La velocidad nos hace cometer errores. Nos impide investigar. Nos obliga a escribir las historias sin haber logrado reunir toda la información. Sin haber escuchado a todas las partes involucradas en un conflicto. En un país como Colombia, con un conflicto social y armado tan complejo y tan largo en el tiempo, la velocidad es casi siempre uno de los peores obstáculos para encontrar la verdad, razón de ser de nuestro trabajo.

Juan José Hoyos ha sido periodista desde los 20 años de edad y durante más de 20 años estuvo vinculado a la Universidad de Antioquia como docente y editor de la editorial de esa universidad.

Por: Juan José Hoyos*

Cuando hablo con un compañero sobrecargado de trabajo, que trata de hacer malabares para responder a tiempo ante su editor por las noticias que tiene que cubrir a lo largo de su jornada de sesenta horas a la semana, y mientras conversamos repica su teléfono móvil y trata de localizar en su grabadora un fragmento de una entrevista porque se acerca la hora del cierre de edición, yo me pregunto: ¿vale la pena?

Cuando hablo con una amiga periodista que gasta ochenta horas de su vida cada semana trabajando en un programa de televisión y, en medio del ruido de la música digitalizada de su teléfono portátil que suena cada dos o tres minutos, me cuenta que no ha salido con nadie en un año porque no tiene tiempo; y luego me dice que ha comprado un apartamento… un hogar que no es hogar de nadie, donde la única cosa que falta es la familia, yo me pregunto: ¿vale la pena?

Cuando hablo con un colega que está físicamente sin aliento, cansado de viajar y de no ver a sus hijos —esos pobres muchachos a los que damos lo poco que nos queda después de que el trabajo se lleva lo mejor de nosotros—, y a punto de un colapso emocional por la sobrecarga de trabajo, el estrés y la velocidad, yo me pregunto: ¿vale la pena?

Entonces pienso: somos trabajadores de la información en una sociedad que se ha autonombrado sociedad de la información… ¡Y a veces no nos queda tiempo ni siquiera para leer el periódico o ver el noticiero de televisión!

Pasamos más de la mitad de nuestras vidas en medio de computadores, módems, teléfonos, discos duros, líneas de transmisión de datos, cierres de edición, teclados, comandos de Word para Windows. Vivimos en una época y trabajamos en una profesión que ha endiosado la velocidad y al instante como los valores más altos. Yo me pregunto: ¿vale la pena?

Nuestro trabajo diario está lleno de verdades frágiles que casi nunca sobreviven más de un día. Pensamos que conocemos muchos lugares y mucha gente porque hemos viajado a muchas partes. Al final comprendemos que solo hemos conocido ascensores, pasillos y habitaciones de hoteles, salas de espera de aeropuertos, restaurantes, estadios y auditorios donde se realizan congresos, partidos de fútbol y ruedas de prensa.

Carlos Sánchez, un periodista dedicado a caminar despacio nuestra ciudad y nuestros países, dice que en un avión se llega más rápido, pero a pie siempre se va más lejos. Yo estoy de acuerdo. Y pienso: casi todos los periodistas que hemos trabajado cubriendo las noticias de cada día, sabemos que mayor velocidad en la información no significa necesariamente mayor calidad. La velocidad nos hace cometer errores. Nos impide investigar. Nos obliga a escribir las historias sin haber logrado reunir toda la información. Sin haber escuchado a todas las partes involucradas en un conflicto. En un país como Colombia, con un conflicto social y armado tan complejo y tan largo en el tiempo, la velocidad es casi siempre uno de los peores obstáculos para encontrar la verdad, razón de ser de nuestro trabajo. La velocidad nos hace informar de la matanza de hoy olvidando la de ayer. La velocidad nos impide comprender lo que los historiadores llaman la larga duración, una forma de ver la sociedad y el tiempo sin la cual hoy es casi imposible entender lo que sucede a nuestro alrededor. […]

*Fragmento de El eco de las cosas, pp. 238-240. Editorial Universidad de Antioquia, 2018