Todos tenemos derecho a pensar lo que queramos, pero dentro de una ética social. Y hoy el mundo se encuentra ante hecho irrefutable: la virulencia del coronavirus y la incapacidad de los sistemas asistenciales para atender la demanda de los enfermos que requerirán cuidados médicos especializados.

 

Por / Rafael P. Alarcón Velandia*

Es indudable que al mundo, todo el mundo en sentido geográfico y cultural, lo cogió casi desprevenido una enfermedad viral –los virus son microrganismos muy diminutos que no se perciben a simple vista– pero que, bajo ciertas circunstancias, pueden ocasionar un increíble número de contagiados y de personas que se enferman, con altos índices de mortalidad.

Hace casi cuatro meses, en una provincia China, empezaron los primeros casos y de allí, en una rápida y progresiva contaminación, se propagó a todo el mundo, tanto oriental como occidental. Nadie escapó al virus, ni podrá escapar a él.

La extensión rápida del virus –coronavirus covid 19– como se le ha llamado, su alto poder de contaminación por personas y objetos contaminados, y su período de incubación tan corto, muy distinto a otros virus y enfermedades bacterianas, un poco menos virulentos y períodos de incubación más prolongados, hacen que este virus tenga un poder de letalidad más alto.

 

Fuente: Instituto Nacional de Salud (INS).

Sin embargo, no todo depende de la virulencia del covid-19. Hay otros factores que contribuyen y precipitan su poder patológico. Veamos brevemente algunos de ellos:

1La mayoría de los países del mundo, especialmente los que son miembros de la Organización Mundial de la Salud –OMS–, no han puesta en marcha, ni se han acogido a sus recomendaciones de generar e instalar un sistema de salud fuerte que desarrolle políticas y acciones para prevenir todo tipo de ataque a su población, ya sea infecciosos, como el caso del coronavirus, bacteriano o de otra índole. Han hecho caso omiso a sus recomendaciones y solo las han tenido en cuenta en casos puntuales, por ejemplo, con el ébola, la tuberculosis y la malaria, pero sin solucionarlos definitivamente.

 

2Los sistemas de salud, en su mayoría, los gobiernos los han dejado en manos de particulares a través de empresas privadas. Estas empresas muy poco se han preocupado por los aspectos preventivos y de protección de la salud de sus poblaciones asignadas. Su “negocio” está en la asistencia y todo lo que se mueve en torno a ella: medicamentos, materiales y equipos hospitalarios, instalaciones hospitalarias, publicidad, burocracia, explotación a los trabajadores de la salud con pésimos honorarios y contratos a términos fijos sin prestaciones, corrupción. Esto ha implicado que los servicios asistenciales sean escasos, muy escasos tanto en épocas sin viremias como en el caso de la pandemia del coronavirus.

 

3Los escasos presupuestos de las secretarías de salud municipales y departamentales no les ha permitido tampoco desarrollar verdaderos proyectos de salud pública y control epidemiológico. Lo único que hacen los pocos funcionarios encargados de ello es dictar decretos, normas, protocolos bien intencionados, pero sin ninguna posibilidad de práctica real, ya que no se dispone de los recursos financieros, humanos y logísticos para ello. Todo queda en papel.

Ilustración / Freepik

 

4Un sistema de salud casi totalmente privatizado, como el colombiano, lo mismo ocurre en la mayoría de los países de América Latina, no se puede esperar que su población esté protegida ante una pandemia o la elevada prevalencia e incidencia de enfermos por cualquier patología orgánica o mental. La depresión es la segunda causa de morbilidad en el mundo, y ningún sistema de salud está realizando acciones para disminuir el impacto de dicha psicopatología. Lo mismo ocurre con el elevado índice de personas con síndrome demencial que están desbordando la capacidad asistencial para atenderlos adecuadamente. Con un agravante, tanto la depresión como la demencia se presentan cada vez en mayor número de casos, y satisfacer dicha demanda genera costos altísimos para la familia, el sistema asistencial y la economía de un país. Nada se hace al respecto. Pero, como en cierto modo “no son virulentos como el coronavirus” se pasa desapercibido, o como si el problema no existiera, tanto a nivel gubernamental como privado.

 

5La corrupción del sistema de salud, tan grave como el mismo coronavirus. Los dineros que deben ir a los planes de salud pública –prevención y protección– van a parar en los bolsillos de personas, políticos, gobernantes en todos los niveles y de empresas particulares, e inclusive a los de los encargados de controlar dichos dineros, como son las contralorías, procuradurías, el sistema judicial y la superintendencia de salud. Cientos de procesos contra funcionarios corruptos duermen en oficinas judiciales esperando la prescripción de términos para quedar absueltos de las responsabilidades y de su conducta anti ética. Todos los gobernantes y el sistema legislativo de los últimos 30 años se han muerto de miedo para afrontar este problema de corrupción, pues han dependido, para llegar a sus cargos del apoyo de los corruptos. En Colombia están registrados más de 200 casos sobre el tema, y no ha pasado nada, temo que tampoco pasará, o sea, el castigo que se merecen nunca llegará .

 

6A consecuencia de lo dicho anteriormente, la salud pública  en manos de corruptos, de intereses  económicos privados, con un sinnúmero de decretos oficiales sin ninguna posibilidad real de ejecución, con hospitales y clínicas cerrados o al borde del cierre por el no pago de sus servicios por el estado o por las EPS, con trabajadores de la salud mal remunerados y contratos muy limitados en tiempo y en condiciones adversas, cómo se puede pretender afrontar no sóoo una pandemia, sino todo lo referente a mantener una salud de la población a un nivel aceptable de condiciones para un buen funcionamiento físico y mental.

 

7En el caso de la pandemia del coronavirus los sistemas de salud se vieron, se ven y se verán amenazados en su capacidad de respuesta asistencial por el gran número de personas infectadas tanto en forma leve, moderada , pero más por los graves que necesitan cuidados asistenciales especiales posiblemente Unidades de Cuidados Intensivos –UCI– y respiradores mecánicos. Estos últimos se convierten en uno de los problemas más dramáticos de la pandemia.

Ilustración / B Brauning

Tampoco hubo una adecuada planeación para conseguir los recursos en forma anticipada, cuando los epidemiólogos ya advertían en altas voces que el contagio estaba en nuestras puertas. España e Italia evidenciaron con anticipación lo que ocurriría, países con los que tenemos una relación internacional muy estrecha y un movimiento de personas alto. Se advirtió del problema que originaría el alto índice de contagio, pero nada se hizo realmente: esperar, criticar a los epidemiólogos, asesorarse con personas inexpertas; atender las presiones de la gran industria y del comercio de la banca; pero no se previó que los equipos médicos necesarios –respiradores mecánicos y otros elementos– iban a ser muy difícil de conseguirlos por la gran demanda y rapiña internacional.

Hoy son escasos, por no decir mínimos los equipos que estamos consiguiendo y , a eso agreguemos la entrega tardía y los trámites burocráticos a los que están sometidos a pesar de decretos presidenciales.

 

8Veamos, por ejemplo, lo que hipotéticamente podría pasar en mi ciudad, Pereira, que es lo mismo que puede pasar en otra ciudad del mundo, como lo estamos viendo y somos informados. Simplemente puede usted realizar las cuentas con el mismo modelo simple, no necesita ser estadístico ni epidemiólogo:

 

Población estimada de Pereira: 500.000 habitantes.

Población estimada de contagio: 35% de la población general: 175.000 personas

Población enferma: 10 al 20% de la población contagiada: 17.500 a 35.000 personas

Población enferma grave que requiere servicios asistenciales de la UCI: 1 al 5% de los enfermos: 175 a 875

Capacidad instalada en Pereira con respiradores mecánicos en UCI: 110, por lo cual no se tendría forma de atender (175-110): 65    o,  (875-110): 765. O sea, indudablemente se podrían morir entre 65 a 765 persona.

 

Pero si no se controla el vector de transmisión: en este caso los seres humanos y los objetos contaminados, los porcentajes de contagiados pueden subir más del 35% y de enfermos más del 20% y, por ende, los que requieran servicios especializados en UCI serán muchos más, como será, posiblemente, mayor el número de muertos.

Lo invito a que realice los mismos cálculos con la población donde vive y estoy seguro que entrará en pánico.

Por eso las medidas tan estrictas de confinamiento y aislamiento con todos los procesos de higiene, en todos los países del mundo.

Además, repito, el coronavirus covid-19 ha desbordado rápidamente la capacidad asistencial instalada, lo que no ocurre con otras enfermedades infecciosas.

 

9Lo que sí hay es otra pandemia de decretos y normas que nos han inundado, nos inundan todos los días. Tengo 15 en mi escritorio y me pregunto: ¿estos gobernantes saben que están diciendo y escribiendo en estos decretos? ¿para qué país están dictando tantas normas y decretos?, ¿por qué tanta contradicción entre un decreto y otro?, ¿con qué recursos se van a ejecutar?, ¿quiénes los va a ejecutar: Ministerio de Salud, las secretarías de salud, las EPS, las IPS, las ARL? Perdonen la expresión, “se tiran el balón de un lado para el otro”; en fin, todo es contradictorio e impreciso. Nadie responde.

Ilustración / Freepik

Como siempre, se termina mendigando la misericordia y la caridad entre los mismos habitantes o de fundaciones que terminan apoyando la consecución de los recursos más con el ánimo de disminuir impuestos que de contribuir a solucionar un problema inmediato por la falta de los mismos. Lo mismo pasa con ciertos sectores de la empresa privada, mientras cancelan los contratos de sus trabajadores o los sacan a licencias no remuneradas, haciendo caso omiso a uno de los tantos decretos del gobierno nacional.

 

10La ausencia de una cultura de Salud Pública y Educación que permita la convivencia con respeto y la tolerancia hacia el otro, a las opiniones contrarias. Una cultura de Salud Pública que disminuya los factores de riesgo de todas las patologías que podamos sufrir, ya sean infecciosas, cardiopulmonares, endocrinológicas, mentales y todas las demás.

Nuestra cultura está al servicio del rompimiento del sentido común de preservar la salud y de disminuir los factores de riesgo de enfermarse física o mentalmente por cualquier causa. Todos quieren medicamentos cuando se enferman, pero nadie, o muy pocos, están dispuestos a cambiar a estilos de vida más saludables, a protegerse.

En la actual situación sabemos que nos debemos aislar, disminuir el número de contactos para no contagiarnos y después enfermarnos o enfermar a los que conviven con nosotros. Pero no, transgredimos las recomendaciones, siempre encontramos excusas para estar en la calle, por un motivo o el otro, y cuando regresamos a la casa no seguimos las medidas higiénicas del caso.


Un caso para descansar del panorama de este escrito y como anécdota de esta anticultura de salud pública: en el sitio donde vivo, todas las noches mi vecino sale al balcón a aplaudir a los médicos y profesionales de la salud, hace oír el himno nacional y dos canciones más de tipo patriótico. Hasta ahí todo bien, es entendible su actitud. Luego, realiza una rumba con invitación a vecinos y otros amigos que llegan de otros sitios de la ciudad, con alcohol incluido. Por lo que observo –me pueden llamar “fisgón, metido, voyerista, lo que quieran”– ninguno cumple con las más mínima normas de higiene y protección al ingresar a la casa del vecino. Entonces, ¿para qué los aplausos y el himno nacional? Pero los quiero sorprender más: mis vecinos son médicos. ¿Cómo serán los demás?


11No faltan los oportunistas, los demagogos y los que desean ganar imagen y prestigio de momento. Mucha gente, entre ellos algunos pseudocientíficos, filósofos, escritores y empíricos creen y hacen creer que esto del Miedo al coronavirus es un ardid con diversos propósitos: políticos, de control social, económicos hasta religiosos. Todos quieren ganar un poco de fama con una pretendida posición contraria a lo que la Salud Pública en sus estrictos cánones de prevención y protección indican para estos casos.

En poblaciones acríticas o de escaso conocimiento en la materia, como la nuestra, estos pretendidos representantes de la “contracultura científica” siempre sacan dividendos. Para mí es muy peligroso que cualquiera adopte esa postura y difunda comentarios o documentos que no tienen ninguna validez científica ni social.

Ilustración / El Comercio

Todos tenemos derecho a pensar lo que queramos, pero dentro de una ética social. Y hoy el mundo se encuentra ante un hecho irrefutable: la virulencia del coronavirus y la incapacidad de los sistemas asistenciales para atender la demanda de los enfermos que requerirán cuidados médicos especializados. De ahí, tantas muertes en todo el mundo, pobre y rico, de todos los sistemas económicos y sociales. Nadie escapa al problema.

Es un hecho evidente e innegable la fragilidad de la salud pública y la incapacidad del estado y del sector privado  para atender adecuadamente el problema. Las cifras sustentan esta aseveración.

Ni en los países más ricos cuentan con los recursos necesario e indispensables para atender todos los casos, mucho menos en Colombia en general, y en Pereira en particular. Vea lo que está pasando en New York y todo el estado de California, el estado más rico de los Estados Unidos. No pueden atender la gran demanda de pacientes que requieren UCI y respiradores mecánicos. Por mis consultas sobre la situación en países de América latina, veo que es similar a la colombiana, punto más, punto menos.

 

12Ahora bien, si la presencia del virus sirve para cuestiones o manipulaciones sociales, políticas, económicas, religiosas   o de otra índole, cada uno puede especular sobre esto, y toda argumentación es válida posiblemente. No es mi punto de discusión en este momento.

Sea lo que sea, lo que interesa es salvar al mayor número de personas, independiente de cualquier otra especulación o posición política, religiosa o económica. Tenemos un problema grave y serio: hay que salvar las personas ante un bicho muy virulento.

 

13El problema de la muerte y del miedo es un problema que lo han abordado la filosofía, la medicina, la psiquiatría, la sociología y la antropología, la religión y, indudablemente, la sociedad en general.

Ilustración / Vix

El ser humano desde que se dio cuenta del sí mismo, empezó a la vez a temerle a lo desconocido, a aquello que pusiera en riesgo su vida y de sus allegados, a no tener los medios para sobrevivir o a perderlos, a ser un ser deseante y no ser satisfecho, a no comprender su soledad y a otras vicisitudes de la vida. Por ello, se ha convertido en un ser sufriente. En todas las épocas el hombre ha tenido miedo hacia lo externo y mucho más miedo hacia su mundo psíquico interno o sea a conocerse.

Como decía Freud “nadie piensa en su propia muerte, siempre se piensa de ella en relación con los demás”. Pero hoy, ante una pandemia que nos puede tocar a cada uno como individuo, que nos confronta con nuestra propia muerte tenemos miedo.

Pero, deberíamos preguntamos:

 

¿Por qué el miedo?

¿A morir?

¿A perder bienes e ingresos?

¿A estar confinados con nosotros mismos y nos aterramos de ello?

¿A darnos cuenta que la era virtual y la tecnología no es la fantasía que imaginábamos que nos protegería?

¿A saber que, a pesar de los adelantos de la ciencia y la tecnología, y de su publicidad, seguiremos siendo igual de mortales?

¿A nuestro fracaso como seres de comunidad, en donde el más fuerte devora a los otros?

¿A saber que la naturaleza, a la que destruimos todos los días, aún nos somete y nos acorrala?

 

Por eso es casi ridícula la forma en que, tanto el miedo como el temor a morir son utilizados por diferentes personajes de diversos campos del conocimiento, con aire más de promoción de su vanidad o de posturas ideológicas o pseudocientíficas , en lugar a contribuir a un afrontamiento de estos sentimientos de la población en general y del individuo en particular.

Como médico psiquiatra, salubrista y epidemiólogo mi punto de interés y preocupación en este momento en que nos azota una pandemia por un virus es el de cómo prevenir y proteger al mayor número de personas, para que no se contagien y, luego, evolucionen a ser pacientes infectados y que lleguen a requerir después servicios especializados que son insuficientes, a evitar su muerte.

Ese es mi punto, no si la pandemia es utilizada para reprimir movimientos políticos o religiosos, o para generar ganancias económicas, eso se los dejo a especuladores en este campo.

Lo único que sé es que el bicho –coronavirus– ha atacado a todas las poblaciones del mundo, ha matado mucha gente, independientemente de todas las demás consideraciones y condiciones sociales. Y lo seguirá haciendo si no lo detenemos.

*Médico Psiquiatra, Magister en Salud Pública y Epidemiología. Máster en Psicogeriatría y Demencias. Profesor Universidad Tecnológica de Pereira