Así, tan solo nombrando algunas voces con rostro y alma, podemos sondear el estado del arte escritural en Pereira. Somos café, sí, lo somos; somos mujeres bellas, por supuesto, hay más desnudos artísticos que filósofos; sí, claro, sin embargo, en letras actuales también hay una representación nueva, que habla, expresa, imagina, recrea, despierta…

 

 

Por: Diego Firmiano

Hay que darle un crédito al estado del arte escritural en Pereira y es, a las nuevas voces emergentes que están representando, primero, al espíritu de las letras universales que está dando una altitud literaria a nuestra ciudad y segundo, el respeto por la tradición departamental de la poesía y la narrativa y la creatividad para formar mundos textuales llenos de evocación, sentimiento, espíritu y realidad.

Nuevas voces pueden significar nuevos rostros; sin embargo, una voz puede ser un instrumento humano, o un medio, como la editorial ediciones sin nombre, el Festival Luna de Locos, ediciones Cine Club Borges o la fundación Portafolio Cultural, entre demás medios por los cuales se están dando a conocer expresiones artísticas riquísimas, que en esencia son nuestra herencia y destino como ciudad.  

Así, entonces, resaltando algunas personas (huelga decir, que hay más, muchas más novedades y talentos locales) en el contexto del siglo XXI, la poesía, tan tradicional en el eje cafetero, levanta su voz, con una joven promesa de las letras, y es el santarrosano Alejandro Velásquez León (1987), hombre de carácter silente, enamorado de los versos sonoros y gráficos, que arranca de lo profundo de su entorno y carácter. Una persona detrás de las cortinas del stablishment literario de la ciudad, pero que los focos de atención centrados en su obra van iluminando el corpus poético de su trabajo. Formador de almas por profesión de docente, se hizo merecedor de un premio por parte de la tertulia literaria de Gloria Luz Gutiérrez, uno de los certámenes más importantes de la capital, demostrando que, como región cafetera, aún hay mucho olor a jacaranda para extasiar poéticamente al país.

Elogiado con justicia por la crítica cafetera como uno de los nuevos representantes de la prosa local, y no es para menos, ya que sus letras hablan por si mismo. 

 

Orilla

“Allí termina el mundo…

y lo que empieza,

carece de tendencias y definiciones.

 Es más bien

un paisaje de nubes

como un guadual bajo la lluvia

como un pájaro redondo,

como un tapir.

 Y en el fondo

un azul que no puede irse,

una prisión que ya no huye,

un darle la espalda a todo.

 Allí termina el mundo…

lo que sigue,

basta nombrarlo para que exista”

 (Alejandro Velásquez León. 2016. Orilla)

 

 

 

Y, ¿quién tiene el privilegio de tener un nombre y apellido que parece sacado de una literatura europea? El destino bajo el poeta local de Hernán Mallama Roux (1973), un valluno-cafetero que arranca versos poéticos a priori, tomando por las orejas el conejo que se esconde detrás de la luna. La vida se ralentiza al posar los ojos sobre su obra no hubo tiempo para la inmortalidad (2017). Somos finitos con una bella finitud. De ahí, que cada composición de Hernán Mallama Roux sea una invitación dionisiaca a ver las cosas con emoción, vivir con intensidad esta prórroga de tiempo asignada, y entender que las cosas periféricas son complementarias para existir.  

Sin embargo, el autor no solo ilumina con antorcha el espíritu de los pereiranos y la aldea global, sino que educa la mente con los sabios conocimientos docentes en los que se desenvuelve. Todos deberíamos ser niños como sus alumnos, y al profundizar en su trabajo escritural, comprendemos que lo somos en la medida en que comprendemos la vida tan poco, que se hace necesario navegar por el Estigia de su prosa. 

 

Por la esquina la vida

“Por la esquina una sombra florece despacio entre los andenes, arrastra la urgencia del hambre. Su sangre es un inquilino moroso que resiste la rutina. Quema en la voz el frío, trepa el miedo hasta las rodillas. Como una hoja otro cuerpo tiembla, suplica a la luz que abra sus parpados, su fragilidad es un grito líquido. La silueta observa, se ondula, busca un rincón para hundirse en sus propias perplejidades. En la calle, todas las sombras son el mismo misterio, el mismo hombre alargado. Nada y todo a la vez”

 (Hernán Mallama Roux. 2017. No hubo tiempo para la inmortalidad. Caza de libros)

 

En narrativa, no es menos destacable que jóvenes como Camilo Alzate estén inmersos en esos retratos literarios de ambiente social que trata de situaciones concretas. Textos de no-ficción, construidos de tal manera que acercan al lector de espíritu con una conciencia real de personas que actúan, sienten, pasan situaciones, que, de otra forma, pasarían inadvertidas, sino fuera por la maestría de sus narraciones. No se descarta la influencia de escritores de gran talla nacional como Juan José Hoyos, Alberto Salcedo Ramos o Juanita Román, con la salvedad, de que cada estilo difiere de otro por el contexto y la mirada aguda del receptor.

Camilo tiene ojo de jíbaro, para usar esa frase de Mario Armando Valencia y como tal se nos presenta en la escena pereirana, no solo observando, sino siendo una voz local que habla lo que interesa y necesita saber el lector culto y sensible. Su última obra, en tripleta con el fotógrafo experimental Rodrigo Grajales y el narrador Julián Arias, es Monte Arriba (2017). Entrar en ella, es viajar por esos parajes que la ciudad oculta. Subir a ella es descubrir un monte alto de vivencias para la posteridad.

 

El matorral que arde

“Leopoldina Tapasco no recuerda si oyó los pájaros aquel viernes, el primero de septiembre del año 2000. Recuerda, sí, que en su finca llevaban un par de días sin energía eléctrica, aunque fuera de lo más normal en la época y nadie presagiara qué iba a ocurrir después del mediodía. Leopoldina —Pola, como le llaman por cariño— cree haber visto esa tarde al teniente coronel Jorge Eduardo Sánchez. Cree que él se detuvo, como acostumbraba, al frente de su casa de bahareque y amplios corredores, la última antes de la selva al fondo del cañón del río Taibá, hundida entre los cerros Tatamá y Montezuma. El coronel Sánchez siempre paraba a regalar dulces a los niños, a impartir órdenes a los soldados, luego proseguía hacia la punta del cerro Montezuma”.

(Camilo Alzate. 2017. Monte Arriba)

 

Y si de revelaciones y voces gestuales se trata, Diego Alexander Vélez Quiroz (1987) surge como la crema que saboriza la narrativa local. Es conocida su formación académica, aunque sin ambages hay que afirmar que más que letra, es la afirmación de una literatura de ambientes plurales. La conexión de ciudades hermanas por destino o tragedia, costumbres o virtudes en su obra Después el aire (2016) es una mareta que encuentra su afirmación en el sosiego de un puerto, un parque, una metrópoli o un campo verde lleno de mariposas. Desde un aparente solipsismo recrea situaciones generales para superar el encierro al que nos somete la razón. Imaginar es más que una plataforma para existir, así frente el primer paso en sus textos, nos encontramos en un laberinto lleno de giros, pero entrando más y más se logra descifrar el misterio de los vericuetos existenciales a los que está arrojado el hombre. Sus personajes ideados gravitan en un movimiento de sentido, y al hacerlo crean caminos, caminos que son múltiples destinos hacia algún lugar. Cada paso es una huella indeleble por la vida, y Diego Alexander Vélez Quiroz se encarga, como un antropólogo del imaginario, de mostrarnos cada intención y cada marca registrada en las grandes urbes.

 

Para llegar a un puerto

“Casi he llegado a puerto.

Después de un largo viaje,

de navegar sin rumbo, sin cartas y sin brújula,

hoy he visto de nuevo la orilla que me aguarda.  

Llego sin tripulantes. 

Soy solo yo, capitán y vigía de mi nave cansada,

esta nave que un día, un día ya remoto,

se dio a la mar con ansias de embriagarse del mundo

y vagar con las olas en aguas cuyo nombre

no ha sido pronunciado (secretamente,

tenía la certeza de que incluso las olas,

un día con buen viento, llegan hasta la costa).  

Casi he llegado a puerto,

tan solo me hace falta fijar el rumbo exacto,

encontrar un motivo y echar por fin las anclas. 

Tan solo necesito una palabra, para llegar a puerto una palabra,

dime tu nombre, esa palabra exacta,

y mi navío, te lo prometo, se anclará cada noche en tu orilla,

en tu cuerpo.  

Tan solo necesito una palabra, para llegar a puerto una palabra,

Dime tu nombre”. 

(Diego Alexander Vélez Quiroz. 2016)

 

Y este hilo conductual, hay que ser muy cauteloso de no quedar por fuera de la maraña de la genial narrativa que nos envuelve en la ciudad. Y por ello, me refiero a Hilo de Araña (2016) del escritor pereirano José Hoyos (1939).  Libro pesado con mis manos y repensado con mi espíritu, es un baño refrescante que sacude el marasmo de la imaginación. No solo por el premio logrado el año pasado, sino por la intensidad irónica, la lucidez y la economía de palabras que puede crear un mundo de historias que atrapan en cualquier contexto.

La realidad es dura, si, pero si dejamos que la araña textual nos envuelva, seremos presa de otra realidad mejor, la de vivir y morir sabiendo, que otros han vivido o imaginado lo que José Hoyos nos presenta en su libro. O hay que ser un dios, un ángel, o un firmiano, para descubrir lo que se oculta detrás de las intenciones humanas. No sé si con lupa o con un sentido intuitivo, el autor ha conseguido plasmar escenas y diálogos hilarantes que, desde la entrada, hasta las 116 páginas de su obra, logran conectar a un lector con una situación. Ahí está pues, una voz que habla, esperando ser oída, por los que están aturdidos con sirenas, pitos, gritos y silencios que inundan nuestra ciudad.

 

Hilo de Araña

“Camino al trabajo Julio pasa frente a una casa desvencijada llena de telarañas y la distracción consigue darle un porrazo en la cabeza porque estos tejidos le recuerdan claritas las palabras de Walter. Una vez el loco bueno de Walter vino con el cuento de que la resistencia inadvertida del hilo de araña era igual a la del acero templado… rompo el hilo cada vez que lo ceo como una comprobación de lo embustero que es Walter. Creo que lo que quiso fue soltar una de sus metáforas habituales, locuras con las que salen los poetas…

(José Hoyos. Hilo de Araña. 2016. Colección de escritores pereiranos)

 

Mapa con abejas y tambor (2016). ¿Pero qué se trae entre manos este título, aparte de que las abejas están muriendo y los tambores ya no suenan? Jáiber Ladino Guapacha (1984), el autor quinchiano, se encarga de llevar al lector por un mundo de aventuras, gracias a su personaje de Mauricio que posee un mapa y una idea de un tesoro. El ambiente de danza, coreografía y una cultura andina de fondo, es lo que el libro pretende musicalizar con su narrativa. Lo lineal de estos nueve cuentos, hay que descubrirlo en un mundo de pensamientos vírgenes, transgredidos por el convencimiento de que es necesaria la aventura para vivir. Así como el tiempo instruye a las abejas para fabricar miel, Jáiber Ladino Guapacha, toma dos años para confeccionar los acordes, la trama, el tam tam de los tambores, que resuenan con esta magnífica obra. No hay que salir de casa para explorar otros contextos y oír sonidos peculiares que evocan tiempos pretéritos, cuando el hombre de extasiaba con la música o se embriagaba con la sed de aventura. Mapa con abejas y tambor, anuncia como un grito de victoria, que se puede decir mucho, con mucha imaginación y sonido.

 

¿Aronde me meto yo?

“Ahora tengo 21 años y no he empezado la universidad. Eso me preocupa, mis padres y m familia me quieren profesional. Ellos dicen que si la danza es lo mío, pues que no hay problema, que ellos me apoyan, me pagan la carrera, pero eso si, bailarín con título, con diploma universitario. Formación autodidacta, muy bueno, pero mientras no tenga un certificado que la avale, no podré soñar en grande. Yo espero presentarme para la certificación de competencias que viene haciendo el SENA. Muy chévere ir a la academia por las puertas que se abre uno, por la técnica, por la investigación, por estar al lado de los maestros. Juanté me dijo, en el hospital, que después de graduarme me viniera con él a trabajar en la investigación que adelantaba en San Antonio de Paredes, que de ahí mirábamos como subía a estudiar a Armenia. Pero mientras yo recibía mi cartón de bachiller, él entregaba su alma, me dien, mirando a través de las ventanas el alumbrado del 7 de diciembre”.

“cada coreografía es un mapa del tesoro”

(Jáiber Ladino Guapacha. 2016. Mapas con abeja y tambor.)

 

En esta línea, el joven poeta Alan González (1987), voz distinguida por su narrativa y sus rimas enraizadas en el sentimiento de ciudad, de encuentros furtivos con las penas, el éxtasis de la vida, surge desde las tablas y las hojas, elementos sobresalientes de su actividad cultural. ¿Qué persigue Alan González en su obra? Espectros, seres anónimos, sombras que se escapan, fantasmas que revoletean alrededor de sus ojos, en los cuales cree ver la eterna cadena de los seres urbanos. Su libro Anónimos (2012) no fue visto de otra maravillosa forma.  Su última obra Noche en tu silencio (2017).  Un poemario que es todo un cosmos rapsódico encandilado por un espíritu emancipado de las cosas que rodean al autor. Unos cuantos versos explican mejor ese objetivo espiritual al que aspira.

 

Noche en tu silencio

“Reflejos,

Ventanas,

Y sobre los tejados

Gatos, ropas tendidas,

Entretejidos los cables y las líneas del verso.

Otro maullido,

Tantos árboles y tanta gente

En las calles ciegas donde solo llegan las balas

O varados en los cafés, en los bares

Encerrados en sus colmenas del delito

Son luceritos colgando de la ventana,

Bien, viento y delirio.

(Alan González. 2017. Anónimos. Noche en tu silencio)

 

En Carolina Hidalgo (1986), caldense de cuna, pero pereirana por vocación, su poesía es un juego lúdico. Odas a la naturaleza, loas a la sensibilidad del entorno en el cual se desenvuelve con emoción. Y también su obra son retratos de cuerpos que piensan y se mueven para poder existir en su círculo. ¿cómo saber qué es un espíritu sin conocer el cuerpo? La vida, la muerte, la inmortalidad, Dios, las preguntas, el éter son algunos achispos existenciales, de esta mujer soñadora por instinto, que deja en cada verso una parte de su feminidad, su infancia, los sueños recreados que no se dejan aprisionar por las formas grises de las urbes. Quienes tienen contacto con sus poemas, no puede dejar de asimilar el frenesí táctil de la otrora poesía antioqueña, tan ligada a lo cotidiano y a los avatares de la vida. Una mirada panorámica a sus textos habla más que una descripción. Un solo verso puede encerrar una tragedia o una ensoñación, o mejor, es una casa iluminada que de par en par arroja luz por doquier.

 

Reino

“Si esto es.  Descubrirse ficción.

Ella se queda en casa, cocina colaciones o reparte carteles de propaganda. 

Una versión de ciudad.

Escribe historias sobre el universo

Vórtice tejido par el día que esto sucediera. 

Ofrendó la tinta del sentido corazón

Soltó el hilo que le lleva a la cueva del minotauro

Para declararse mujer libre.  Poeta.

 Ha mutado de poemas con un fondo de agua.

No necesitó ser una princesa carnada, en ello,

Algo de transparencia. 

Soberana, y feliz de tener reino en la fantasía

Hermana de los sueños que solo alcanzan los valientes. 

Suelto los hilos convendría danzar en la punta de los dedos

Apenar tocar el suelo,

Cantar a coro abierto:

¡pureza ¡ 

Aun saltos de cascada

Aun ojos de pantera

La brisa sigue fluida” 

(Carolina Hidalgo. 2014. Poemas con un fondo de agua. Corporación Cine Club Borges)

 

Así, tan solo nombrando algunas voces con rostro y alma, podemos sondear el estado del arte escritural en Pereira. Somos café, sí, lo somos; somos mujeres bellas, por supuesto, hay más desnudos artísticos que filósofos, sí, claro; sin embargo, en letras actuales también hay una representación nueva, que habla, expresa, imagina, recrea, despierta, además de dejar el nombre de la ciudad en alto, en materia de producciones nada envidiables a otras regiones del país. Viva Pereira, vivan las nuevas narrativas locales que se abren camino y no trocha, en el mundo literario de la nación. Enhorabuena.