Finalista Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR

Dualidad entre lo mundano y lo que va más allá de los sentidosPor: Carlos Fernando Imbachí Gamba

Ilustración: Daniel Román

La abrazaba por la espalda, y ella presionaba mis manos contra su abdomen, de tal forma que no tuviera escapatoria, era sencillo: estábamos parados frente a la pared donde se encontraba una hoja con muchos simbolitos diferentes que supuestamente eran la guía para una de mis canciones.

Puede que se pregunte, ¿y cómo llegué ahí?

La escena nació después de que ella pidiera que le explicara qué significaba eso que había impreso en el papel, pero se tornó en un juego de pulso, y lo ganaba quien más aguantara.

Traté de enfocarme en lo que tenía que explicar, mientras ella, aunque quieta, se insinuaba a que dejara de hacerlo para de una vez demostrar quién era aquel que marcaba el ritmo entre los dos. Era realmente difícil sentir la presión de su cuerpo contra el mío, cómo se expandía y contraía su pecho al respirar y el aroma que nunca dejó de emanar. Notaba su sonrisa, esa que solo lanza cuando sus intenciones no eran únicamente las que me quería mostrar, sino que había más ideas en su cabeza; eso era lo que me gustaba, la forma en que pedía las cosas sin tener que demostrar que de verdad las quería, sino más bien haciéndome creer que yo las busqué. Una sonrisa que escondía malicia y era seductora a la vez, como cuando mordía sus labios y respiraba profundo.

Claves, armaduras, sostenidos, compás, y seguía firme en mi posición, en mi intención, porque sabía que buscaba que yo cediera, que me rindiera ante todos sus encantos, que con su sola presencia hacía que mi cabeza diera muchas vueltas y me ganara un poco la lujuria, un poco las ganas.

Aunque era tan complicado, yo estaba maravillado, me encontraba física y mentalmente entre las cosas que quería tener por siempre, mi música y su compañía, seguir durante mucho tiempo bajo esas circunstancias era algo que anhelaba, pero a su vez otra parte de mí gritaba desesperada por actuar y llevar todo a otro nivel. Era una dualidad no tan fácil de controlar, mucho menos de ser imparcial. Mi voz temblaba y era síntoma de que todo eso estaba en un nivel o frecuencia mucho más alto, algo que pierde sentido a la hora de explicarlo en estas palabras, que ninguna letra es capaz de albergar, que solo con una mirada es posible demostrar.

Sentía su piel, sentir como su cabello largo y ondulado era aprisionado en parte por nosotros y otros mechones dichosos sobre su pecho descendían, percibía cada partícula que nos rodeaba y que tenía contacto con nosotros; su mirada era firme al frente, quizás tratando de entender cómo era el procedimiento que creo yo estaba escuchando venir de mí parte, aunque la luz era tenue podía percibir nuestra silueta en la pared. Mi voluntad también nacía del hecho de demostrarle que nadie dominaba esto que teníamos, y que aunque muriera por tenerla en mis brazos, y hacer mil locuras, también podía aguantarme y estar tan tranquilo en su presencia como para apreciar cómo dormía poco a poco, o cómo se concentraba en algo que quería alcanzar.

Era plasmar en una partitura nuestros forte, piano, crescendo, nuestros allegro y nuestro propio ritmo, eran silencios, blancas, corcheas y redondas, éramos ligados y hasta sostenidos. Comprender cómo es que compositores como Bach o Pachelbel escribieron todas sus obras. Alcanzar el significado de la música, el de plasmar en cada nota un sentimiento, una sensación, alegría o un momento. Ella entendía eso, y era lo que marcaba la diferencia. Era apreciar el arte, el de estar con ella, con su sonrisa, sus besos y las canciones que podían adornar cada instante a su lado.

Podía ver cómo nuestra respiración se sincronizaba, y cómo esa obra de arte que representábamos en ese momento era algo que ocurría en mi mente, y esperaba que en la suya también. No nos movimos un solo centímetro, pues nadie quería ceder, nadie quería abandonar la burbuja que se creó a nuestro alrededor mientras nos cubría de miles de ideas y sensaciones.

Podía sentir cómo un lazo más allá de lo físico se forjaba y fortalecía más y más, cómo ese cariño al arte salía del papel y creaba nuevos sonidos, nuevas melodías a su lado. Empecé a entender que lo que la hacía especial frente a las demás era eso, que en su compañía encontraba sonidos únicos, esos que pasaba tanto tiempo de cada día buscando en otras fuentes, cuando ella era quien los podía traer a mí sin movernos un solo milímetro. Entendí que era mi musa, una fuente gigante de inspiración.

Después de todo, eso es el arte, esto era arte, lo que no tiene cabida en las letras, aquello que podría explotar al tratar de ser comprimido o condensado en una idea o una imagen, es de esas oportunidades que no cualquiera tiene en la vida, era único e irrepetible, así como irreemplazable; era convertir cualquier otro metal en oro, o simplemente volver este mundo triste y frío algo más colorido y espontáneo, y entre más intensa la situación, más se convertía en un duelo entre lo efímero y lo eterno. Ahora mi música tenía sentido al igual que mis versos, pues había encontrado una de las cosas que le dio esa chispa adecuada a mi vida, algo que marcó un camino y alegró un momento.

Finalmente, se giró y me besó, no sé si fue porque sintió lástima, o porque sencillamente ya no pudo contenerse más. Lo que importa es que descansé, fui a mi propio paraíso y volví, y con aquella dama construí una canción que no sonará más, pero siempre en mis recuerdos logrará estar.