Las nuevas productoras de porno en el país cuentan con amplio catálogo de películas que se comercializan mayormente en el extranjero.  En cuanto al consumo interno, el proceso es más lento, por lo infranqueable de la moral, la religión y los grupos reaccionarios. Queda entonces abierto el debate si acaso esta forma de hacer cine es una especie de arte, o como dijo el crítico Kenneth Tynan, todo lo que resulte atractivo a los genitales pertenece a otra categoría, la de los masajes.

 

El porno es otras de las cosas que a día de hoy

mucha gente lo toma como una guía.

El sexo del bueno, se hace tranquilamente y sin prisas

cosa que no hay apenas en el porno, que se va directamente al rabo después de decir:

―Hola, soy la nueva sirvienta que he venido de parla

―que fea es usted señorita

-Sí, soy fea y de parla, pero vengo a comerle los bajos, caballero

―Empiece usted sin más dilación, por favor

Torbi

 

Hay un video en la red con un título sugestivo “El cine porno por detrás”. Allí aparecen, en una entrevista, dos productores de cine porno colombiano, Cristian Cipriani y Andrea García, quienes explican su sacrificada labor en la industria y emiten opiniones serias sobre lo natural del cine para adultos. 

La entrevista (en el video) empieza a los 12:05 a.m después de grabar una película más para el catálogo de consumidores de cine rojo, no para el país, sino para un público extranjero. Todos en el set parecen exhaustos y dispuestos a ir a descansar después de una larga noche y de ganar el pan con el sudor de su frente: se recoge la indumentaria, se apagan las luces y se quitan el maquillaje usado durante las grabaciones.

Andrea García, manizaleña de 26 años.

No sé por qué razón, ella, Andrea, que aún conserva ojeras, parece más inteligente en la entrevista. Se torna práctica a la hora de definir qué es el cine porno para ella. Dice cosas como “hay mucho trabajo. Hay mucha demanda. Se puede trabajar con cualquier tipo de personas. Lo más bonito es que se puede contactar mucha gente y trabajar con cualquiera, no importar como sea su físico”.

Habla como si la empresa fuera multinivel y de publicidad boca a boca, mientras mira a la cámara fijamente sin titubear y con una autoridad que se ha ganado después de siete años de bregar con películas que en Colombia han tenido oposición, especialmente de los porno fóbicos y grupos católicos.

Él, Cristian, que tiene cara de caballo y orejas tipo Kafka y que evidentemente su apellido no es colombiano, ni americano, sino parece más bien un homenaje a esos sementales italianos que salen en las películas porno, conserva un discurso más tajante, pues trata de desmitificar los tabús que se han formado en torno a la industria. Minimiza el asunto parafraseando teorías sexuales expuestas por Freud y hasta de Kinsey, sin saber si las dice a sabiendas o no. Sus palabras textuales son: “usted necesita del sexo. Lo que nosotros hacemos es recrear estas películas, porque son para deleitar sus fantasías. Es una necesidad que no podemos negar”.

Dice esto entre sonrisas nerviosas y el camarógrafo trata de concluir las frases que balbucea. Dice aquello para aumentar su autoconfianza y para disminuir la tensión que hay entre el público joven y adulto a la hora de hablar de sexo recreativo. No deja de moverse en la silla de gerente y se toma el dedo meñique con nerviosismo.

Cristian Cipriani. Venezolano de 28 años.

Sus movimientos no son azarosos, sino calculados para disminuir tensiones. Ya el escritor norteamericano David Foster Wallace había dicho con maestría que el típico productor de porno era realmente un hombrecillo feo con un tupé de mal gusto y un anillo en el meñique del tamaño de una pastilla de Rolaids.

Claro, Foster Wallace no era un escritor posmoderno, pero Cristian y Andrea sí lo son en el sentido de hacer cine porno en un país que aún vive una modernidad extraña que no franquea el tabú sexual, ni permite que otras formas de expresión cinematográficas se desarrollen.

De ahí que surja la reflexión sobre el estado de la industria pornográfica en Colombia, además de indagar si existe una como tal, o es un tema de poca monta sin posibilidad de futuro. Primero, ¿es este cine una forma de arte, o un mero concepto burdo de películas que aún se esconden tras bambalinas para evitar el escándalo?

Según ciertos antecedentes documentados por aficionados al género, desde 1940 el país tiene acceso al porno. En sus inicios eran películas softcore y solo eran accesibles para la clase alta de la capital.  La primicia del cine rojo en el país fue la película “Eroticon”, protagonizada por Nelly Moreno, una dama que fue luego Representante a la Cámara por Bogotá y que en la trama de la película representaba a una huérfana que es violada reiteradamente por su padre alcoholizado. Luego surgiría Gina Carrera, la primer pornstar colombiana, rubia, delgada y con pechos virginales, que grabó 197 películas en Estados Unidos (incluyendo algunas con el famoso Ron Jeremy), hasta que la adicción al bazuco la relegó a vender su cuerpo a dos pesos en las calles nocturnas de Bucaramanga.

A finales de los años 70 salió a circulación nacional la revista Sueca. Una de las publicaciones más populares de todo el país, desde el Cabo de la Vela en la Guajira, hasta Ipiales, en Nariño, con fotos porno a todo color.  Luego el Señor M (empresario porno de nombre anónimo) compró los derechos de autor de la editorial, y cambió el nombre de la publicación de Sueca a Privada, y tiempo después, viendo un floreciente nicho comercial, fundaría Eudamoenics Media, una productora independiente de cine rojo bogotano, con la que incursionó en el mundo de los videos pornográficos.

En la capital paisa, el exjefe de prensa de Pablo Escobar, Edgar Escobar, apodado “El poeta”, fundó la primera productora de cine porno llamada “Trópico Producciones”. Para evitar invertir en doblajes o subtítulos, daban a los actores clases de inglés. Hasta su captura en 1993 acusado de narcotráfico, había filmado 170 películas con títulos como “El jardín del amor”, “Cuerpo de fuego”, “Aroma de sexo”, “Juegos ardientes”. Además de revistas como E.E, Poker, Cuerpos y otras.

Otro productor independiente, con cara de niño y cuerpo de elefante, Marco Aurelio Posada, apodado “Michael Spring Danger”, grabó películas en formato casero, como “La catedral”, “Comidita de un culito al escondido”. “Espíritus en la obra”, “Lavado anal” y “¿Qué problemita no? Luego, en el 2001, por extrañas circunstancias apareció muerto en su video tienda con dos disparos de 9 milímetros en su cabeza. Antes de su muerte alcanzó a fundar la MSD producciones, que no son las siglas de su apodo, sino: Minuendo, Sustraendo, Diferendo.

Y una de las actrices de reparto de Michael Spring Danger, Kelly Spring Danger, en 2006 grabó la película Fantasías con un presupuesto de casi 30 millones de pesos para su producción. Quedando registrada como la película triple equis más cara de la historia de Colombia.

En Cali, la capital de la salsa, se fundó Cali Sex, por Gustavo Castaño, un hombre que se convirtió en empresario de la industria al comprar derechos de autor de la productora norteamericana VIVID Entertainment, para reproducirlas en su video tienda.  Produjo films titulados: Lujuria en la finca de mi mamá, Un largo y ardiente deseo, Sexo Rumba y sabor, Sexo en Pance y Los cachones. Se retiró de la industria para filmar videoclips musicales.

Así es que, con este antecedente, llegamos hasta Cristian Cipriani y Andrea García, la pareja de paisas de corazón que maneja una empresa de porno llamada 17/26 producciones y que, según sus críticos, se dan mucho aire de importancia porque trabajan con Penthouse y Bangbros, además de alegar que trabajan con prostitutas bajo una modalidad llamada casting: videos de 15 minutos que venden a Estados Unidos y Europa.

Sin embargo, estos dos jóvenes productores no se vienen a cuentos ya que parecen tener una idea acertada del negocio, cámaras y personas, y están dispuestos a resucitar un género de cine que, aunque apreciado por un gran número de adeptos, es ignorado dentro de una cultura que no es dada a comprar sexo por internet vía tarjeta de crédito, sino pirateado en las calles capitalinas. Su más reciente reto es llevar a la pantalla del cine rojo la historia de Dania Suarez y su relación con un agente del Servicio Secreto de Estados Unidos.

Su amistad con Nacho Vidal les ha dado un realce significativo como productores. El pornostar español, ex esposo de Diosa Canales, y ahora esposo de la colombiana Franceska Jaimes, estuvo recientemente en nuestro país hablando bien de la productora de los dos paisas y entre otras cosas promocionando una crema llamada Sapo Bufo Alvarius que promete liberar a las personas de su drogodependencia.

Pero Nacho Vidal no es la única estrella porno que ha visitado Colombia, también ha venido por estos lugares Pacino Adventures, el actor con aire de italiano pero que es más gringo que Mac Donald´s, haciendo turismo sexual, especialmente en el departamento del Quindío; y recientemente en Cartagena pasaron inadvertidas Alexis Texas, Nikki Benz y Jesse Jane, quienes celebraban el cumpleaños de esta última, entre arena, sol, playa y cocaína.

Al contrario de 17/26 producciones, que mayormente graban a puerta cerrada (aunque poco a poco van grabando en ambientes abiertos), la productora “Culioneros” tuvo sus 15 minutos de escándalo. El género subterráneo subió a la superficie cuando las noticias nacionales despertaron la indignación del público al denunciar que había un par de actores porno teniendo sexo en lugares emblemáticos del país.

El escándalo comenzó con las escenas en la estación de Bomberos en Puerto Colombia, cerca de Barranquilla; luego en Bocagrande, Cartagena; de ahí el castillo de San Felipe y posteriormente en el Estadio Pascual Guerrero de Cali. Sin embargo, siguen grabando a sus anchas en otros monumentos y lugares públicos conocidos, y después de un tiempo todo ha vuelto a la normalidad, como cualquier noticia sensacional.

Ahora, en la creciente industria del porno en Colombia,  hay varias pornstar famosas y desconocidas en el país (con justa razón, por el matoneo y el estigma de la moral), como Lupe Fuentes (Cali), Joha Gálvez (Pereira), Melanie Ríos (Medellín), Luisa Daniels (Bogotá), entre otras; y la estrella porno más mediática, la caldense Esperanza Gómez, que levantó polvo (literal y no literal) entre los aficionados al género. Ella grabó un capítulo con el Youtuber de 40 Daniel Samper, y que incluso puso entredicho la moral del ministro de Agricultura Aurelio Iragorri, quien coqueteó con ella vía Twitter.  

Esperanza Gómez. 13 de mayo de 1983 (edad 34 años), Belalcázar, Colombia

La historia del porno en Colombia aun está por narrarse, ya que es una industria joven que se abre paso en un país hermético y conservador en la superficie, pero con una doble moral en la base.  Queda entonces abierto el debate si acaso esta forma de hacer cine es una especie de arte, o, como dijo el crítico Kenneth Tynan, todo lo que resulte atractivo a los genitales pertenece a otra categoría, la de los masajes.