Título: Carne para caníbales

Autor: Wilmar Ospina Mondragón

Editorial: Libros de la vorágine inédita editorial.

Publicado: 2018-09-21

Número de páginas: 184

 

Por Miguelángel Cardona Hernández

Esta novela, la primera del escritor Wilmar Ospina Mondragón, nos narra una historia situada en su ciudad natal, Pereira. En ella se vale de su narrativa para contarnos lo que sucede con los personajes allí plasmados: un portero de edificio con profundas preocupaciones existenciales; un profesor universitario de literatura con rasgos muy determinantes; una gerente editorial con un fatal devenir, entre otros elementos que hacen muy llamativo este texto.

Y no solo nos habla de esto, sino que nos cuenta la historia de Pereira, desde datos mínimos ya prácticamente olvidados del banco de datos colectivo de sus habitantes, hasta casi una reconstrucción ‘mítica’ de la ciudad y algunos de sus sectores.

En su novela, Wilmar Ospina Mondragón ha dejado en su obra las formas que ha decidido –por voluntad intelectual– para construir su texto. Un escrito sin lugar a dudas pulcro, con una narrativa bien cuidada según parámetros que, es probable, se ha impuesto en la realización de su carrera.

El pereirano ha realizado lo que en el mundo de las apuestas conocemos como all in. Un escritor con el talante académico y literario como el de él, es sin duda consciente del deslinde que intenta realizar con la novela como la conocemos. Una historia fragmentada en cinco personajes (incluyendo a Pereira como uno de ellos) que deja entre párrafos diferentes perspectivas de mundo con la excusa de los mismos personajes.

Los nombres de las figuras de la historia generan ciertas intrigas; nombres no muy comunes en la región. Genaro Estepa, Karina Lagos, por ejemplo, resultan llamativos para una novela que quiere ser también llamativa en su totalidad para el público.

Resulta sólida la forma en la que Wilmar realiza la transición narrativa en cuanto a la historia de los personajes, materializando la fatídica confluencia del final. Y es que hasta ese momento no nos había permitido ver mucho más que simples relaciones –quizás en forma de indicios– aparentemente sin mucha significación.

En la primera parte de la novela, con el personaje que se desempeña como portero de un edificio, Eusebio, pareciera que el autor nos quiere poner sobre la mesa las reglas del juego, cuál será el tinte de su novela, y como bien dice la tapa trasera del libro: Esta novela no es querendona, puede ser trasnochadora; no es morena, es novela negra, aunque hasta mucho después no podamos sospechar lo que sobrevendrá.

En estos primeros momentos de la narración podemos ver preocupaciones bastante existenciales que rodean al personaje, primero, aunque los soliloquios que este realice difícilmente los situemos de manera verosímil en personajes de estas características; así ocurre en casi todos los roles de la novela, rasgo que mencionaré más adelante.

Posteriormente tendremos a Genaro Estepa, un académico con una personalidad arrolladora, tanto en su salón de clase como en sus diálogos personales, resulta mordaz y con un actuar avasallador. Un sujeto seductor a pesar de la edad, que a las mujeres les resulta casi siempre atractivo y encantador. Un amante de la literatura, que la pone por encima de todo. Este personaje creado por Wilmar reconoce el poder de los libros al punto de determinar por ellos su actuar temerario.

Luego Karina Lagos, una despampanante gerente editorial, con un –según se mire– reprochable actuar pasional, que se verá inmiscuida en un suceso atroz que dejará al lector sorprendido.

Por último, tendremos a la secretaria de la gerente, Edith Salinas, que ha sido en realidad más una excusa para realizar la conjugación de la historia en donde ganan sentido las relaciones establecidas por el autor a lo largo de los sucesos. Como también lo son los funcionarios del CTI que cobran vida en la novela, materializadores del esclarecimiento de la narración y sus intrigas.

Wilmar Ospina Mondragón. Fotografía / Twitter del autor @wilmar12101

Es aquí donde quiero resaltar que Wilmar ha realizado unos detalles de relojería, creando relaciones intertextuales explícitas con otras grandes novelas. Artilugios narrativos que le imprimen unos rasgos muy finos a la estructura que, sin duda gustará al lector, como también lo invitará a esas lecturas con que se referencia la novela.

Aunque después el público se encuentre con una jugarreta borgiana, al darse cuenta de que solo El Túnel de Ernesto Sábato es referencia literaria real, las otras dos son producción novelística del autor de Carne para caníbales.

Pero a través de toda la historia, Pereira juega un papel importante. Es un personaje más, como lo mencioné antes. Es aquí donde quisiera abordar ciertos rasgos de Carne para caníbales, que a ojos de los lectores juiciosos pueden generar suspicacias.

Pereira es la geografía de esta novela, un lugar que no es elegido producto del azar. La ciudad aquí es un eje fundamental, casi otro personaje, que el autor desarrolla en su ambiciosa apuesta, con cuidado y meticulosidad en el detalle, de un modo –creería yo– virtuoso.

Entre sucesos, Pereira se convierte en el tema por el cual se valdrá de la historia para darle dinamismo y ritmo a la narración. Como mencionamos en el primer párrafo, desde detalles mínimos casi olvidados, que alguna vez tuvieron lugar en esta ciudad –que al igual que nosotros se reconstruye a cada instante– hasta el relato casi “mítico” del levantamiento de esta urbe que tiene poco más de siglo y medio de vida.

Quien ha vivido en Pereira sentirá esa correspondencia con este texto. Es muy interesante que autores de la ciudad tengan esa preocupación por hacer de Pereira un elemento clave de sus obras, me remito a Rigoberto Gil con Plop o a Alan González con Máquina triste. Autores que entre líneas nos ponen a deambular por las calles de Pereira, y esto, quizás, como una manera de llamar a los lectores de una vez por todas. No es menos interesante que autores comprometidos con su producción literaria y con su papel en el ámbito cultural en la ciudad, lleven a los ciudadanos a reconocerse en sus obras y se vean reflejados allí.

De acuerdo con lo anterior, debo decir que es quizá el logro más representativo de esta obra, que, aunque no es el único, me conduce entonces de manera ineludible a la forma en sí como Wilmar construyó su novela.

Quizá en su pretensión por apartarse de la contemporaneidad novelística que lo atañe, se ha volcado con obstinación –aunque con voluntad– en una construcción lingüística que me traslada posiblemente a una tradición literaria un poco más clásica, esa donde la exuberancia en la dicción era una característica imprescindible.

Wilmar en su condición de académico (Magister en lingüística), deja vislumbrar los vestigios de su carrera y de sus publicaciones anteriores: ensayos en su mayoría.

Y según se juzgue, lo anterior puede resultar cuestionable, puesto que el escritor no nos deja dudas de su capacidad lingüística y escritural, pero es probable que se haya excedido, puesto que es difícil encontrar una diferencia entre los rasgos del narrador y los personajes, es decir, entre narración y diálogos se maneja casi un mismo estilo: exuberante, concienzudo, escrupuloso.

Les ha quitado identidad los personajes, los ha dejado huérfanos de ideología, de forma de ser, aquello que no se dice que lo tienen, pero el lector lo puede descubrir por la manera en que los mismos personajes se expresan.

Aquí se puede generar una dicotomía al momento de juicio sobre este asunto, porque lingüísticamente esta obra ha requerido el cuidado y la maestría del escritor, y ha tenido como resultado un lenguaje metafórico bien construido, un léxico que denota virtud, una narrativa bien calculada que alternada entre historia de personajes y de la ciudad, que le imprime un ritmo atractivo; pero, el imponderable ‘pero’ que no se puede eludir, ¿esta obra va dirigida al público general?

Aunque no sea yo quien vaya a responder la pregunta con que cierro el párrafo anterior, debo decir que el equívoco o acierto en las decisiones a la hora de construir la novela, es algo que no tendría mucha trascendencia, pues es esta la primera publicación novelística de Wilmar Ospina Mondragón, y no debe ser su aspiración, ni mucho menos obligación tener un debut exitoso.

Lo que sí es evidente es un trabajo de fondo, tanto en lo intelectual como lo material en cuanto a la obra, que no dejará indiferente a quien la lea, y que sin duda estará en el radar literario de la región y el país, con esta y con sus obras venideras.