Finalista Segundo Concurso de Cuento Joven TLCDLR

El ayer

Por: Mauricio Palacios

Ilustración: Daniel Román

El sol de aquella tarde era hermoso, pensó Julián, mientras sentía el balancear de los potes de spray en el bolso. Aún tenía el uniforme del colegio. Así se disimulaba algo, el caminar no delataba, el nerviosismo tampoco, podía ser un adolescente enamorado que iba en busca de su novia, o había escapado de una pelea, de pronto hasta ganado una pelea y se había batido en retirada de los amigos del derrotado.

Lo primero que se disfruta es el olor. Es un olor que intoxica, libera endorfinas, inyecta liberación. Luego está el trazo. Un trazo que va desde arriba y se curva, hasta que se completa. Luego sigue el otro trazo, para la otra letra. Se contempla un tiempo el esqueleto de la bomba y luego se rellena. El olor vuelve con toda su fuerza. La tarde mostraba la autopista en plena congestión. De caminantes solo estaban Julián y algunos buhoneros.

Poco a poco el sello personal fue tomando forma sobre la pared. Apareció como un monstruo creado de la nada, un ser inanimado inoculado desde una mente creativa y violenta sobre la realidad de la ciudad. Una mente adolescente, solo una mente adolescente podría haberlo hecho. Julián siente que podría estar haciéndolo para toda la vida. Un para siempre de atardeceres y grafitis en la autopista, de fugas de madrugada, de manos manchadas de pintura y de esconderse de la policía. Podía ser para siempre… ¿podía realmente ser para siempre? Así lo sentía al menos.

Así se siente la adolescencia y el colegio. Es eterno y es todo. Las novias y las muchachas de las que nos enamoramos serán eternas. Los enemigos serán la mala cara permanente. No cambiará nada nunca y por eso debe ser resuelto cuanto antes en la salida o en el patio de recreo. Es eterno. Tu lugar en el colegio, como te ven y como tú te ves. Aunque nadie ve a los demás, apenas se ven a sí mismos. Están ocupados en sus asuntos o en sus inseguridades. Uno es feliz y no lo sabe. Tanto que en esa época se considera sacrílego que un adulto diga las bondades de la adolescencia. La adolescencia es romanticismo y locura, infelicidad y tristeza; también miseria y golpes. ¿Acaso no es eso el encanto? Estar vivo, sufrir y ser feliz con intensidad, perder el tiempo sin preocupación, invertir el tiempo sin esfuerzo. Vivir siempre al borde de un abismo que no se sabe qué es, con tanta esperanza, con sueños y ambiciones. O sin nada de eso y aún ser feliz.

Cuando Julián iba saliendo de la autopista el sol estaba ya en descenso. Un fiscal de tránsito estaba cerca de él pero o lo no había reparado o lo ignoraba. Volvió a descender luego entre los huecos de la autopista y encontrar otro punto donde descargar su pintura. Algunos carros le tocaron corneta, alguna mujer bajó la ventana del carro y le dijo que no debía hacer aquello. Y todo esto sumado a la cercanía del fiscal de tránsito solo lograba subir la adrenalina, mejorar aquel día para grabarlo siempre en la memoria. La adolescencia es una época tan buena en la que se puede caminar con confianza aun sin tener experiencias, sin conocer más allá ni más acá, sin saber demasiado de nada, ni siquiera de uno mismo. La verdadera derrota no es en aquel momento. Julián tenía quince años.

En la subida aparece una patrulla de policía y le indica que se detenga. La sorpresa es mayor. Entonces empieza a buscar dinero en su bolsillo. Los policías lo miran con curiosidad y algo de risa. Él ve aquello como su detención como vándalo, como delincuente enemigo de la sociedad. El archienemigo, el rebelde, destructor de las paredes de la sociedad cordial. Después aquel momento tendría un lugar opaco en la memoria. Los rostros de los policías, lo que dijeron, como se resolvió aquello. La poesía estaba en la adrenalina anterior, en los trazos, en la puesta de sol.

Aquella noche dormía a su lado una muchacha desnuda, un poco mayor que él. Era su segundo año en la universidad. Atrás había quedado aquella confianza ciega, aquellos mitos de vida que tanto sentido daban. Ahora era algo nuevo. Sentía el calor de aquella muchacha con la que había compartido hacía un rato el amor y sentía su propia desnudez como un momento de otro mundo. Había inexperiencia y también algo que iba más allá; como una sensación de profundidad de las emociones. Definitivamente aquella puesta de sol había quedado lejana, distante en su memoria. El grafiti no iba a ser eterno, no podía ser eterno. Había todo un mundo por delante donde él no sabía nada. Aquel que con tanta seguridad se colaba entre paredes, calles vacías y autopistas congestionadas ahora sentía que se le erizaba la piel cuando aquella muchacha decía que lo amaba. Se sentía expuesto y vulnerable. Para él aquella sola idea de vulnerabilidad era ridícula. Lo era, en aquellos tiempos. Era tosco y confiado aun a su modo y por esto ella estaba con él. Puso una mano sobre el muslo de ella y sintió el tacto de la piel. Eso era estar vivo. La vida seguía y tenía otros matices, otros tactos, otros destinos. Eso era estar vivo. La puesta del sol quedaba en el ayer. La vida era otra cosa.