Este tipo de situación sin precedentes empieza a generar reconocimiento, aceptación e identidad en la audiencia colombiana de la época.

Por / GUESS

I

Si pudiéramos hacer un trípode analítico del acontecer de un país, este tendría tres patas: la historia, la memoria y los relatos.

La historia incluye los hechos, los aciertos y desaciertos. La memoria recoge las apreciaciones de los protagonistas de la historia. Los relatos exponen de manera estructurada las acciones de los protagonistas y en ocasiones divulgan las vicisitudes de la cotidianidad.  Colombia durante los años 80 se sacudió por una serie de acontecimientos que se convierten en la piedra angular de este trípode analítico.  A través de sus narraciones solo los protagonistas de la historia se atreven a hurgar en el calamitoso escenario de los olvidados.

 

El melodrama colombiano: la urgencia de una narrativa propia

Las particulares circunstancias históricas, sociales, políticas y culturales han hecho del melodrama colombiano uno de los más intensos y vitales del mundo audiovisual. En el país de los relatos, contados realizadores han osado reconstruir el rostro inquietante de quienes tratan de embellecer sus miserias humanas con el melodrama, logrando que este último se diferencie y tome una distancia importante de sus pares latinoamericanos.

Hablar de melodrama implica referirse a un sentimiento, provocar una emoción entre el público, el lector o el espectador, pero también implica el sentir de una realidad, la reconstrucción de un momento, de un espacio, de una historia, la narrativa en el melodrama, también implica el brindar la posibilidad de reflexionar sobre el ser humano y su entorno. El melodrama y el cine tienen la facultad de expresar los conflictos humanos desde la dimensión de la narrativa.

Sin embargo, el cine colombiano desde hace mucho tiempo ha debido abordar episodios o temas primordiales dentro de su idiosincrasia y su narrativa, lo que ha generado una deuda con la historia nacional.

Aunque sigue latente un apetito generacional por reclamar una cinematografía nacional, es necesario señalar lo imprescindible que resulta la telenovela como relato audiovisual, pues el melodrama está presente en la televisión como telenovela.

Como lo diría Jesús Martín-Barbero:

Uno de los aspectos interesantes de las telenovelas es que le han permitido al país reconocerse (…) La telenovela tiene éxito porque le sirve a la gente para hablar de su vida

Se podría entonces interpretar que, por décadas, la televisión colombiana hubiera cumplido la función narrativa que debió haber cumplido la cinematografía nacional. Desde lo social, lo político y lo cultural, la telenovela y el seriado se convirtieron entonces en los narradores tradicionales de la idiosincrasia nacional.

Más allá de su antecesor directo, la radio, ambas comparten un personaje, una lucha, una emoción que requieren del tono adecuado para colarse en el imaginario de una nación. Alejandro López Cáceres hace una acertada comparación entre la telenovela tradicional y el seriado:

hay que decir que ambas son fieles a la estructura básica del melodrama: la sintaxis de personajes es una constante (héroe, heroína, villano, bufón, piloto del héroe, piloto de la heroína, piloto de villano, etc.), la trama principal es amorosa, las características de los personajes son moralmente monolíticos, la historia es de continuidad progresiva y fragmentaria, el punto de vista que predomina es el del héroe…

Este paralelo resulta aún más pertinente si lo hacemos con una serie que en los años 80 escudriñó en los dilemas y las problemáticas de un sector de la población marginada con un agudo contenido social: Amar y vivir de Carlos Duplat.

II

 

Original de Germán Escallón y bajo la dirección y libretos de Carlos Duplat, Amar y vivir le permitió a dos incipientes actores tener el primer papel protagónico de sus carreras: María Fernanda Martínez (Irene) y Luis Eduardo Motoa (Joaquín), al tiempo que presentó unos personajes entrañables para la audiencia y que hasta hoy continúan siendo emblemáticos para la televisión colombiana: Horacio Tavera (El Chacho) y Waldo Urrego (El Cuéllar). Amar y vivir es una historia de amor que nace y se consolida en un escenario urbano con un trasfondo violento.

Irene es una carismática joven muy humilde que posee un enorme talento para el canto. La cotidianidad de sus días se encuentra entre la relación con sus padres y la plaza de mercado, donde vende frutas convocando a los compradores con su voz. Joaquín Herrera es un arriesgado hombre de pueblo recién llagado a la ciudad cuya profesión es ser mecánico. Ella arma su mundo en la plaza popular y él tiene que buscarse su mundo en la jungla de asfalto donde no conoce nada, pero lo intenta todo. Este tipo de situación sin precedentes empieza a generar reconocimiento, aceptación e identidad en la audiencia colombiana de la época.

Esta sinopsis. que podría parecer un relato cotidiano de algún cuento latinoamericano. empieza a trascender en la medida que se escarba en las entrañas de la agotada década de los años 80, década  que, sin asombro, se acostumbró al vertiginoso ritmo de  los excesos.