Entre los problemas del periodismo, la manipulación de la noticia o amarillismo es, definitivamente, el más crónico. Conocido también en los medios como periodismo de pasquín, propaganda o panfletismo, resulta cuando un periódico o reportero se sale de su ámbito de observación para participar en los hechos. Es frecuente encontrarse con periodistas que quieren que pase una cosa y apelan a cualquier truco para que ocurra. El amarillismo no es sin embargo la enfermedad en sí, sino el síntoma. Un vicio del periodismo disfuncional.

 

periodismo2.preview

Por: Gloria Chávez Vásquez

 

El viejo amarillismo

Un periodista debe ser una persona abierta a otras personas, a otras razones y a otras culturas; tolerante y humanitario. No debería haber sitio en los medios para aquellos que los utilizan para sembrar el odio y la hostilidad y para hacer propaganda.

 Ryszard Kapuscinski

Joseph Pulitzer

Joseph Pulitzer

Deseando combatir ese vicio, el progenitor del periodismo moderno, Joseph Pulitzer, nacido en Hungría (1847), pero anclado en Nueva York, diseñó técnicas y ética profesionales para su periódico The New York Journal. Buscaba así mantener la elegancia y el alto nivel del oficio.

Pero apareció William Randolph Hearst en el panorama. (Su vida fue documentada en la película de Orson Welles, Ciudadano Kane). La desleal competencia de The World, el periódico de Hearst, contra el Journal, precipitó el periodismo de Pulitzer, como el de su rival, en asqueroso amarillismo. Los periodistas de ambos medios se vieron obligados a competir por noticias que vendieran apelando al morbo del lector. La ética se sacrificó en pro de los anunciantes, cuyo patrocinio les privó de independencia. La noticia adquirió tono escandaloso con tal de vender y entretener al público lector. Ya no eran indispensable los hechos, sino que había que describir y presentar al cadáver y de ser posible la forma grotesca en que había muerto. El colmo llegó cuando Hearst y Pulitzer se embarcaron en promover la guerra de Independencia en Cuba (1895-1898) a punta de noticias ficticias.

Tratando de hacer penitencia por su pecado, Pulitzer donó su fortuna para la creación de una escuela de periodismo en la Columbia University y para que por medio del premio Pulitzer se buscara todos los años a periodistas que lucharan por informar sin corromper la profesión. El resto es historia.

Siendo justos, la labor del periodista nunca fue fácil. Su oficio o profesión requiere que esté allí donde surge la noticia, casi siempre una crisis, y en nuestro mundo latinoamericano, por ejemplo, el estado de crisis es perpetuo. En países donde la libertad de expresión ha sido coartada, como en Cuba y en Venezuela, las condiciones para un periodismo libre no existen, y quien intenta reportar la verdad se debate entre la pared, la opresión y la disidencia. En países como el nuestro, es frecuente perder la vida porque a un sicópata no le acomoda leer o escuchar la verdad desde una plataforma comunicativa.

Defensor de la libertad

Idealmente el periodista es un mensajero de la libertad en las sociedades democráticas, hasta el punto que sin una prensa libre el estado de derecho no se sostiene. Los países que más han progresado en los dos últimos siglos son aquellos en los que la libertad se ha expresado con mayor soltura.

eugeni-xammar

Eugenio Xammar

El periodista y traductor español, Eugenio Xammar (1888-1973), que fue testigo de la subida de los nazis al poder en Alemania, escribió que las dictaduras son regímenes de rumor mientras que la democracia es régimen de opinión.

Ser libre además, es ser transparente, es recuperar el sentido de la palabra, dominar el lenguaje, servir sin ser arrogante y sin avasallar. El buen periodista es fiel transmisor de hechos, declaraciones y comentarios. Sabe poner todos los conocimientos a su alcance al nivel de la ética profesional y a los códigos de conducta que son norma general en cualquier profesión. En cortas palabras, el verdadero periodista eleva al periodismo de un simple oficio al nivel de vocación.

 

Época de cambio o cambio de época

En una época de cambios vertiginosos, necesitamos un periodismo de rigor, honesto y fiable, porque como nos dice la periodista venezolana Aura M. Rodríguez, Es en los momentos de crisis, que nacen los verdaderos periodistas.

La aparición de Internet ha revolucionado la forma como la gente ve el trabajo periodístico. Ahora hay millones de personas en el mundo que hacen de periodistas porque tienen los instrumentos para difundir información y porque tienen cosas a decir. Y las dicen. Pero muchas otras optan por convertirse en apólogos de un partido, gobernante o régimen de su simpatía. De esa manera desinforman y mantienen secuestrada la verdad.

El periodista actual vive una crisis dentro de otra porque como en la política, la profesión parece haber perdido el norte. La preocupación por la pérdida de confianza entre sus lectores ha llevado a periódicos como The New York Times a revisar sus métodos de trabajo y a los profesionales más comprometidos de Estados Unidos a redefinir los principios básicos del periodismo en un movimiento no por casualidad denominado Proyecto para la Excelencia en el Periodismo.

abc_george_stephanopoulos_2_dm_120124_wmain

George Stephanopoulos

Los líderes del periodismo internacional denuncian que una de las razones de la baja calidad en el lenguaje o la cobertura de la noticia es que las asociaciones de prensa a nivel mundial, acreditan a personas que no son periodistas reales. Basta pagar una cuota para activar a un reportero. Otro problema es que, en su afán de reducir gastos, los periódicos despiden periodistas profesionales y emplean personas que “no son gente independiente y servidora de la verdad”.

El caso más reciente y uno de los que mejor ilustra el de un “periodista sometido o incrustado” en el poder político, es el de George Stephanopoulos, quien fuera secretario de prensa del ex presidente Bill Clinton y que ahora funge como periodista de la cadena de televisión ABC. Su donación de 250 mil dólares a la fundación de sus antiguos amos suscitó la indignación del periodismo real norteamericano. “Stephanopoulos debería pertenecer a la “Asociación de propagandistas”, y no a una Asociación de Periodistas serios, dice un comentarista de la cadena Fox.

Sin embargo, en lugar de obedecer al sentido común o la lista de sugerencias que surgen de las cumbres periodísticas, los magnates del periodismo siguen creando grandes conglomerados de medios de comunicación cuyos periodistas sometidos escriben noticias como si trabajaran en una empresa publicitaria. El periodista “incrustado” puede llegar a ser un provocador que denuncia sin hechos y documentos. Que insulta en lugar de razonar. Que no respeta el diálogo. Cuya prioridad no es la de ser objetivo. Con sus infomerciales atrae una audiencia potencialmente peligrosa, compuesta de individuos desinformados, equivocados, o fanáticos. De este modo, el poder del periodista de hoy puede llegar a ser tanto o más destructivo que el de antaño.

“La actitud del periodista”, dijo una vez Ryszard Kapuscinski (1932-2007), “es la de estar, ver, oír, compartir y pensar”. El periodista y escritor polaco señalaba además que “hacer apología de la trampa, del mal, del terrorismo o del engaño es un mal servicio a la verdad, a la sociedad y a la opinión pública”. La tarea del periodista es explicar y comentar lo que pasa, con pelos y señales, pero sabiendo que hay unos límites que no se pueden traspasar.

El comentarista catalán, Lluis Foix, escribe que

“El periodista tiene que saber que percibe sólo una parte de la verdad que a veces se esconde toda entera en factores y en datos desconocidos. Por eso pienso que una de las cualidades más apreciadas de un informador o de un creador de opinión es la modestia o humildad que le hacen consciente de que transmite noticias u opiniones tal como las ve en un momento determinado y que los debe modificar siempre que aparezcan nuevos elementos que le obliguen a cambiar su discurso”.

Ética profesional

Pero, ¿dónde termina la interpretación y comienza la opinión? La estricta separación entre información y opinión ha sido una de las señas de identidad del periodismo de calidad.

La declaración de principios básicos de la Federación Internacional de Periodistas destaca el respeto a la verdad y a la libertad de prensa, condena la información oculta y la falsificación de documentos, el uso de métodos sucios para conseguir noticias, la obligación de rectificar y desmentir la información que resultase falsa, y valorar el secreto profesional.

La ética del periodista se resume en cinco principios:

1. Verdad y Precisión;

2. Independencia;

3. La equidad y la imparcialidad;

4. Humanidad;

5. Responsabilidad .

Los reportes de la Federación, resaltan que “la ética no es lo primordial en nuestros medios de comunicación porque antes priman los intereses económicos, sus simpatías, su situación de privilegio en una sociedad informatizada”. La tecnología ha sido aprovechada y abusada de tal manera que ya es posible para un periodista sin escrúpulos saltarse las normas de la privacidad y la decencia. Esto último es ilustrado en las palabras del intelectual francés, Dominique Wolton:

No hay diferencia entre información y voyeurismo cuando la ideología técnica se impone a la ética de la información”.

En el llamado código deontológico (conjunto de normas específicas que regulan la conciencia profesional de un informador) es preciso que el periodista sienta la necesidad moral de realizar el trabajo de acuerdo a unos requisitos de honestidad intelectual fuera de toda razonable sospecha. Esta ética está basada en dos principios básicos: la responsabilidad social y la veracidad informativa. Ese código exige del profesional, además, una actualización y renovación continuas que conlleven a la excelencia profesional.

El periodista que se jacta o se embriaga de su poder, ha perdido la perspectiva de su oficio. El que piensa que el lenguaje con que se dirige a un público no es importante, no tiene las condiciones ni la educación para informar. Y el que pretende que el periodismo es un vehículo para sus propósitos personales, ha perdido no solo la moral, sino el derecho a llamarse y a ejercer como periodista.