RIESGOS Y PROMESAS DEL PARO

Si se suma a esto que se está ante un gobierno que tiene como estrategia ignorar y reprimir, serán muchos los tropeles que disolverán las marchas con una cantidad de heridos y muertos que no debemos permitirnos; ya suficientes mártires cuenta el país.

 

Escribe / Christian Camilo Galeano Benjumea Fotografías/ Jessica Arcila

El grito de un joven se confunde con los de cientos de muchachos que integran una de las marchas del Paro Nacional que vive el país. Este paro ha sido un torbellino de esperanzas y lamentos en lo que lleva. Algunas marchas se han vestido de carnaval y hemos visto a músicos y actores tomarse las calles para reclamar derechos y exigir que se respete la vida; la calle se ha convertido en el escenario de las artes que reclaman dignidad. En otras nos hemos vuelto a topar con la monotonía de un salón de clases al acompañar a los profesores en los reclamos que hacen para el país y su gremio (aunque las marchas de los profesores finalizan donde comienzan sus vacaciones). También, nos han sorprendido los barristas, que antes causaban temor y desconfianza, al verlos unidos en cánticos con un amplio sentido social. Hemos visto cómo las calles se convierten, pese a la pandemia, en un espacio que recoge los gritos y reclamos que la política representativa no quiere atender.

Al igual que se ha visto el surgimiento de un nuevo grupo de héroes en la lucha social, la llamada Primera Línea. En su mayoría, jóvenes de barrios populares que han sufrido el desprecio de una sociedad que no les brinda las herramientas para salir adelante, pocas oportunidades, educación de muy mala calidad y la persecución constante de la autoridad por tener el estigma de la pobreza y vivir en un barrio marginal. Ahora, en este paro, son la línea que protege a los marchantes y se enfrentan al ESMAD, son reconocidos y vitoreados. Por fin tienen un lugar en el mundo, las miradas de desprecio ahora son de admiración, y en esa efervescencia que trae consigo la lucha social están dispuestos a salir heridos o entregar la vida en cualquier marcha.

Pese a lo prometedor del paro, siempre suele caer un gas lacrimógeno o una pedrada o escucharse un tiro que cobre la vida de algún marchante en medio de las manifestaciones. Toca correr de un lado para otro sin saber exactamente qué hacer porque los agentes del ESMAD pueden capturar a cualquiera en medio del tropel (batalla campal) o con el temor de ganarse una pedrada tirada por uno de los mismos marchantes, ante tal confusión la mayoría busca huir por alguna calle.

Estas marchas recogen la rabia que por mucho tiempo han tenido los jóvenes y personas de barrios populares con la autoridad y con una sociedad que los ignora y desprecia. Por eso, no es extraño ver a jóvenes en pie de lucha, prestos a defender a los marchantes o iniciar un tropel por aquellos derechos que nunca han tenido. Como diría alguno de ellos, “nunca hemos tenido nada, no tenemos nada que perder”.

Esa rabia contenida se topa con una institucionalidad que, en términos generales, cree que todo se soluciona a la fuerza y sin diálogo, valiéndose de su poder para amedrentar y amenazar. Esta mala combinación abre la posibilidad a que resurjan, una y otra vez, tropeles entre manifestantes y la policía. Unos sin nada que perder y los otros cumpliendo la labor de defender a la institucionalidad; todos corren de un lado para otro, como diría un agente del ESMAD, “esto es como un juego, ellos cierran, nosotros vamos a quitarlos, ellos tiran piedras, nosotros gases. Hasta que nos vamos y mañana será lo mismo”. Pero este juego puede costarle la vida a cualquiera, sea un policía o un manifestante.

El riesgo está en que si el Paro se mantiene bajo la lógica de que las marchas son la respuesta ante un gobierno autoritario que incentiva la confrontación, esto puede ser contraproducente. Por una parte, traerá consigo el desgaste de sectores que apoyan la manifestación, puesto que muchos coinciden en que las marchas por sí solas no resuelven los problemas, son una forma de generar presión al gobierno, pero si las marchas se prolongan indefinidamente son ellas las que pierden fuerza. Si se suma a esto que se está ante un gobierno que tiene como estrategia ignorar y reprimir, serán muchos los tropeles que disolverán las marchas con una cantidad de heridos y muertos que no debemos permitirnos; ya suficientes mártires tiene este país.

Ahora bien, el paro ha sabido crear una especie de identidad con los marchantes y las primeras líneas a lo largo del territorio, ha servido para tumbar reformas y ministros, al tiempo que les muestra a los políticos tradicionales un escenario al que no están acostumbrados, a saber, una sociedad politizada. Esto abre la necesidad de que las comunidades se organicen y piensen sus territorios, como es el caso de la experiencia de los jóvenes del Parque Industrial en la ciudad de Pereira (Parque Industrial Resiste), que se han venido organizando para identificar los problemas de su barrio y buscar soluciones a través de ollas comunitarias.

La organización social y política es la única respuesta adecuada ante un gobierno incompetente y violento. Solo las comunidades organizadas pueden generar procesos que tengan un eco a futuro. Organización política barrial y comunitaria que vincule a las comunidades a sus territorios y les permita gestionar sus problemas. Todo de cara a las elecciones que se avecinan el próximo año, allí está también la posibilidad de formar una cultura política que permita elegir representantes que coincidan con los intereses de las comunidades, y no repetir las malas decisiones electorales de cada cuatro años.

De nuevo, una bomba aturdidora estalla en el parque Olaya y corremos bajo la incertidumbre de lo que podrá traer este paro, si se reafirma la violencia como eje de la política o surgen procesos organizativos que rompan los ciclos de siempre.