NUEVAS FIESTAS DE LOCOS

Esos antecedentes deberían ayudarnos a entender la inutilidad de las cruzadas desatadas por los moralistas contra quienes en tiempos de la pandemia de covid-19, desafiando no sólo al virus sino a las leyes, se lanzan a las calles en busca  de lugares donde encontrarse para celebrar el milagro de estar vivos.
Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris
Finalizada la devastación de la Primera Guerra Mundial, cuyo epílogo fue la llamada Gripe española, el mundo no tardó en abandonarse  a una década de regocijo y despilfarro conocida como Los locos años veinte, dotados de un fondo musical que los llevó a ser  bautizados también con el nombre de La era del jazz.
Derroche y desenfreno fueron las características de esos días, recreados en novelas tan memorables como El gran Gatsby, del escritor  norteamericano Francis Scott Fitzgerald, llevada al cine cuatro décadas después, con Robert Redford como protagonista.
Luego vendría el ascenso de los nazis al poder y su inevitable consecuencia: la Segunda Guerra Mundial, una carnicería perpetrada dentro del más puro espíritu racionalista, que se prolongó durante seis años, entre 1939 y 1945.
Semejante ritual de muerte tuvo su contracara en los años sesenta del siglo XX, cuando una generación entera se dedicó a consagrar la vida en una puesta en escena que incluyó al rock and roll, las drogas más diversas y la libertad sexual, hasta alcanzar su máxima expresión en el Festival de Woodstock, una orgía de tres días celebrada entre el 15 y el 17 de agosto de 1969, un mes después de la llegada del hombre a la luna, como si faltara un elemento mitológico para completar la fiesta.
Ese tipo de festejos son tan antiguos como la humanidad. Son parte del equilibrio de fuerzas necesario para mantener en marcha el ritmo de la  vida. Son una reedición de la dualidad sobre la que forjamos nuestro estar en el mundo: blanco-negro, frío–cálido, bien-mal, creación-destrucción y así en una saga infinita.
Para muestra van dos ejemplos: si nos remontamos a la Historia clásica encontramos las Saturnales de la antigua Roma, fiesta dedicada a Saturno, una divinidad agrícola y, por lo tanto, de la fertilidad y renovación de todo lo viviente. Celebradas cada año entre  el 17 y el 23 de diciembre, en coincidencia con el solsticio de invierno en el hemisferio norte, las Saturnales restituyen el viejo simbolismo de la vegetación que muere durante los días más fríos para renacer después con un nuevo giro del carro del sol.
Para variar, música, vino y sexo caracterizaban el ritual. De modo que la consigna sesentera de droga, sexo y rock and roll no constituye una novedad, como tampoco lo es el de muchachas, música y trago de nuestras  fiestas campesinas de hoy.

Siglos más tarde, ya instalados en la cristiandad, surgirían las Fiestas de los locos, parodias de la liturgia en las que clérigos, diáconos y sacerdotes se tomaban algunas iglesias desde el comienzo de las fiestas de navidad hasta el Día de Reyes. El epicentro de todo era el primer día del año, razón por la que se conocen también como fiestas de las calendas.

Danzas al ritmo de canciones disolutas, máscaras, disfraces, consumo de carne y vino, juegos de azar y todo tipo de violaciones al canon hicieron que en el año de 1444 los doctores en teología de la facultad de París enviaran una carta a todos los prelados de Francia en un intento de anular la costumbre.
Como nada ni nadie puede detener las fuerzas de la vida, el previsible resultado de la prohibición fue la clandestinidad. Una de las  salidas al dilema fue la institución del carnaval, una fiesta de los sentidos realizada siempre antes de la cuaresma. “El que peca y reza, empata”: así resumió el habla popular esa forma de restaurar el equilibrio entre los poderes de la vida y la muerte.
Esos antecedentes deberían ayudarnos a entender la inutilidad de las cruzadas desatadas por los moralistas contra quienes en tiempos de la pandemia de covid-19, desafiando no sólo al virus sino a las leyes, se lanzan a las calles en busca  de lugares donde encontrarse para celebrar el milagro de estar vivos. No son las amenazas de contagio ni la machacosa repetición de las cifras de muertos las que han de detenerlos. Si las cosas fueran así , habríamos renunciado al sexo desde la irrupción del Sida, y ahora estaríamos a puertas de la extinción como especie. Pero sucedió todo lo contrario: el innegable asedio de la muerte sólo consigue avivar los impulsos de placer. La vieja sentencia latina de Carpe Diem, Toma la flor del día,  cobra así nuevo vigor.
El anatema con el que se conoce  a esos réprobos es el de “Indisciplinados sociales”, un concepto  por lo demás bastante atractivo para todo tipo de fundamentalismos culturales, políticos y religiosos. Mientras eso sucede, lejos de lo que podamos esperar, al menos a corto y mediano plazo, la pandemia no dejará gente más lúcida y cauta. Por lo visto, las cosas parecen apuntar en otra dirección: una nueva oleada de derroche y desenfreno, en una edición siglo XXI de las viejas Saturnales Fiestas de los locos.
PDT. Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada: