Lo curioso de estos dolores bajos es que un sentido innato parece llevarme a querer aquello, pues cada vez que intento buscar algo de placer, terminó agazapado en mi cuarto oscuro, retorciéndome de dolor agudo y maldiciendo mis deseos.

Por: Diego Firmiano

Ayer vomité. El doctor me dijo que la causa era haber comido ligero y me recetó mentas de mercurio y pastillas de melano (miel con ajo y Noxil, que es un derivado del fármaco 581) que debía chupar cuando sintiera náuseas. «Tienen un sabor neutro, le gustarán»; lo miré de soslayo y confié en sus palabras, como en las de un predicador.

He pensado si quizá he adquirido alguna resistencia a los condimentos o mi cuerpo se ha vuelto intolerante al pescado o la lactosa. Me acongoja pensar que quizá pueda estar gravemente enfermo, porque ¿qué es un hombre enfermo? Simplemente un convaleciente para la familia, un paciente para el hospital y un marido disfuncional.  

Cuando Melisa me ve triste, se alarma, pues intuye lo peor, y me dice: “Joel, chupa mercurio” y recuerdo que llevó las mentas en un envase de tic tac y sacó una con delicadeza y la introduzco en la boca. Al instante siento alivio. Como una frescura debajo del vientre, donde comienza las contracciones y los intentos de arcadas. Luego tomó un refresco de lima con hielo.

No sé por qué el empeño en encerrarme entre tanta ropa como si fuera a pescar un resfriado. Cuando hace demasiado calor quiero salir sin importar el qué dirán, pero me aconsejan que no es prudente. Que la gente se horrorizaría verme tan mondo y lirondo en la calle sin ningún recato. Pienso en estas libertades, pero los dolores internos no me dejan reflexionar más. Es como si tomaran esos vecinos cercanos, los testículos, y les aplicarán electrochoque. Recuerdo que los romanos se tomaban sus genitales y así testificaban; después cambiaron esto y decidieron que era suficiente con poner la mano encima de una biblia.

Lo curioso de estos dolores bajos es que un sentido innato parece llevarme a querer aquello, pues cada vez que intento buscar algo de placer, terminó agazapado en mi cuarto oscuro, retorciéndome de dolor agudo y maldiciendo mis deseos.  Leí ayer: “el deseo es un instinto de autodestrucción”. Maldito Bauman. Profeta de caverna. ¿Sabía él que me es inevitable que vomite cada vez que veo una caverna?

El divino Platón nos dejó encerrados en oscuridades al enseñar que la cueva proyecta sombras que no son reales, pero que tomamos como verdaderas.  Lo que él sabía de mujeres lo había aprendido de los hombres. No hay nada más que decir. O pensamos que el pleroma era un mundo etéreo que goteaba ideas. No, el asunto es fálico y de carácter seminal.

De igual forma, cuando veo una abertura, siento que debo desahogar mi furia interna. No pienso en mi forma de mamoncillo, redonda como los círculos arquimedianos y que puedo implosionar como una estrella que nace. Melisa me ve inquieto de nuevo en mis silencios. Toma un vaso de agua y pone encima de la mesa de noche las pastillas de melano. Ella sabe de esos horarios para el medicamento. Deja una nota antes de irse para el trabajo: «Querido Joel, si sientes inquietud, chupa melano, seguro te sentirás mejor». No comprendo por qué tanta atención.

Con ella puedo ser lo que quiera. Y gracias a Dios puedo responderle sin remilgos. Sé que no necesita otro cuerpo circular ya que está decidida a estar conmigo hasta el final, hasta que desaparezca de esta masculinidad, o hasta que me extirpen y mi testosterona se vuelva loca y se esparza por cualquier músculo.

Las electricidades internas me matan. Soy reacio a la medicina, porque aprendí a desconfiar de los médicos, especialmente de los urólogos. Melisa se ofreció hacerme el test manual, aduciendo que quería acariciarme, posar su mano para saber mi estado. Al principio me rehusé. Juzgué que mi masculinidad se vería entredicha. Pero terminó convenciéndome que su dedo era el dedo de la virgen. Y una virgen de sangre caliente es amorosa y no podría hacer algún daño. ¿Quién cree que medía la salud prostática del Rey David? Pues las vírgenes que lo abrigaban en su lecho de viejo.

Citando la historia bíblica me convenció. Un dedo virgen, introducido con fe, podía producir un milagro en mi interior. Así evitaría vomitar con tanto dolor y lanzaría esas pastillas de mercurio y melano a la basura. Pero antes pensé sobre quién haría tal examen al rey Salomón. ¿Él mismo o la reina de Saba? Cerré mi mente ante la idea de un dedo huesudo y negro.

Mientras pensaba en este disparate histórico, Melisa enjuagaba sus manos en alcohol, y alistaba una mesa para mi mejor comodidad. ¿Es que quiere acaso jugar al médico y yo al paciente? Bastante teatro somos los dos.

Vacilé. Vacilé. ¿Tocarme la luna o el sol interior? En mis 54 años jamás lo había pensado. Quería tocar la luna como Li-Po, o alcanzar el sol como Ícaro, pero que me toquen, que entren a mi caverna a explorar mi forma esférica. Eso sería un acontecimiento igual que el Sputnik cuando salía de órbita.

Como un iniciado, me dejé conducir dócil como una res al matadero. Al disponerme para esa experiencia me dopé con dos pastillas de mercurio y dos de melano, por si algo salía mal. «Melisa, ya chupé mercurio y chupé melano, así que puedes proceder». Así terminó mi día, cruzado como una chuleta en posición de penitente, y con la esperanza de que mi forma infantil, del tamaño de una canica, ahora del tamaño de un mamoncillo, no estuviese del tamaño de un limón pajarito.

Escribo esto en mi diario y me dispongo a ir a dormir. Espero no ver cavernas mañana, ni que mis deseos me destruyan. Estoy irremediablemente condenado a la libertad de morir en mi instinto circular.