KARL KRAUS, DEMOLEDOR DE MUNDOS

Gustavo Colorado explora la dimensión literaria del gran autor austriaco, crítico de un tiempo lleno de desventuras políticas que acabarían por desgarrar a la humanidad en dos guerras mundiales.

Escribe / Gustavo Colorado Grisales. Ilustra / Stella Maris.

 “ Un agitador toma la palabra,

                                               al artista le toma la palabra”.

                                              “ El progreso fabrica portamonedas

                                               con piel humana”.

                                               “ Lo que vive del tema muere con él.

                                              “ Lo que vive en el lenguaje, vive con él”.

                                                   Aforismos, Karl Kraus ( 1874-1936)

                                                          

Una antorcha puede iluminar el camino  o reducir a cenizas   todo lo que se pone a su alcance. O ambas cosas a la vez: alumbra y calcina.

Si asumimos que el escritor austriaco Karl Kraus, autor de ensayos breves, aforismos y poemas, hizo de la antorcha metáfora de su propia vida al bautizar con ese nombre ( Die Feckel) la revista que fundó en 1899, entenderemos mejor su rol en esa época que marcó el principio   del fin del Imperio Austrohúngaro,  es decir, el tránsito del siglo XIX al XX. El ocaso del feudalismo y la entronización del espíritu burgués, ambos con sus propias instituciones políticas y sus prácticas sociales.

Cuando fundó la revista lo hizo, en principio, porque ningún medio publicaba sus escritos. Era comprensible: en todos ellos apuntaba su artillería intelectual contra diarios y periodistas por igual. “ La prensa convierte en instituciones las mentiras” y “ Por eso la prensa es el arquetipo de la ruina espiritual de una cultura” son dos expresiones precisas de su manera de ver el mundo de los medios y la publicidad.

“ La sátira se encuentra impotente ante  la realidad”, nos dice José Luis Arántegui , traductor y comentarista del libro titulado Escritos. Sin embargo, el satírico persiste. Es su única manera de no sucumbir al sinsentido de una vida en la que “ una rebelión de trogloditas hace una broma del sacrificio de diez millones de personas en una guerra mundial”. Después de todo, “en el más pequeño de los cerdos está inscrito el fin del mundo”, según anota Kraus en uno de sus aforismos. Quizás por eso mismo, Shakespeare es una figura omnipresente en cada uno de sus pensamientos. Ninguno como él supo hurgar tan hondo en los abismos de la condición  humana  abocada al ejercicio  o al sometimiento del poder.

Hijo de un próspero industrial del sector papelero, de origen judío como tantos capitanes de  empresa austríacos y alemanes, pronto supo que su vida sería una lucha sin tregua contra todos los poderes de este mundo y del otro. Por eso renunció a la educación formal: los claustros académicos y sus profesores acartonados lo asfixiaban. Casi por la misma época abandonó la comunidad israelita.

          Karl Kraus

Para él, la universidad era poco menos que una colmena de gramáticos más preocupados por el uso del subjuntivo que por los daños causados por un cabrón con poder. Su amor por el lenguaje fue la causa de esa temprana  aversión a las aulas y sus frecuentadores. “  Yo domino tan sólo la lengua de los demás. La mía hace de mi lo que quiere”, era la base de su declaración de principios. Por eso mismo pensaba que “ hallarse ocupado espiritualmente es algo que la lengua   garantiza mejor que todas las ciencias que de ella se sirven. Es hacer de la vida pesadumbre que alivia de otras cargas”.

Atrincherado en Die Feckel, fustigó, una a una, todas las formas de poder y  sus representantes. Cuantos más aires se dieran mucho mejor: su plumaje colorido era un blanco perfecto para las flechas de Kraus. Gran panclasta como era, reivindicó a las putas, a los homosexuales, a las esposas adúlteras y a toda la innúmera tribu de los marginales que en el mundo han sido. A modo de ilustración, escribió cosas como estas: “ Hay que celebrar el deseo en una época  que exige componer odas al tornillo”. El hedonismo del sibarita  frente al frío cálculo de la técnica encontró en Kraus uno de sus más irreductibles defensores. Esa defensa de la vida, junto a su aversión  hacia los políticos y hacia toda superchería disfrazada de ciencia atraviesan las más  de novecientas ediciones que marcaron la ruta de la revista. Era su manera de oponerse a un mundo fosilizado por los burócratas. “ Los ministros  quebrantan todas las leyes, menos una : la de la inercia” escribió y condensó de paso una de las características de quienes detentan alguna forma de poder: su pretensión de inamovilidad, causa final de su propia ruina.

Fue esa misma voluntad la que lo condujo  a emprender la defensa de la princesa Luisa de Coburg, de la familia imperial, cuando “ la internaron en un manicomio por preferir un oficial de baja graduación  a su marido el Archiduque”“ Nada es más insondable que la superficialidad de una mujer”, escribió, pensando tal vez en la decisión de la princesa.

En la Viena de Karl Kraus era imposible no tener que habérselas com Sigmund Freud y sus prosélitos. El mundo se resquebrajaba y la gente se daba prisa por  obtener cita en los consultorios donde exorcistas laicos trataban de expulsar las  legiones de demonios agazapados en el inconsciente, esa especie de palabra mágica capaz de explicar los más retorcidos acertijos de la mente.

En principio, Kraus respetó al maestro. Pero fue tanto el fastidio que sus discípulos le produjeron, que en una de sus célebres andanadas expresó:

“ En los psiquiatras, en quienes en su mayor parte no reconozco la capacidad de tener conciencia de sus actos, ni la inteligencia suficiente  para embaucar, observo unas perturbaciones mentales cuya relación con la locura pasiva yo designaría como la diferencia entre locura cóncava y locura convexa”.

Era su  manera de ajustar cuentas  con una escuela que nos legó conceptos en si mismos tan perturbadores para la cultura como pulsión, trauma y  sublimación, al punto de que ellos mismos se convirtieron en obsesiones.

Poseído por la lucidez, vio, entre el optimismo desatado por los adelantos de la técnica, los primeros  trazos del infierno que se  avecinaba en forma de dos guerras mundiales y sus correspondientes modelos de totalitarismo simétrico. Para Kraus, Nazis y comunistas eran apenas agentes de un mal que se remonta a los orígenes del mundo: la voluntad de apagar las fuerzas de la vida, si ello garantiza la perpetuidad del dominio terrenal.

Mientras ciudadanos extasiados miraban al cielo y apuntaban con el dedo al primer dirigible puesto en su circulación, el pensador presagió su utilización como arma mortífera. Los imaginó arrojando dinamita desde lo alto sobre poblaciones indefensas y prefiguró sin saberlo la pesadilla de Hiroshima y Nagasaki…sólo que sin saber todavía nada de la energía atómica.

En esa misma tónica, tuvo la clarividencia suficiente para presentir un mundo donde un general enloquecido por su sed de poder, podía destruir ciudades enteras  sólo con pulsar un botón desde su despacho.

Detrás de esos horrores siempre alentaron los políticos y la codicia de los negociantes. Los mismos que traficaban con alimentos  presentados    ante las  aduanas como equipos militares  transportados en trenes de guerra.

“Es como en Timón El griego en la versión de Shakespeare”, decían sus adversarios. “Timón está loco, un día tira diamantes, el otro piedras”. En este caso los diamantes eran  poemas y las piedras cobraban la forma de sus acerados aforismos y sus ácidos ensayos. De Timón es también la conocida sentencia: “ Todo marcha a base de retorcimientos. En esta maldita creación, nada más recto que  una puñalada trapera manifiesta”.

Con ese panorama, era de esperar que reivindicara a los ciudadanos de la calle, “los únicos confiables en un país que no  necesita juez alguno, porque todo se prostituye por si mismo”“ A diferencia del imperio de Carlos V, donde  nunca se ponía el sol, en el reino de los Habsburgo el sol nunca sale”, añadió.

En su obra de teatro Los últimos días de la humanidad, la fuerza satírica de Kraus dejó al desnudo  los entresijos de una guerra de la que fue testigo y víctima, como  millones de contemporáneos: la Primera  Guerra Mundial, también conocida como La Gran Guerra. Los juegos diplomáticos, las artimañas de  los políticos, los intereses de los industriales y la obediencia ciega de los soldados que fueron al matadero convencidos de que luchaban por valores supremos. Esas y muchas cosas más se condensaron en una obra que prefiguró, sino el fin de los hombres como hecho biológico, si la extinción de lo humano como aquello invaluable que nos diferencia de las bestias.

En muchos sentidos, Los últimos días de la humanidad potenció  y llevó a otra dimensión lo planteado en obras como  Apocalipsis, Aforismos Contra los periodistas y otros contras, apenas tres entre sus más de treinta títulos.

Kraus murió en  1936. Así que no alcanzó a contemplar el segundo acto de ese teatro  de la muerte. Pero ya lo había anticipado a lo largo de toda su obra: el advenimiento de la insensatez como colofón al errático destino de una especie que una vez se creyó hija de los dioses.