Y América tiene publicado, desde el año 1955, un libro que no nos explicamos cómo no ha producido ya esa noble revolución del fervor y del aplauso que provocan, en ocasiones, las obras singulares.

 

Por: Gastón Baquero

La novela americana ha evolucionado en forma prodigiosa. De los tiempos de Cumandá, del ecuatoriano Juan León Mera, y de los tiempos de María, del colombiano Jorge Issacs, pasando por las ya universalmente consagradas Doña Bárbara, Don Segundo y La Vorágine, ha llovido tanto, que convendría revisar cuidadosamente la nómina a presentar cuando se hable de la tal novela hispanoamericana. Esas que están, están. Su valor nadie lo niega, ni su carácter de pioneras en muchos aspectos.

Pero América ha dado también a Ciro Alegría, a Arturo Uslar Pietri, a Jorge Icaza, a Manuel Gálvez, a Carlos Reyles, a Enrique Larreta (de quien no vamos a seguir diciendo que es el autor de La gloria de don Ramiro, como si no tuviera otras obras tan valiosas en su haber), a Enrique Labrador Ruiz (de él se espera la obra a la altura de su talento y de su oficio, porque quien ha escrito La sangre hambrienta tiene el compromiso de completar lo que allí nace), a… unos veinte nombres, por lo menos, que no circulan en el torrente de «los mejores novelistas de América», pero indudablemente figuran entre ellos. Y esto, sin mencionar a los cuentistas, como Manuel Rojas, como Eduardo Arias, como el propio Labrador Ruiz, como Edwards Bello, como Azuela, y puede la lista ser mucho mayor que la de los autores de novelas.

Y América tiene publicado, desde el año 1955, un libro que no nos explicamos cómo no ha producido ya esa noble revolución del fervor y del aplauso que provocan, en ocasiones, las obras singulares. Es la novela La hojarasca, y es su autor el colombiano Gabriel García Márquez. Aquí está el ejemplo vivo, el más patente quizá, de lo que entendemos al hablar de asimilación de una cultura, aplicándola a expresar lo cotidiano nuestro, lo inmediato. García Márquez escribe una novela de asunto netamente colombiano, como que su asunto es un velorio, el más universal y el más local de los temas.

Los sabichosos dirán que es una versión del Finnegan’s Wake, de Joyce, pero hay que dejar a los sabichosos decir lo que deseen, y seguir de largo. Porque es cierto que en la obra de García Márquez están vivas y presentes las influencias de la época, las apicales, y no puede faltar en esto el nombre de Joyce, ni el de Faulkner, ni el de Mann, ni el de Proust. En toda obra representativa de estos tiempos, están esos señores a la puerta y no hay escapatoria; quizá alguna ventana custodiada por Melville o por Henry James permita la ilusión de que se ha sabido del marco influenciador, pero es inevitable que junto a la intensa originalidad de un autor, aparezcan, incluso cuando él mismo no lo sepa, la resonancia de los nombres tutelares, porque ésta es precisamente la cifra de su grandeza: ellos están en la base, en el punto de partida, y no hay nada que hacer, sino aprender y seguir adelante.

Y esto lo hizo Gabriel García Márquez, incluso antes de la novela La hojarasca, que es uno de los grandes documentos literarios de América, obligante a la admiración no sólo por la dosis de exotismo que contenga, sino en razón de su sabiduría literaria. No íbamos a pasarnos toda la vida recibiendo admiraciones que en el fondo saben un poco al aplauso que se tributa en el circo al oso cuando baila, donde se aplaude, no al baile, que sería lo ideal para el oso, sino la extrañeza de ver un oso bailando.

Y muchos de los elogios tributados hasta aquí a novelas hispanoamericanas, están cimentados en el deleite de ver un cuadro novedoso, de conocer costumbres raras, de leer palabras desconocidas; pero elogios como novela, como novela en sí, ha habido pocos. Por esto nos interesa también exaltar la significación de La hojarasca. Es una alta obra literaria, sin más. Aunque tiene, desde luego, mucho oro dentro de su maravillosa estructura.

1960.