Las palabras y las órdenes, mandato del mundo laboral, sobran en mis espacios, mejor dicho, de nuestros espacios, porque ellas hallan en el placer de fundirnos en un beso o un abrazo que dure toda la noche, licencia para ser lo que realmente son, unas libertinas.

Por: Christian Camilo Galeano Benjumea

El tiempo que he invertido en mantener una mentira ha sido, sin lugar a dudas, el único espacio de libertad. Las horas que invierto en el trabajo no son, de ninguna manera, la exaltación de los placeres y la creatividad; es la muerte lenta que confiere el desarrollo al hombre. Solamente hay unos espacios, no basta con resaltar que son pequeños, dentro de mi rutina diaria que puedo considerar como plácidos y el lugar donde erijo mi libertad, que no es otra cosa que una mentira.

Pero puedo llamarlos, realmente, ¿una mentira? ¿Qué diferencia existiría si un mañana despierto con mi amante o con mi esposa? A ambas las quiero de formas distintas y las aprecio; me preguntaran por qué el tono apático frente a la vida, no sé, mis días son un único día que se repite en una eterna monotonía. Bueno, eterna mientras dure esta farsa de levantarse todos los días, trabajar, ignorar la conciencia, sonreírle al traidor y darle las gracias al ladrón.

Sin embargo, al abrir los ojos y ver a una de mis dos amadas, sentirla, besarla, desayunar, caminar e irme a trabajar; aquí hago una pausa para destacar que pese a lo que se pueda considerar, me gusta mi trabajo. Me siento bien en esa pequeña oficina, donde además de papeles y más papeles hay unas cuantas fotos, un cuadro de cualquier tema, allí depende del espectador, puede ver un simple lago con una cabañita y nada más, o puede pensar que aquel lago azul estriba la profundidad y el misterio de una verdad que nos grita, pero se oculta en los colores y formas bucólicas.

Soy feliz, de alguna manera saber que si mi esposa –si así puedo llamar a una mujer con la cual te vas a vivir sin ningún documento que lo certifique, o el aval de un algún pendejo– quiere hablar y yo no quiero, simplemente salgo de casa, a otra parte donde otra mujer que también quiero y donde nadie puede exigirme un certificado que avale nuestra pasión y regule nuestros encuentros; no, ella simplemente me recibe complacida por mi presencia y las caricias que traigo conmigo.

Las palabras y las órdenes, mandato del mundo laboral, sobran en mis espacios, mejor dicho, de nuestros espacios, porque ellas hallan en el placer de fundirnos en un beso o un abrazo que dure toda la noche, licencia para ser lo que realmente son, unas libertinas.

Ninguna de las dos conoce los secretos que guardo tras el traje gris que utilizo para ir a trabajar, ambas creen que soy un hombre mustio que, sin embargo, las hace reír con las historias tontas del trabajo. Las historias que nunca pueden faltar pero que trato, cuando se puede, hacer a un lado y simplemente dejar que nuestros cuerpos hablen en el silencio o en la exaltación de alguna canción que suena desde el equipo de sonido. A ambas les gusta el vino, afortunadamente, soy un amante del licor, no se equivocaba aquel poeta, no recuerdo ni me interesa saber cómo se llamaba, que lo único realmente importante en la vida era estar ebrio, fuera de sí.

Las fiestas silenciosas que hacemos, cada una de mis amadas y yo, contrastan con el bullicio ensordecedor de las calles y las fábricas. Mientras el mundo gira en busca de ganar dinero y minutos, nosotros, felices, nos consumimos en los pocos minutos que se nos permite para encontrarnos. Gastarlo todo, no dejar un beso, una caricia, una penetración para después, ¡qué importa el después!, si mañana quizá haya un ascenso, un viaje o, simplemente, ya no nos amemos.

De todos estos disparates podrían acaso jurar que tenemos un pacto los tres, incluso ellas, desde ignorar la existencia de la otra, también lo tienen. Soy un poco místico en este punto, tal vez ellas si se conozcan, posiblemente hayan hecho la fila, la una tras la otra, para pagar los servicios o hayan estado juntas en el asiento de un bus compartiendo, sin saberlo, un secreto.