La ciencia, al servicio de cualquier gobierno, se vuelve un “saber bélico” destructivo que supone un peligro para la humanidad.  Igual que en el fin inesperado de la película Spectral (2016), la guerra no conoce de ética ni de límites para destruir al otro.

 

Por: Diego Firmiano

“el desarrollo científico-técnico se hace contradictorio

por el intercambio de riesgos, por él mismo

coproducidos y codefinidos”

Ulrich Beck

La sociedad del riesgo

 

Este año Netflix con su servicio de streaming online emitió series y películas que ha dejado a los suscriptores más que satisfechos. La originalidad de series como House of Cards y Orange is the New Black, ahora empieza a verse en películas como “Bests of no nation (2015)”, “¿What Happened, Miss Simone?” y “Winter on Fire: Ukraine’s Fight for Freedom” que, a propósito, algunas fueron nominadas y premiadas con diferentes galardones.

Una de sus innovaciones del 2016, fue sin duda, una producción mitad ciencia ficción, mitad género bélico, titulada Spectral (2016), que se lanzó al público este 9 de diciembre, dirigida por Nic Mathieu y protagonizada por actores conocidos como Emily Mortimer o Bruce Greenwood y otros desconocidos pero con un talento genial como, James Badge Dale, Max Martini y Cory Hardrict.

Esta producción originalmente iba a ser lanzada por Universal Pictures, pero se desconoce si por filtros de contenido o por falta de negociación con la casa californiana, terminó estrenándose en Netflix dos años después con tal éxito, que el portal de crítica estadounidense Rotten Tomatoes marcó 80% de aprobación en su “tomatometer”, y el público realizó el 51% de comentarios positivos.

Y es que esta película de ciencia ficción promete. Su temática se asemeja mucho a videojuegos como Project Zero, Silent Hill, F.E.A.R, o Ghost Recon: Future soldier, donde un grupo de fuerzas especiales es enviado a Europa del Este, exactamente a Moldavia, país ubicado entre Rumania y Ucrania, a defender a una nación independiente y desestabilizada democráticamente, que enfrenta una resistencia armada de insurgentes y civiles.

En su misión de “pax americana” se encuentran con lo que parece ser soldados invisibles de aspecto fantasmagórico, que están propinando bajas significativas al grupo de asalto Delta. Situación que preocupa al pentágono interrogándose, si acaso el enemigo está usando alguna especie de tecnología de invisibilidad creando soldados insurgentes con camuflaje activo. ¿Se acuerda usted de los muertos del sagrario en el Señor de los Anillos de J. R. Tolkien?, pues en cierta manera hay una similitud con Spectral, solo que acá los soldados invisibles no son medievales, sino, aparentemente civiles.

Un ingeniero contratista del pentágono, Mark Clyne, es enviado desde Washington D.C. a Moldavia para ayudar a identificar ese tipo de tecnología, pero lo que este descubre marcará un antes y un después sobre la función de la ciencia, la crueldad de la guerra y la manera de cómo la humanidad usa armas de destrucción sin medir las consecuencias. En Hiroshima y Nagasaki ya hay un antecedente del mismo calibre. Solo que en esta producción no hay bombas, sino fantasmas creados por la ciencia para convertirse en armas de guerra.   

Podría decirse que este trabajo, cuyos efectos especiales estuvieron a cargo de Legendary Pictures, contiene un tinte de películas de terror asiáticas, con ficción bélica sacada de la serie japonesa Ghost in the Shell (ver: el Rottweiler mecánico).  La trama de soldados contra fantasmas no es nueva, pero este trabajo es interesante porque pone en debate la relación entre ciencia y guerra, ese dilema ético planteado desde la visión de científicos como Einstein, Oppenheimer, Bohr y otros, sobre, si colaborar con los aliados, suponía convertir sus descubrimientos científicos en armas de destrucción masiva.  Es sabido que científicos de renombre colaboraron con la fabricación de armas de destrucción masiva en la I y II guerra mundial fuesen estas tecnológicas, biológicas o bélicas (ver: Wernher von Braun, Max Planck, Johannes Stark, o el premio nobel Fritz Haber y otros).

La ciencia, al servicio de cualquier gobierno, se vuelve un “saber bélico” destructivo que supone un peligro para la humanidad.  Igual que en el fin inesperado de la película Spectral (2016), la guerra no conoce de ética ni de límites para destruir al otro. (Sé que algunos odian una reseña con pelos y señales, pero acá les va) Mark Clyne, el ingeniero norteamericano entra a una recamara subterránea de Masarov, la planta de energía nuclear de la ciudad, y encuentra que los científicos de Moldavia, asesorados por ingenieros moleculares, estaban recreando cuerpos con ingeniería derivada del condensado de Bose-Einstein, y de ahí, el automatismo de los soldados fantasmas, luchando contra los soldados norteamericanos.

La ciencia, como propuso Jurgen Habermas, es una ideología. Es un saber técnico instrumental, que existe para descubrir leyes, principios, invenciones útiles para la humanidad, no para destruir el mismo universo que investiga.  

En nuestro tiempo, el colisionador de hadrones, es lo más cercano a jugar a la ciencia, “la máquina de Dios” en la búsqueda del bosón de Higgs, puede, sin llegar a la paranoia, lograr abrir un agujero negro en la tierra y sumir ésta en un caos; o por qué no pensar que la secuenciación del ADN de parte del Craig Venter Institute, pueda generar vida artificial sin conciencia, o un virus patentado que pueda acabar con la humanidad. Todo es posible, no solo en la imaginación, sino también en la ciencia que prescinde de la ética y depone su interés o transfiere sus saberes a países en guerra.

La pregunta que se propone es ¿está la ciencia preparada para amortiguar sus descubrimientos y alinearlos con la sociedad? Y si es si, entonces ¿La humanidad está preparada para asumir esas nuevas tecnologías sean biológicas o bélicas? Spectral 2016 nos pone en este debate.