Tenemos aquí el primer elemento que desliga las incursiones literarias hasta entonces escritas: seres de carne y huesos entran a jugar de la dinámica de la Musas; una nueva literatura de y para el hombre nace ante nosotros.
Odiseo-sirenas

Por: Kevin Marín

Luego del surgimiento en Occidente de La Ilíada y La Odisea, el nacimiento de la escritura alfabética en Grecia y el derrumbamiento pero también posterior influencia de la oralidad en la literatura, surge otro autor que seguirá con las mismas líneas temáticas de Homero: Hesíodo. Nos referimos a la épica griega, la literatura que avasalla al resto de las letras que surgieron varios siglos después y que, a pesar de su invaluable riqueza y cantidad, sigue relegando a un segundo plano las literaturas posteriores como la lírica griega.

lirica2Tomé como referencia general el magnífico libro de García Gual y Guzmán Guerra, Antología de la literatura griega. Así, también a otros investigadores como José Alsina, Luis Alberto de Cuenca y Carl Grimberg para ciertos autores líricos en particular.

Antes de proseguir con los distintos autores estaría bien recalcar las diferencias esenciales entre la épica y la lírica. Brevemente: la épica se caracteriza por su marcado llamado a los dioses, a los grandes héroes, las festivas hazañas. La lírica es notoriamente intimista o privada –este rasgo es quizá el más importante para la literatura posterior y de nuestros días–.

Se nos aparecen, en ese sentido, los primeros escritores: Calino de Éfeso, Tirteo de Esparta, Arquíloco de Paros; estos autores tienen un rasgo muy característico: sus constantes y fervorosas exhortaciones a la guerra, no sólo en el sentido de alabarla por lo que ella misma representa, sino como un llamado –aquí entra en juego el elemento didáctico– a los jóvenes de sus regiones para que formaran parte de ella. Tenemos aquí el primer elemento que desliga las incursiones literarias hasta entonces escritas: seres de carne y huesos entran a jugar de la dinámica de la Musas; una nueva literatura de y para el hombre nace ante nosotros. Con estos primerizos autores podemos entender la afirmación categórica de Gual y Guzmán, según la cual, la vida cotidiana, la vida que respira los acontecimientos, vuelca de lleno los nuevos tópicos literarios:

¿Hasta cuándo estaréis así echados? ¿Cuándo tendréis muchachos, ánimo de combate? ¿Vergüenza no sentís ante vuestros vecinos de tan extremo abandono? ¿Confiáis en que es tiempo de paz cuando ya la guerra arrebata a todo el país?

Como no han de ser gratuitas estas palabras, el poeta vuelve a comunicar lo que sucede a su alrededor. Según nos cuenta Estrabón, y tomando como referencia algunas de las palabras utilizadas por Calino, Éfeso venía siendo asediada por una tribu extraña que se conocía como los Cimerios, al parecer de rasgos indoiraníes, que entró en el Asia Menor en el siglo VII a.C. Así, no podrá resultarnos extraño pensar en el marcado acento de la realidad en la literatura, ésta –como la conocemos hoy en día– era una excelente fuente para el trabajo de historiadores y geógrafos posteriores. Lo mismo estaría sucediendo, dado el carácter de nuestras afirmaciones, en Esparta con Tirteo, que proclamaba las “Verdaderas virtudes” y en Paros, con Arquíloco que, aunque guerrero confeso, ya se proclama poeta:

Soy yo, a la vez, servidor del divino Enialio

Y conocedor del amable don de las Musas.

odisea2Todas estas exhortaciones coinciden con el auge de las formaciones hoplíticas que fueron tomando mucha fuerza a raíz del progresivo aumento del reclutamiento dentro de las poblaciones civiles, logrando así que no sólo fuese la aristocracia quien participara de estos acontecimientos.[1] La literatura vendría siendo el arma con la que estos escritores reforzarían sus ideologías, pues no estaban dispuestos a aceptar cambios tan profundos que seguramente reformularían el mundo en el que estaban viviendo. La literatura es reacción, protesta contra la novedad.

Sin embargo, sería injusto –y estaríamos cayendo en el mismo error de contar lo popular, lo típico– si no le damos a Arquíloco de Paros un lugar eminente dentro de los poetas clásicos con sus versos sobre el amor y los fuegos fatuos del vino (Ansias de Amor y Cantar del Ditirambo, respectivamente). Si seguimos con la línea interpretativa de Gual y Guzmán, pasaríamos a considerar un autor que no estaría nunca incluido en una antología de literatura feminista: Semónides de Lagos. Un título que seguramente causaría el horror, De las razas de las mujeres, donde, como su nombre lo augura, clasifica taxonómicamente a las mujeres según sus comportamientos sociales y hogareños: cerdas, las que se revuelcan por toda la casa; zorras, las que cambian de humores a cada rato; perras, chismosas de aldea; monas, las feas; las de barro, un fiasco de la creación. Arquíloco seguramente pasó a formar parte de los autores preferidos de la cristiandad unos siglos después, pues consideraba a la raza-abeja como la que “estira y aumenta nuestra vida. Y, querida al lado del marido amante, envejece cuidando los hijos. Se distingue entre todas las mujeres y una divina gracia la rodea. Y no quiere sentarse con las otras para contarse cuentos sobre el sexo”. De nuevo: la vida privada rodeaba al poeta de Paros, considero dificilísimo de aceptar que tales clasificaciones biológicas sean el mero producto de la imaginación; la mayoría de las mujeres no correspondían con el ideal que el poeta tiene para sí mismo. Homero posiblemente se hubiese muerto de la vergüenza contando este tipo de acontecimientos en su gloriosa oda a los dioses y las acciones valientes de los héroes de la patria.

lirica4Los valores universales de la humanidad, como el amor, parecieran imposibles de historiar. Al fin y al cabo, se ha mantenido y no ha tenido esos rasgos característicos que según el profesor Aróstegui, permiten medir el tiempo: los cambios, las permanencias, las rupturas. Es posible que aquellos valores universales no siempre se manifestasen de la misma forma, pero intentar ejercicios históricos con ellos puede resultar peligroso. Esto porque en la literatura estudiada siempre alcanzamos a percibir los mismos rasgos humanos que se manifiestan en el amor: la desesperación, la náusea, el descubrimiento de la belleza en un jardín o en el atardecer. Lo que tendría que estudiarse aquí es si esas expresiones tan humanas han variado en su forma de rebelarse. O si no, ¿cómo es que podemos en autores como Mimnermo de Colofón apreciar los rasgos característicos de un hombre de la modernidad que está perdidamente enamorado?

¿Qué vida, qué placer

Hay al margen de la áurea Afrodita?

Lo mismo sucederá con Safo de Lesbos, del 600 a.n.e, que invocando a los dioses pide amor, que se le aísle la soledad, que huya de ella. Temor a la vejez, amores tardíos. Quizá tengo mucho de razón el historiador sueco Carl Grimberg, al señalar que “el hombre es, en realidad, igual en todas partes y en cualquier tiempo”. La lírica, música privada, no dejará de darnos más Mimnermos a lo largo de la historia de la literatura: en este contexto, encontramos a Anacreonte temiéndole a la vejez y a Alceo de Mitile escapando con el vino. Finalmente es un hecho obvio declarar que el lirismo es reminiscencia de nuestras letras actuales. Ya nadie escribe para alabar a un soberano (o, bueno, no en la cantidad y honorabilidad de la que la tradición homérica hace parte), ni para levantar en hexámetros los logros de un país.

No obstante los alegatos políticos que veíamos antes en algunos autores continúan aquí muy presentes. Teognis de Mégara le cuenta a Cirno en Los tiempos cambian, lo terrible que  pasa en su ciudad cuando los “que cubrían sus flancos con pieles de cabras (…) ahora son gente de bien”. Es decir, tenía un increíble desprecio por todo lo que no fuese aristocrático. Seguramente en el transcurso de las Guerras Médicas (y que nos sirva como ejemplo de nuevo) el sistema de combate hoplítico se hacía más y más pertinente; al contrario de lo que preconizaba Arquíloco y Calino, Teognis no soportaba el hecho de que una organización que era hermética se convirtiera de la noche a la mañana en toda una organización civil, a la que el populacho común y corriente podía acceder.

Las protestas en este escritor no se dirigen sólo hacia lo concreto y cotidiano, pues es también necesario hacer notar la continua correspondencia que se mantiene entre los hombres y los dioses, que todo lo dirigen en la Tierra. El poeta se atreve, entonces, a desafiar los augurios y hechos que Zeus establece con los hombres:

“Querido Zeus, asombrado me tienes. Pues tú a todos

Gobiernas con gloria  y enorme poder personal.

Bien conoces la mente y el ánimo de uno y otro hombre,

Tuyo es el dominio supremo de todas las cosas, oh rey.

¿Cómo, entonces, oh Crónica, decide tu mente otorgar

Un mismo destino a los hombres malvados y al justo (…)?”

lirica3Esa relación entre el hombre y el dios está presente en absolutamente todos los poetas, incluso en Jenófanes de Colofón que rechaza todo tipo de interpretación antropomorfa de la divinidad (Grecia le da buenas ideas) al afirmar que si un caballo o un león pudiesen pintar dioses los harían exactamente a su imagen y semejanza. Utiliza como ejemplo a los etíopes y tracios, ya que sus dioses tienen las mismas características que sus portavoces. Propone, en cambio, “un único dios, el más grande entre dioses y humanos, no semejante en su forma ni en su pensamiento a los hombres”. Incluso pudo ser una de las primeras ideas acerca del dios único, gobernador de los demás; una consigna primitiva del monoteísmo posterior.

Un cambio importantísimo que refleja la literatura de Jenófanes es la necesidad de contar lo que es bueno para la ciudad y lo que vendría siendo un mero decorativo de ella misma. Cuando realiza la distinción entre los atletas y los sabios, haciendo uso de su ego, manifiesta que aunque se haga manifiesta la gloria de los dioses en los deportistas, incluyendo cuando estos reciben parte del erario, no puede compararse con el conocimiento, porque según él, la sabiduría es más importante que la fuerza corpórea porque “engrosa los tesoros del pueblo” y “la ciudad a tener buen gobierno”.

Toda esta literatura significa el auge de nuevos temas para explotar. Los dioses, aunque presentes, ya no son los protagonistas de las historias. Es, por el contrario, los cambios que sufren las poblaciones los que vienen a configurar el panorama: en la guerra, en las manifestaciones públicas, en la vida privada (el temor a la muerte, la vejez, los vejámenes y alegrías del amor), en los placeres (el vino), en la terrible condición humana de la que de nuevo. Las alegrías y flagelaciones de los combate homéricos se derrumban ante la proliferación de los acontecimientos más solipsistas, más nimios, si se quiere, para un país. Teognis nos plasma en versos memorables:

“De todas las cosas la mejor es no haber nacido

Ni ver como humano los rayos fugaces del sol.

(…)”

lirica1La tesis se refuerza cuando comparamos los escritores antiguos con los modernos; nadie duda de que las obras son productos de un tiempo y un espacio, pero el autor de nuestro tiempo no es, ni tiene la obligación moral, de hablar sobre lo que pasa en su presente. Un ejemplo de literatura española podría ser el de Mateo Sagasta y su novela histórica El gabinete de las maravillas, que narra las peripecias policiales de un hombre del siglo XVI, en el que aparentemente no vemos ninguna conexión con las necesidades de una persona en el siglo XXI. Este rasgo, pues, me permite demostrar más mi tesis: los filósofos del siglo XX como Albert Camus o Jean-Paul Sartre no son pensadores que reflexionan solamente sobre el hombre francés, sino que se propone una única condición, demoledoramente aterrada, del destino y la vida de todos los hombres. En cambio, nuestros autores líricos son, cuando no hablan de los valores universales propuestos por Crimberg que mencioné más arriba, muy localistas. De allí que los historiadores los tomen siempre como punto de referencia para reconstruir los hechos históricos. Al menos el lector de nuestro tiempo sabe que el hombre escribe en relación con lo que ve, siente y escucha. El siglo VI a.n.e, el de Teognis, estuvo ampliamente repercutido por la invasión aqueménide de Ciro II El Grande y un aristocrático como nuestro autor no veía con muy buenos ojos cómo ingentes cantidades de soldados –propios y extraños– despoblaban y asolaban ciudades:

“La esperanza es la única diosa que habita entre humanos.

Las demás se marcharon, dejándola atrás, al Olimpo.

Se fue la Confianza, gran diosa, se fue de los hombres

La Cordura, y las gracias, amigo, dejaron la Tierra.

Ya no hay juramentos de fiar entre humanos y justos,

Ni nadie demuestra respeto a los dioses eternos;

Se ha extinguido el linaje de hombres piadosos; ahora

Ni normas legales conocen ni aún la Piedad”

De esta última faceta, anterior al período helenístico, tenemos, para terminar la sección, a Solón de Atenas. Lo elijo porque representa los escritos que un arconte hace sobre su ciudad y sobre sí mismo y porque, a diferencia de los demás, podríamos apreciar un ejercicio más interesante de la relación realidad-literatura. Su época se caracterizó por las sublevaciones de la clase baja que luchaba contra la esclavitud a la que muchas veces se veían sometidos cuando no podían pagar el impuesto que tenían gravado sobre la tierra que trabajaban.[2]

[1] Léase, por ejemplo, la ilustrativa definición que hace el espartano Tirteo.

[2] Léase la descripción que hace Aristóteles en Constitución de los Atenienses 2.2.