Quiero despegarme de los hechos inmediatos y poder tomar distancia, aliento, recapacitar, pasar de la conmoción a una posible contemplación.  Es este un equilibrio inestable, entre tratar de conmovernos y acercarnos con delicadeza a los que están sufriendo tanto y también discernir, interpretar.

 

Por / Andrés Calle Noreña 

In memoriam

Dilan Mauricio Cruz Medina

Brandon Cely Páez

Ángela Gaitán y menores asesinados en el Caquetá.

Cristina Bautista y los indígenas asesinados.

Líderes sociales asesinados.

Muchos más

Traté de escribir antes sobre el paro, sobre la marcha. Como apuntaron en las redes: en realidad los que marchan, los soldados, se anticiparon a salir, los acuartelaron y los sacaron a las plazas y a las calles, como si toda la institucionalidad del gobierno se centrara en ellos. Por eso se habló de caminata, de manifestación, aquí nos enredamos con la semántica.

Ahora intento reflexionar y también pienso, a veces, que sería mejor callar. Pero no enmudecer, no dejarnos quitar la expresión, el significado. Ni repetir sus gestos macabros, el  sarcasmo, esas burlas ridículas. Porque en realidad no tienen buen humor y la risa los espanta, porque por lo general son agelastas[i].

Cómo ser pertinentes, reflexivos, respetuosos, qué tarea tan difícil. Modernidad líquida sí, pero qué flujo es este, es todo un vórtice lo que experimentamos. Asistimos a sucesos tan dolorosos, que nos dejan entumecidos, paralizados, estupefactos. Ayer dieron un parte médico, de un bachiller herido inerme: estado crítico irreversible y uno quisiera que esto no fuera una metáfora del país. Este día, martes 26, tuvimos otra noticia desconsoladora, la del soldado, y así no tiene uno momento para espabilar.

Quiero despegarme de los hechos inmediatos y poder tomar distancia, aliento, recapacitar, pasar de la conmoción[ii] a una posible contemplación.  Es este un equilibrio inestable, entre tratar de conmovernos y acercarnos con delicadeza a los que están sufriendo tanto y también discernir, interpretar.

Incluso, se trata de poder hacer una relación entre la ética y la estética. Porque en todo esto hay excitación, casi que algo de juego y de seducción. Eso está en la guerra y en la morbosidad de la exposición de las heridas, de las hemorragias y de los cadáveres. Es un camino aterrador que puede sublimarse en el arte, como en el cuadro del entierro de Santa Lucía del pintor italiano Caravaggio, de 1608.

Nos hacen falta las producciones de arte, los performances, la música. Como pasó en la Revolución Mexicana, en la Guerra Civil Española, que nos queden, al menos, los frutos de la sensibilidad, solo así haremos la transición, la trasposición de códigos. Es la tarea pendiente: mantener la memoria y transformar las representaciones de los abusos de poder, de la muerte y la vida, de la guerra y la paz.

Pero es muy duro y para retomar la estética, podemos darnos cuenta de cómo en especial a los jóvenes, tanto a las mujeres, como los hombres, los seducen, los atraen, los espejos, las cámaras, los retratos. Se embelesan y se demoran en sus peinados y retoques. Y saber que en este día tienen a sus lados dos espejos imprescindibles para mirarse: el de un bachiller asesinado por la brutalidad inútil del estado (si se puede siquiera pensar en que haya brutalidad útil), Dylan Cruz Medina, y el de un soldado que se suicidó, que no aguantó vivir en las situaciones que estaba pasando, Brandon Cely Páez. Cómo dejar de verse en estos espejos, cómo no reflejarse en ellos, cómo dejar de enviar en sus redes estas imágenes.

Estamos entre el vocerío que aturde y la avalancha de imágenes y vídeos, que también obnubilan. Sí, tal vez sea necesario el acallamiento, la meditación y la contemplación, para recobrar algo de serenidad. Entre esos espejos atroces sucede la tragedia, la contradicción, la tensión que es estar vivos y participar del poder.

Tomo prestado de Óscar Puerta Luchini su trino de esta mañana:

Nos comunicamos y le hice énfasis en este concepto de “el vándalo imaginario”. Respondí a sus trinos, porque me pareció muy lúcido lo que él dice.

Claro, se necesitaba un enemigo y había que imaginarlo, anticiparlo, tenerlo listo. Más en este país de ahora y con este gobierno, que han declarado, de nuevo, que en Colombia no hay conflicto. Así está todo preparado,  todo cuadra, el que enfrenta al Estado, o simplemente marcha, el que sea: joven, estudiante, indígena, campesino, hombre, mujer, se puede transformar en el enemigo que esperaban, que se habían casi soñado. Puede ser como una alucinación, pero para ellos es algo real.

Y esto tiene que ver con el deseo y de nuevo con la estética, y por supuesto, con la ética.  Cómo quisiéramos materializar los sueños, los psicólogos y los neurólogos nos lo pueden explicar mejor. Con unas semanas de anterioridad al paro, a la marcha, lo dijeron, lo explicaron, lo mostraron e ilustraron, lo falsearon con paparruchas, lo profetizaron, y produjeron escenarios como en una animación.

Por boca del Presidente, de sus copartidarios, de los seguidores, en coro, se les escuchaba: así va a ser, como en Chile, como en Bolivia, como en Ecuador, como en Venezuela y seguían los referentes de muchas partes del mundo. Estos son los vándalos que se van a encontrar, tendrán la cara tapada, saldrán como ratas de donde menos se espere. No hay que tener piedad con ellos, porque son los enemigos y traerán el apocalipsis del comunismo del Foro de  Sao Paulo. Y todo fue regado con el clamor del miedo.

Allanaron academias de arte, talleres de danza, medios de comunicación. Nos hicieron acordar de Turbay Ayala, de Rojas Pinilla.

Es increíble y cierto, aterrador.

Junto a estos creativos de la catástrofe que se nos avecinaba, hubo civiles, ciudadanos, hijos de vecino, que llamaron a armarse, a defenderse como fuera, con lo que fuera, como un derecho de legítima defensa, incluso de manera letal. Esto se creció como la espuma del guarapo con limón y bicarbonato de soda.

Y como en el cuadro de Santa Lucía, en las fotos y videos del paro, en las mejores películas, hay un momento de suspenso, un enfoque, una luz especial, unos actores, unos planos, y por fin queda un reguero de sangre. Todas las sangres son iguales, no hay sangre de vándalo, de policía, de suicida, hay solo sangre.

Las sangres de los distintos momentos de la vida: del parto, de las batallas, de las operaciones, de las inflamaciones y de los machetazos, de los degüellos, todas son la única sangre que nos mantiene vivos.  Y allí se reinicia la estética de “choque”, el patetismo, de Władysław Tatarkiewicz y allí emergen los sentimientos morales de Ernst Tugendhat, allí aparecen “Las emociones y la vida moral” de Martha Nussbaum.

Óscar Puerta Luchini me volvió a hablar de los poemas de Constantino Kavafis, “Esperando a los bárbaros”. Allí está todo y mejor escrito:

-¿Por qué empieza de pronto este desconcierto

y confusión? (¡Qué graves se han vuelto los rostros!)

¿Por qué calles y plazas aprisa se vacían

y todos vuelven a casa compungidos?

Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron.

Algunos han venido de las fronteras

y contado que los bárbaros no existen”.

 

Y el río de Kavafis confluye en el otro caudal de  García Márquez, que para los colombianos es obligatorio citar, y que tantos lo han comentado, sí, el famoso cuento: “Algo muy grave va a suceder en este pueblo“.

Hasta que pasó. Pasó lo que habían imaginado. Pero el vándalo no existe, ni los bárbaros existen. Todo es ofuscación, animosidad, alucinaciones. No, unos muchachos en la calle no pueden ser “el enemigo”. Son la ciudadanía, son “El Soberano”.

Pero si antes se dispusieron los imaginarios, ahora, después del reguero de sangre y del último comunicado, de los espejismos, seguiremos imaginando, seguiremos “lenguajeando”, porque así somos los humanos, así nos comunicamos, así nos ofendemos y nos matamos y así nos reconciliamos y aprendemos a no dejar vivir a los otros, o aprendemos a vivir juntos[iii].

Entonces comprendemos que sí hay una conexión entre la ética y la estética y que ahí se definen asuntos de poder.

Para esta reflexión hemos traído los cuadros de Caravaggio, la literatura de Kavafis y de García Márquez.

Siempre nos hará falta la música. A propósito, no podemos quedarnos en el Dies Irae, en un réquiem eterno, tenemos que pasar por El río de los muertos, del maestro Alberto Guzmán Naranjo,  estremecernos con los Alabados de las cantadoras de Bojayá, y esperamos que venga Arvo Part, con su Silentium y con Da Pacem.

Al margen, es sintomático que los abusadores del poder de este tiempo, de este país, tienen una casi anti estética.

Como en contraste, en la Revolución Mexicana quedó de todo: murales, cine, canciones, corridos, literatura, plástica, caricaturas, fotografía. La Guerra Civil en España se transformó en una renovación de las  expresiones del arte, de productos culturales que se volvieron universales. En ambas, hubo creadores en todos los bandos.

Pero además de estas revoluciones y guerras, ha habido tiranos que exaltan la música, que coleccionan y roban pinturas y esculturas. Políticos de distintas tendencias, que pintan e interpretan música. Ha habido ejércitos con grandes grupos corales. Dictadores que auspician a los artistas. Regímenes antidemocráticos que adoran el ballet, la ópera, entre otras manifestaciones.

Como dato curioso, entre nosotros, hay quienes cuentan de Carlos Castaño que era aficionado a la música y que coleccionaba arte. Pero, de resto, aquí entre los del actual gobierno, sus seguidores, en la ultra derecha, no hay nada para mostrar sensibilidad, gusto, productos culturales. Es mínima la derecha ilustrada.

De sus periodos de gobierno, de lo que les queda o de lo que se prolonguen[v], no se va a rescatar nada de sus sensibilidades y preferencias. Son estériles para el arte, no han dejado ni música ni poesía ni cine ni plástica, y ojalá no acaben con los museos que quedaron en los Acuerdos, para la reparación simbólica. Entre ellos, lo más notorio es una retórica autoritaria y nada más, ni siquiera tienen articulistas de talla, o escritores.

En cambio, del entretiempo de las Negociaciones de paz, del plebiscito, de los Acuerdos de paz, sí hay una cosecha impresionante: libros, películas y documentales, plástica, teatro, performances, humor, danzas, música, y el inventario es largo.

Si les transformamos los sistemas de signos, si les hablamos en otros términos, si los miramos a todos con compasión, su poder no se sostiene, los abusadores no pueden imponernos por siempre su ética, su estética o anti estética y su brutalidad. Frente a esa superficialidad que no es nada inocua, hay que proponer una solemnidad más digna, unos rituales que nos hagan saber quiénes somos y que le den sentido a la vida.

De la animosidad y el tumulto, pasemos a una calma parecida a la vida ordinaria y en paz. Con una estética prosaica, nada heroica, prandial, como un pan de Zurbarán. Como los trabajos de las tejedoras  de Mampuján. Silenciar y contemplar sí, pero para reiniciar los ciclos de la creatividad.

Doris Salcedo nos entrega el espacio y la concepción de Fragmentos, además de los performances: “Sumando ausencias” y “Quebrantos”. Con ella habría que nombrar las fotografías de Jesús Abad Colorado. A Juan Manuel Echavarría, con Requiem NN, “¿De qué sirve una taza?”, los tableros de la guerra; están los Sudarios y los Relicarios de Erika Diettes. Los cuadros de las masacres de Jorge Julián Aristizábal. La serie Signos cardinales de Libia Posada. Hasta el mural del Museo Casa de la Memoria de Medellín, de Isabel Gómez Machado. Y nos quedan por nombrar tantos tan importantes, necesarios.

Nos detenemos en el “anti-monumento” de Doris Salcedo. Creemos que no tiene antecedentes, está conformado por unas placas martilladas por mujeres víctimas. Placas hechas al fundir las armas dejadas por los ex combatientes de las FARC, que no fueron vencidos ni vencedores. Esa es la estética que nos pone a pensar en un país con una paz que ni conocemos. Un tiempo y un espacio en el que no hay épica, no hay glorificación de la guerra y de la victoria.

Para dejar de encontrarnos aterrados en estos espejos de dolores y volver a mirar los ojos de los vivos, la empatía tiene que ser total, por toda muerte y todo dolor, o no será empatía. Hasta que  la empatía nos inunde y nos reconforte, nos deje encontrarnos  y reconciliarnos, sin evadir la tragedia, la realidad, las contradicciones, la complejidad, de todos los humanos, de todos los que somos parientes de los bárbaros, de los vándalos, y también de los huérfanos y de los justos sufrientes.

 

Notas

[i] Agelasta: en su etimología proviene del griego «αγηλατος» (agelatos) que quiere decir triste y del latín «agĕlastus» que quiere decir el que nunca se ríe.

[ii] Qué tal que hablemos de Conmoción interior. Por ningún motivo. Ahí sí quedamos al borde del “estado de naturaleza”.

[iii] Bernard Williams nos advierte que, quizás, el mayor problema al que se enfrentan los seres humanos es muy

[iv] He aquí el gran problema, las elecciones, los candidatos y los votantes del 2022.