Aparte del libro Apólogos, de Jorge Triviño, que contiene los apólogos: “La verdad y la mentira”, “El reino de anarquía”, “Perseverancia”,, “El ángel de la vida y la muerte”, “Leyenda de una joven llamada pobreza,” “Encuentro”, “Lección de amor” y las fábulas en prosa: “El león y el rinoceronte”, “La cobra y las mangostas”, “La salamandra precavida”, “El leopardo hambriento”, “La hiena desesperada”, “El sapo vanidoso” y “El ramo de hinojo”.

 

 

Un día, cruzando el río Jordán, se encontraron frente a frente la Verdad y la Mentira. La Mentira reconoció a la Verdad por su gran belleza a pesar de tener elevada edad, y por sus ojos azules como el mar, que penetraban en lo profundo de cualquier ser, llegando a conocer lo más recóndito que existe en cada cosa y en cada criatura; los tesoros más escondidos, y los secretos más bien guardados; es más: cuando la Verdad posó los ojos en la Mentira, supo que estaba frente a ella, solo con observar sus gestos, sus ademanes y el tono vacilante de su voz, además vio como a través de un velo, que poseía mil rostros cambiantes en una sucesión casi infinita y pudo reconocer a la Lujuria, a la Pereza, a la Gula, a la Ira, a la Soberbia, a la Avaricia y a la Envidia, con miles de cabezas amenazantes desde el fondo de la Mentira.

La Verdad sabía por experiencia propia que no podía confiar en ella, pero qué podía hacer. No era capaz de fingir y siempre se mostraba solícita y alegre ante los demás, aunque conocía de los ardides y el engaño oculto.

— ¿Dónde has estado tanto tiempo? —preguntó la bella.

Andando el mundo y buscando que los hombres tengan aquellas cosas que desean ansiosamente: el Poder, el Dinero y los Placeres.

— ¿Y para qué, si allí no van a encontrar la felicidad, si lo único que van a encontrar es dolor, angustia, desengaño y decepción?

—Yo, lo único que quiero, es ayudarles a cumplir sus deseos; así éstos no les den felicidad. ¿Para qué la felicidad? Los seres sólo buscan la alegría del instante. Ignoran que son eternos y en este desconocimiento basan su obrar, también los placeres mundanos, les dan alegría frente a la rudeza de la vida, en medio del fragor y del batallar; el placer les hace olvidar el dolor y el cansancio.

—Pero bien sabes que todo ello les causará padecimiento, ya que el placer satisfecho genera sentimiento de culpa y pena moral.

—Sí, pero la humanidad actúa movida por el deseo y el instinto y piensa después, cuando ha consumado el hecho y cree —también— que lo material es lo único real. Solo les merece admiración y culto aquello que se pueda oír, ver y tocar: el dinero, el culto a la personalidad, la posesión de bienes, las grandes celebraciones donde campea el licor. Los enervantes y el derroche, son lo más importante para ellos. Y yo les doy cuanto desean…

— ¿Y no sientes que los estás conduciendo por un camino equivocado, causándoles mayores dolores a raíz de su ignorancia?

—Eso es algo que no me compete. Son ellos, los que con su libre albedrio están viviendo las amarguras, los desencantos y tristezas, aparte de marchar por el camino del mal… Esa labor de guiarlos por el recto sendero, te compete a ti. Eres tú, y solo tú quien debe sacarlos de esa lamentable condición.

—Pero me dificultas la labor de conducción, ya que les es imposible si están nublados por los deseos e impulsos, tú les pones trabas e intrincadas trampas, ya que tú: Mentira, haces que tengan que custodiarte, y los mantienes en un círculo del que difícilmente salen…

—Reconozco que es así, pero yo debo continuar mi labor y tú la tuya. Entonces vete, que yo debo seguir el sendero que me he trazado, y darles lo que aman, hasta que se den cuenta que ese no es el camino real.

Y se fue riendo por un camino distinto al que seguía la verdad y mientras lo hacía una sombra larga y ancha se proyectaba haciendo oscuro el espacio por donde cruzaba.

 

*Apólogos. Editorial Manigraf. Colección Cumanday. Volumen 13. Narrativa. Fundación Tulio Bayer. Primera edición, 2015. Manizales.