miembros de la comunidad afroamericana.

Así ha quedado consignado en muchos videos y publicaciones, en los que denuncian la violencia perpetrada por manifestantes caucásicos y simpatizantes de minorías políticas radicales. El mensaje es igual desde figuras como Bernice King (hija del fallecido líder Martin Luther King Jr.), quien se pronunció el pasado 29 de mayo para recordarnos que, si bien el amotinamiento es el lenguaje de los marginados, “el único camino al cambio constructivo es el de la no-violencia”. Consciente de que muchas personas estarían en desacuerdo, explicó que el legado pacifista de su padre suele ser incomprendido. “La no-violencia no es débil o pasiva”, afirmó. “Es estratégica y orientada”.

 

 

Analicemos el impacto y las circunstancias de los desmanes. En cuanto estos empezaron a registrarse, ocurrieron dos cosas: primero, gran parte de los medios pasó de cubrir los hechos en torno al asesinato de George Floyd, a transmitir los incendios, los robos y las peleas; a centrarse en las medidas antidisturbios del gobierno y a estimar las pérdidas. Más de la mitad del tiempo al aire que debía haber pertenecido a las demandas de la comunidad afroamericana, ahora se lo han arrogado el presidente Trump y los alcaldes.

En segundo lugar, el uso de acciones violentas ha fracturado el interior mismo de la población antirracista. Es fácil justificar la destrucción en nombre de una causa, cuando el sacrificio se hace con la oveja de otro. Lo mismo ocurrió en Colombia con el proceso de paz. Los de afuera, los que nunca estuvieron directamente afectados por el conflicto, querían que la guerra continuara. En cambio, quienes conocían el flagelo querían encontrar alternativas. Al final, lo cierto es que cualquiera de nosotros buscaría detener a un grupo enfurecido, si nuestro hogar o nuestra única fuente de ingresos fueran su objetivo.

Es muy difícil que el ciudadano de a pie que se ha visto agredido en su integridad física o en sus medios de subsistencia, vea de la misma forma al movimiento, incluso si comparte ideología. ¿Y cómo podríamos culparlo? Esa ha sido la realidad para personas de todas las razas durante los últimos días.

Y sí, eso incluye a muchas familias afroamericanas que ahora quieren defenderse de un movimiento al que previamente defendían. Ahí hay una fisura innecesaria. “Queda la sensación de no haber atinado”, como alguien me dijo.

Lo más triste es que hay evidencia clara de que eso es precisamente lo que determinados sectores estaban buscando. Existen múltiples denuncias y capturas realizadas por los manifestantes, en los que aparecen personajes ajenos a las marchas, incitando y facilitando los saqueos, antes de desaparecer con las manos vacías para nunca volver a ser vistos. ¿Les suena familiar?

También está el inexplicable fenómeno de los ladrillos. La sorpresa ha sido grande cuando en las aceras de las vías designadas para marchar se han encontrado no uno, ni dos, sino pilas enteras de ladrillos bien organizados y listos para ser alcanzados. Esto ha ocurrido una y otra vez en lugares en donde no hay ningún proyecto de construcción, y en los que los ladrillos no habrían podido terminar porque sí. Tantas veces se ha reportado el extraño suceso, que los manifestantes han terminado por crear anuncios informativos, así como un numeral para alertar a otros sobre la trampa.

Todo esto indica que los desmanes, lejos de ser eficaces en la lucha de movimientos como Black Lives Matter, le brindan la oportunidad perfecta a los actores políticos, policiales y mediáticos de deslegitimar la discusión. Sus acciones y discursos durante los últimos días se han enfocado en la contención y prevención de actos vandálicos, en lugar de la implementación de medidas para erradicar el racismo enquistado.

En ese sentido, es vital que este debate en torno a la mejor forma de protestar continúe desde el respeto y sin perder de vista el terreno compartido; porque, lo que es indudablemente positivo, es la condena rotunda con la que el mundo ha reaccionado ante el asesinato de personas como George Floyd, Eric Garner, Aaron Bailey, Pamela Turner o Breonna Taylor. Sí, hay diferencias de forma, pero no de fondo entre la mayoría de nosotros, y solo aferrándonos a eso es que podemos lograr el cambio que no solo urge en Estados Unidos, sino también en Colombia y en muchas otras partes del mundo.

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