No nos toquen los huevos

De ahí que los colombianos no encuentren alternativa distinta a la de lanzarse a las calles en medio del punto más alto en esta nueva escalada de la pandemia. Después de todo, esta última pasará mientras los efectos de la reforma pueden afectarlos  por el resto de sus días.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris

“ A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Esa es quizá la alusión más antigua a la obligación de tributar que cobija a todas los integrantes de una sociedad, entendida esta como  grupos de personas  reunidas  alrededor de  una estructura de poder.

Lo que  diferencia la clase y alcance de los tributos es el criterio y los instrumentos  utilizados para justificarlos  y hacerlos valer. En la antigua Grecia existió un impuesto llamado Eisphorá, que gravaba   a los más ricos. A su vez en Roma, César Augusto, considerado el primer gran estratega fiscal, diseñó un modelo denominado Portoria. Como su nombre lo sugiere, estaba enfocado a cobrar  una tasa impositiva al ingreso y salida de  productos por los puertos.

Salvo algunos fundamentalismos, en general  se acepta que no ha existido ni existe sociedad alguna que pueda vivir sin impuestos. Son el oxígeno que permite mantener en marcha el  aparato del Estado y satisfacer las demandas de los distintos grupos sociales y económicos.

En realidad los conflictos empiezan por las implicaciones políticas de las  decisiones tributarias, entendida la política en su mejor sentido, es decir, el campo que se ocupa de la gestión de lo público.

De cómo se oriente esa gestión y del momento para hacerlo, depende el mayor o menor grado de aceptación de los impuestos entre esos grupos sociales.

Dicho de otra manera: ¿Cuándo y en qué medida tocan a los ricos? ¿Cuándo y en qué medida a los pobres? ¿Y a las clases medias?.

Entrados en el caso actual de Colombia, los impuestos nunca han formado parte de un proyecto de sociedad, porque ni siquiera ha existido tal proyecto. Son más bien recursos desesperados de coyuntura: una guerra, una emergencia, un déficit fiscal. Por eso, en tiempos de campaña los aspirantes a gobernar  se abstienen de afrontarlos en toda su dimensión. A la hora de reclamar el voto juran que no habrá más impuestos.

Como nos enseña la experiencia, cuando acceden al poder las cosas se tornan  de otro color.

No ha existido entre nuestros políticos una posición directa y clara frente al modelo tributario, como sí ha sucedido en Australia, en los países nórdicos y en  la Gran Bretaña y los Estados Unidos antes de  la era Reagan- Thatcher, que arrojó por la borda el patrimonio social   forjado durante siglos, dejando las cosas más esenciales en manos de un mercado voraz y sin medida ética.

No está pues en discusión la importancia de los impuestos, mucho menos en un país signado por altas tasas de evasión y fraude fiscal entre los sectores más pudientes.

Y es ahí donde reside una claves del actual debate, enturbiado por un entorno marcado por la pandemia de  la covid-19 y las exigencias sanitarias, sociales y económicas que de  ella se derivan.

Para  algunos de los economistas más influyentes del siglo XX y lo que va corrido del XXI como J. M Keynes, Paul Samuelson y Thomas Piketty, la razón  última de un modelo tributario racional está centrada en la distribución de la riqueza y en la irrigación de sus beneficios a todo el cuerpo social.

Pero sabemos que entre nosotros conceptos como Justicia social  o redistribución del ingreso han sido marcados con la etiqueta descalificadora de   comunistas y subversivos.

Eso explica  que las sucesivas reformas respondan más al imperativo de enfrentar una crisis fiscal  que a la expresión política de  la responsabilidad social que nos compete a todos.  Colombia se parece así al Simón El bobito de la célebre fábula, empecinado  en  la  absurda,  agotadora e inútil tarea  de abrir un hoyo en la tierra para tapar otro.

De semejante manera de abordar las cosas   sólo puede derivarse una cadena de  contrasentidos.  Ante la intención de gravar  con impuestos  a productos tan esenciales como el huevo, la nutricionista Clara Puerta me da por teléfono su respuesta lapidaria: “ Las  carencias en el consumo de leche y huevos en la temprana infancia pueden provocar lesiones cerebrales degenerativas  capaces de ocasionar  un cretinismo de por vida”.

En el otro polo de la discusión, un estudio de la Universidad Nacional de Colombia nos dice que un impuesto del 24 % a  las bebidas azucaradas  a lo largo de veinticinco años daría, entre otras cosas, los siguientes resultados positivos:

Se evitarían  287.671 casos de enfermedades derivadas del consumo de  azúcar.

Se podrían prevenir 21.237 muertes por la misma causa.

Los recaudos por ese impuesto alcanzarían los 99.6 billones de pesos.

Sin embargo, la realidad nos dice que se pretende gravar los huevos sin tocar a las bebidas azucaradas.

La razón  es obvia: son las empresas  productoras de esas bebidas, propiedad de  grandes conglomerados económicos, las que patrocinan  las candidaturas a  la presidencia , al congreso y otras corporaciones de índole local y regional.

Como si no bastara con eso, el nombramiento de un ministro exige su aprobación y el cabildeo ante los legisladores es una práctica constante.

Imaginar una reforma tributaria con el sentido  y el alcance que le dieron los economistas mencionados unas líneas atrás se convierte entonces en una quimera.

De ahí que los colombianos no encuentren alternativa distinta a la de lanzarse a las calles en medio del punto más alto en esta nueva escalada de la pandemia. Después de todo, esta última pasará mientras los efectos de la reforma pueden afectarlos  por el resto de sus días.

Así de simple es el asunto: a esta altura del camino, no queremos que nos toquen los huevos.

PDT. les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada