REINVENTANDO LA PANELA

Además de los daños económicos y sociales que implica la pretendida patente, se configura el daño al patrimonio cultural de la nación.

 

Por / Duberney Galvis – Portada / Grafiti de Jeider Showy

En Colombia primero se bebió guarapo antes que “aguadepanela”. La producción de panela en el país tuvo origen tras el uso de la tracción animal y herramientas que introdujo España en épocas de la colonización. Los primeros trapiches producían básicamente guarapos, mieles y algunas conservas. Tiempo después se avanzó a la panela, antecesora del azúcar común que vendría unos años más tarde con la incorporación de la rueda hidráulica movida por corrientes de agua; mecanismo que a la postre sería una forma práctica para diferenciar un trapiche de un ingenio, que para el tesoro de la Corona eran más o menos lo mismo.

Este hecho histórico indica que la suerte de la panela nació ligada a la del azúcar. Relación que marcaría los conflictos por venir en el sector.

 

A modo de esbozo histórico

Se puede resumir que, en los inicios del procesamiento de la caña traída a Colombia, a mediados del siglo 16, los primeros colonos dedicaron esfuerzos a la siembra, cultivo y producción. Esta actividad, una vez extendida al azúcar, tuvo uso intensivo de tierras, agua y mano de obra esclava proveniente de África. Mientras la presencia de indígenas en el sector data de las épocas del Nuevo Reino de Granada, aunque sólo les permitían estar en la faena del cultivo porque la Corona tenía prohibido el trabajo de los indios al interior de los ingenios. Pero en algunas regiones los encomenderos, en una especie de contravención práctica a la Corona, aceptaron el pago de tributos de los indígenas con trabajo, lo que los hizo adentrarse más en la producción, según Saldarriaga.

Hubo que recorrer desde entonces hasta las primeras décadas del siglo 17 para registrar la aparición de trapiches artesanales de propiedad indígena, en la zona norte de la gobernación de Popayán, que con instalaciones raquíticas, de tracción manual, se limitaban inicialmente a la producción de mieles, guarapo y conservas; comercializándolas en los centros poblados y en las minas de esclavos. Fueron las primeras experiencias de manos criollas de producción en la cadena del dulce con base en la materia prima de la caña. Y se consolidarían, pues la densidad del territorio indígena y la escasez de grandes centros para comercializar esclavos en la región, le dificultaban al encomendero instalar trapiches e ingenios.

Lo anterior estuvo precedido por las primeras panelas que produjeron los colonos a finales del siglo 17, coincidiendo con el periodo en que se empezó a producir la caña miel, la base del aguardiente de caña que reemplazaba al guarapo.  Como se puede constatar en este apartado de(Ramos, citado por Díaz Adarme:

Es así como el Rey escribía en 1676 a la Audiencia de Santafé que se estaba extinguiendo la bebida del guarapo y se empezaba a introducir aquella otra, más perjudicial. En el crepúsculo colonial la cañamiel era ya muy popular en toda tierra calentana. Los trapiches se daban por centenares de todo tamaño y jaez, y la experiencia supo seleccionar climas y suelos para la siembra.

Estos movimientos empezarían a configurar el mapa productivo y social panelero. Los trapiches artesanales consiguieron un margen de espacio en los territorios más apartados y de asentamientos indígenas. La producción azucarera por su parte, aprovechó las zonas donde podía contar con la mano de obra suficiente y las mejores tierras en las riberas del río Cauca.

Desde entonces los conflictos entre los pequeños productores de panela junto a algunos cuantos medianos que no cupieron en la producción azucarera, y los que se especializaron en azúcar y derivados más refinados, no cesaron. Estos últimos, que veían la panela como un azúcar sin terminar, acostumbraron a refugiarse en ésta, como colchón para las épocas de vacas flacas, y a medida que se extendía el consumo, este lucía más cómodo. Hecho que se agudizó cuando el trabajo del esclavo perdió el valor económico y más aún con la Independencia. Las pugnas fueron sucesivas y variadas hasta la intervención del gobierno de Eduardo Santos en 1940, cuando emitió la frase “los ricos al azúcar y los pobres a la panela”.

Pero las embestidas de los del azúcar y las de los gobiernos sobre los de la panela, continuaron. Y las movilizaciones paneleras tuvieron lugar, desde la región sur de Nariño, Huila y Tolima; la centro occidente del Eje cafetero, Cauca y Valle; la central en Cundinamarca; y la occidental en Antioquia; hasta la icónica Hoya del río Suárez en la región nororiental de Boyacá y los Santanderes. Luego pasaron cincuenta años de los acuerdos de Santos hasta que se aprobó la ley 40 de 1990, que en parte resolvía el tema al prohibir a los del azúcar hacer panela. Ley que hoy se invoca para rechazar la patente panelera.

Fondo indígena para hervir miel. Imagen / Cortesía

Pero entre la ley 40 y las recientes patentes, las calderas no dejaron de hervir

Dos casos que así lo exponen. En octubre del 2013 escribí para los medios LA COLA DE RATA y La Silla Vacía la historia “Érase una vez una empresa panelera”, que cuenta la crisis vivida por el trapiche de la familia del arquitecto Germán Hincapié, ante las menguadas políticas gubernamentales para el sector. Allí, ubicado entre el pequeño valle de Playa Rica, a los pies de las laderas cafeteras de Peralonso, por la vía que de La Virginia conduce hacia Santuario, Risaralda; este trapiche resumió apartes de la realidad de los paneleros.

Posteriormente, en agosto del 2017, con el equipo del Diario La Nube y la colaboración del medio periodístico LA COLA DE RATA, realizamos un reportaje sobre el megatrapiche vallecaucano Biobando S.A.S. En él, mencionamos hechos previos a la ley 40, expusimos la situación en la que quedaron los paneleros de la región dado que esta sociedad vendía por debajo de los costos de producción, y también detallamos la relación de esta sociedad con la familia Merheg. Hoy, de Biobando, se sabe que sigue operando.

Ambos casos registraron movilizaciones de los productores e indicaron el creciente nivel del embalse sobre las familias paneleras. Siendo la pretendida patente del ingeniero Jorge Enrique González Ulloa el más reciente conflicto.

La liebre que hace saltar el ingeniero González Ulloa sale de lo que éste describe como un avance de su trabajo investigativo, cuyo resultado considera como el “oro líquido”, con exclusivas propiedades naturales para las arterias y el colesterol. Poco faltó para detallar que actúa como fuente proteínica para los ciclistas colombianos, los reconocidos “escarabajos”. Sobre el marco investigativo del ingeniero, la preservación de policosanoles –una mezcla de alcoholes derivados de plantas cerosas como la caña o de la cera de las abejas– hay amplia literatura; y el método, han explicado los paneleros, es similar al desarrollado en la producción tradicional de panela.

Un trapiche indígena en una acuarela de 1843 de Edward Walkhouse. Imagen / Banco de la República

La panela como patrimonio cultural

La producción de la panela no solo hace parte de la identidad nacional como producto emblemático, sino que ha estado vinculada a cada uno de los periodos históricos desde la colonización. En tal sentido tiene cabida en el marco del patrimonio cultural de la nación y la jurisprudencia emanada del artículo 72 de la Constitución Política, que incluyó en sus listas representativas a los bienes inmuebles. Agréguese que ha acumulado diversas atribuciones de valores durante el desarrollo histórico en el país, lo que la dota de suficientes fundamentos para ser considerada patrimonio. Aquí resulta útil advertir que el patrimonio cultural no es únicamente aquel ceñido a la norma, que incluso ha intentado desvalijar algunas de las tradiciones de la panela; sino también el conjunto de actividades colectivas desarrolladas a usanza de las labores de la molienda.

Y observamos que, en el ámbito colombiano, la noción de patrimonio que se ha difundido incluye al patrimonio inmueble. No son pocas las declaraciones que en el país se han registrado para monumentos de diversa índole, y a los centros históricos coloniales, se les ha otorgado un especial privilegio. También se abrió espacio al llamado patrimonio inmaterial o intangible, llevando a la norma la importancia de las manifestaciones culturales como parte del patrimonio colombiano. Como ejemplo hay varias festividades, cantos y prácticas tradicionales, incluidas en estas declaratorias, de acuerdo con Díaz Adarme.

Cabe resaltar que el reconocimiento de patrimonio tampoco es exclusivo de los bienes o expresiones culturales del pasado, también pueden serlo los que permanecen vigentes o van aflorando.

Examinemos, además, que para reclamar dicho reconocimiento para la panela, aplica la admisión que hizo la humanidad del patrimonio industrial, el que avanzó en su momento sobre la estética del palacete para dar paso a la de la máquina, que requirió criterios de valoración diferentes, más ligados a la historia de la producción y el trabajo. Elementos que, en el contexto nacional, podrán conferir importancia a los bienes que antecedieron, como los trapiches artesanales que luego conjugarían mecanismos ornamentales con la llegada de nuevas herramientas y máquinas.

En el caso de la panela existen restos de la producción artesanal que sobreviven hace más de cinco siglos, otorgando un valor histórico y social de amplia riqueza. De igual modo pueden ser objeto de exploración los valores arquitectónicos de los trapiches o “ramadas”, los medios de transporte, los métodos y las manifestaciones culturales tangibles e intangibles en la molienda panelera. Existe en esta tradicional labor una estética distinta a la promovida en materia patrimonial en el mundo de occidente. Lo que implica abordar las relaciones sociales y la distribución del sector rural. Los trapiches son testimonios de cada época trascurrida en Colombia. Tan fuerte es el vínculo que, aunque se trata de una nación descripta como cafetera, es la panela la que cuenta con consumo de pleno arraigo en todo el territorio, está reconocida como bebida nacional. Es parte de las tradiciones sociales históricas en el país. Es decir, la panela es patrimonio cultural vivo de la nación.

Para ampliar el tema queda recomendado el ya citado y muy buen trabajo Patrimonio cultural agroindustrial panelero. Estudio comparativo Maripí y Santana – Boyacá.

¿Qué tiene que ver el aleteo del azúcar en aguas internacionales con la suerte de la panela nacional? Fotomontaje / La Oreja Roja

Más que María Fernanda Cabal, se trata de la economía  

Sobre el ingeniero González, sus relaciones y Río Paila, se puede leer el informe de Cuestión Pública. Por lo demás, reducir el énfasis de la patente al aparador de ideas de la senadora Cabal, envilece el fondo del asunto y quita responsabilidades a los de diversos gobiernos.

Este dardo de la propiedad intelectual se lanza ante la consolidación de los nubarrones sobre la producción azucarera colombiana que es sabido navega en aguas internacionales agitadas por una crisis de superproducción mundial, incluido el sector de los alimentos. En consecuencia, crece la marea importadora de azúcar y etanol, este último hizo parte de la “tierra prometida” por Álvaro Uribe a los ingenios tras la firma del TLC con Estados Unidos, para compensar lo cedido en el azúcar. Aunque tan pronto como el combustible del míster entró por la puerta –o el puerto– el amor del dirigente criollo saltó por la ventana.

¿Qué tiene que ver el aleteo del azúcar en aguas internacionales con la suerte de la panela nacional? La economía panelera, como expusimos al inicio, ha estado atada a la del azúcar, en la medida en que al azúcar la vaya mal, a los paneleros, con la mayoría en producción microfundista y sin fondos sólidos de protección, les va peor.

Mírense algunas cifras en la panela: más de nueve de cada diez productores son de características campesinas, con alta carga laboral a la mujer. La caída del precio al productor ha sido la constante. Según datos del Ministerio de Agricultura (2018), entre los años 2000 y 2015 ¡quince años! los precios descendieron en promedio al 15%. Luego hubo un repunte de menos de dos años. Pero durante el 2018, la línea de los precios de nuevo marcó hacia abajo, con promedios del 16%. El gobierno, entonces, no vio causas en el TLC y argumentó las caídas a la informalidad en el sector. En lo que va del 2019 el precio repuntó a razón de la creciente demanda durante la pandemia.

Ahora bien, el 99% de la panela colombiana es para el mercado interno, nueve de cada diez hogares consumen panela. Pero en guardia, hay un mercado naciente en Estados Unidos y España, justamente fue en el país del norte donde también solicitó patentes el ingeniero ‘criado’ en Rio Paila. Allí la comunidad latina censada, sin hablar de la hispana, asciende a más de veinte millones de habitantes, y por estas cifras no solo van los de los votos, sino el mercado. En esta línea no pifia quien en la actualidad aspire al monopolio de un producto que proyecta un crecimiento en la demanda de “productos básicos perecibles”.

Hay más, desde el inicio las patentes sembraron interrogantes: ¿por qué un “invento” tan bueno para la industria azucarera no tuvo eco entre los ingenios de Colombia y los de Brasil, que son potencia? Valga insistir, Rio Paila se deslindó del accionista, y ASOCAÑA, el gremio de los ingenios, hizo lo mismo, con más detalle aún. Y es que no solo está el tema de los reclamos sobre la similitud del proceso de la caña descrito por el ingeniero con el de la panela, también espesa la sospecha de que incluso Colombia pueda terminar importando panela.

Si la idea del ingeniero por reinventarse se alza con la patente en la WIPO (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual) todo el que produzca panela le tendrá que pagar regalías, aquí y en el planeta entero. Es esta la gran movida económica del asunto. Además la solicitud de patentes en EE.UU le da enormes ventajas al ingeniero y a sus patrocinadores en el marco del TLC con Colombia. Las aguas internacionales de la panela están agitadas, viene el tiburón, el conflicto entonces, continua.

Para cerrar, además de los daños económicos y sociales que implica la pretendida patente, se configura el daño al patrimonio cultural de la nación, fruto de que la panela reúne suficientes y sólidos valores culturales. Por ende, no se puede permitir este tipo de propiedad intelectual.

@DuberneyGalvis

Referencias

Saldarriaga, G. (2017). Trabajo y vida indígenas en los trapiches del Nuevo Reino de Granada, 1576-1674. Anais do Museu Paulista: História e Cultura Material25(1), 149-168. Ver enlace.

Díaz Adarme, Y. P. (2019). Patrimonio cultural agroindustrial panelero. Estudio comparativo Maripí y Santana-Boyacá. Ver enlace.