ARGUEDAS: UN ESCRITOR COMPROMETIDO

Su escritura plasmaba la realidad que vivió, sintió, sufrió y gozó. La realidad del conflicto de dos culturas opuestas, encontradas, controversiales, y a la vez, dos realidades en proceso de fusión, o mejor, de entrega incondicional…

 

Por / Rafael P. Alarcón Velandia*

La vida y la obra literaria y social de José María Arguedas está enmarcada en los hechos sociales y políticos significativos del Perú en los primeros 60  años del siglo XX: un mundo de contradicciones, integraciones-desintegraciones, ambivalente ante una aspirada modernidad en medio de idealismos capitalistas y socialistas, de pueblos que poco a poco se van convirtiendo en híbridos, donde se mezclan costumbres, lenguajes, culturas, explotado y explotador, la lucha por la supervivencia y el capital, que va labrando la entrada del Perú ancestral a la modernidad incipiente de lo urbanístico e industrial, formándose cordones de miseria que se convierten en focos de conflictos y luchas sociales.

Todo ese proceso que se fue gestando en el Perú desde finales del siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX, donde los habitantes de la sierra  –el mundo indígena y campesino– y los habitantes del litoral –el mundo hispanizado, dueño del poder en todas sus facetas, de habla hispana– que hasta entonces habían estado en cierta forma demarcados como explotados y explotadores, dueños de las tierras y sirvientes de ellas, marginales e integrados, míticos y protectores de la naturaleza contra destructores de la misma, colonizadores y colonizados, todos estos aspectos, construyen en el Perú movimientos de reivindicación, de integración, de hacer conocer al mundo de la sierra quechua como una parte importante para el desarrollo social, político y económico.

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José María Arguedas. Foto / Archivo

Pero a la vez, las resistencias del mundo hispánico del litoral y de los asentados en la sierra, que ven amenazados sus privilegios, precipitan una serie de conflictos sociales y políticos que paulatinamente, a través del todo siglo veinte, se transforman en un estado de hibridez cultural, política, social y económica.

José María Arguedas nace en la sierra, en Andahuaylas, Perú, el 18 de enero del año de 1911. Su madre, Victoria Altamirano Navarro, murió tres años después; su padre, Víctor Manuel Arguedas Arellano, fue un abogado que ejerció como juez, un poco errante por su oficio, alcohólico e inestable emocionalmente. Al morir la madre en 1914, Arguedas pasa al cuidado de su abuela paterna Teresa Arellano, y de sus tíos Rosa y José Manuel, hasta 1917. Su familia hispánica y en cierta forma terrateniente.

Su padre le influye modelos del mundo occidental hispánico. Es criado de los 6 a los 10 años por una comunidad indígena quechua donde adquiere su lenguaje e introyecta su cultura –que la sigue conservando, profundizando y defendiendo durante toda su vida, hasta creer que es parte de ellos–, desde allí pretende integrarse al mundo hispánico y católico de los colegios y las universidades en las cuales se forma y posteriormente trabaja.

Esos mundos peruanos plagados de contradicciones y luchas se convierten en el mundo personal y literario de José María Arguedas. No hay obra de él que no refleje la realidad que observó, experimentó y vivió, pero al mismo tiempo la llenó de ficción con maestría literaria, dejando un rastro permanente de su sufrimiento existencial personal, autobiográfico, hasta el 28 de noviembre de 1969 cuando se disparó en su cabeza para morir cuatro días después.

En varias oportunidades declaró Arguedas que vivió su primera infancia con una sensación de abandono, de maltrato, compensado en parte por su relación de aprecio, admiración y temor hacia su padre, y la comunidad indígena que lo acogió y le impregnó de su cultura.

Hay polémica entre los estudiosos de Arguedas en cuanto unos sustentan que él definitivamente se convirtió en un indígena quechua comunitario; otros refieren que, aunque se compenetró con dicha cultura, aprendió su lengua y en cierto modo vivió por pasajes como ellos, nunca fue totalmente un indio quechua, sabía que lo amaban, pero al mismo tiempo lo consideraban un blanco inmerso en ellos.

Esta doble caracterización cultural –marcada por las formas de pensar y el lenguaje de dos etnias– que formó durante su infancia y su adolescencia fueron factores fundamentales en la orientación existencial de su vida, en sus relaciones sociales, políticas y culturales, plasmada en toda su obra literaria y antropológica. Expectativas, proyectos, frustraciones y desesperanzas recorren la vida de Arguedas en su conflicto de coexistencia en dos mundos aparentemente diferentes e irreconciliables, vertidos desde sus primeros escritos y su novela Yawar fiesta, hasta su última novela inconclusa autobiográfica El zorro de arriba y el zorro de abajo.

Convivir con los indios comuneros Utec-pampa, que se diferenciaban de otras etnias indígenas por incorporar un sentido especial de felicidad y libertad compenetrados con la naturaleza –a la cual defendían ante la amenaza devastadora del hombre occidental que invadía sus terrenos y se asentaba en ellos para destruir y someter tanto a campesinos como indígenas– marcó el sentido de pertenencia de Arguedas a dicha etnia, su defensa y su lucha contra el hombre blanco occidental tanto de la serranía como del litoral peruano.

Contexto de formación académica e influencias

En 1917 en Puquio ingresa a la escuela de Aurelio Bendezú a aprender a leer y escribir en castellano. En 1928 su padre se traslada a Huancayo, lo matricula en el Colegio Santa Isabel para continuar los estudios secundarios. En dicho colegio empieza a confrontar sus dos mundos culturales, pero especialmente a entender a la etnia blanca de la sierra en su cultura y su lenguaje. Allí es influenciado por el profesor de ciencias Mariano Kléskovic para iniciar la lectura de los libros de Víctor Hugo.

En 1928, en una ceremonia del 28 de julio, lee su proclama La patria será grande, la cual aparece en el primer número de Antorcha, su primera revista que funda con unos amigos del colegio, donde deja intuir su proyecto social y de escritor.

En 1931, a los 20 años, ingresa a la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos en Lima. Posteriormente funda su segunda revista, Palabra, en donde consignará en diferentes géneros literarios, desde los cuentos hasta los ensayos, cada una de sus inquietudes intelectuales relacionadas con la situación social, histórica y política del Perú de su época, pero al mismo tiempo tratando de hacer entender al resto del mundo que la visión que tienen de un indígena serrano es errada, incluyendo a su admirado Mariátegui –pensaba que éste se alejaba de la realidad de dicho indígena y que sólo teorizaba sobre ella, que no la había vivido como él, que no le entendía perfectamente su cultura y su lengua, por ello encontraba imprecisiones en sus textos–.

Las lecturas de Dilthey marcaron el camino para entender al hombre y las ciencias, del espíritu y de la naturaleza. Lee con especial esmero y análisis las siguientes obras: El mundo histórico, Psicología y teoría del conocimiento, Vida y poesía, Crítica de la razón histórica. En dichas páginas encuentra elementos conceptuales para tratar de entender al hombre, su mundo interior y exterior, el papel de la comprensión. La relación de Arguedas con Dilthey se evidencia muy bien en un artículo que escribió en 1953 titulado La sierra en el proceso de la cultura peruana, citando apartes de Vida y poesía. Toma las enseñanzas de Dilthey sobre la obra de arte, el artista y su mundo,  y los ceñimientos de lo universal.

La valoración del mundo andino de la sierra por Arguedas era, al mismo tiempo, su autovaloración, y ello lo conducía a una escritura creativa, impregnada de realidad y de fantasía, de significados. Era una creatividad derivada de las experiencias e interpretación de los mundos indígena y occidental, que se desconocían, pero que se acercaban en un proceso de modernización industrial, capitalista, muy desigual entre las partes.

Termina su carrera en 1937, a los 26 años. Dos años después, 1939, culmina su tesis de bachiller con el trabajo La canción popular mestiza: su valor poético y sus posibilidades.

De 1939 en adelante se dedica a estudiar diversas manifestaciones del folclor de la sierra peruana, los mitos indígenas quechuas, las condiciones socio-políticas de dicha región; estudios que nunca abandonó, por el contrario, los fue profundizando a través de los años, registrándolos en diversas publicaciones de revistas, libros, en parte vertidas en forma realista  ficcional en sus novelas, con un excelente método descriptivo y narrativo.

Además, asistió a innumerables reuniones, coloquios, encuentros y congresos de literatura, antropología y sociología en el Perú, México, Argentina, Cuba, Guatemala, España, Italia, Alemania Oriental y Estados Unidos, absorbiendo corrientes diversas sobre temas culturales, polemizando y replanteando su olfato de observador agudo, fundamentando la teoría de sus exploraciones y sus posiciones literarias y etnológicas. El contacto con escritores como Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa lo alimenta y contradicen.

De 1958 a 1963 trabaja en la investigación para su tesis doctoral en Letras y obtiene el doctorados en 1963, con su tesis Las comunidades de España y del Perú.

El contacto con escritores como Juan Rulfo, Alejo Carpentier, Juan Carlos Onetti y Vargas Llosa lo alimenta y contradicen. Fotografía / Archivo

Contexto literario y cultural

La obra de Arguedas se debatió entre dos mundos completamente diferentes, con características propias e historias propias. El mundo del litoral costeño lo atormentó por la destrucción y la degradación del hombre, mostrada en la política, en la industria, en la miseria, en el individualismo opresor, que transcribe y representa en sus obras.

Le dolió, además, la incorporación de los indígenas quechuas al mundo del litoral con la paulatina pérdida de su lengua, sus costumbres, su fraternidad y todo aquello real y fantasioso del mundo andino. Una fantasía de una unidad nacional impregnó su pensamiento, donde la miseria y la explotación no fueran la constante del peruano.

Su escritura plasmaba la realidad que vivió, sintió, sufrió y gozó. La realidad del conflicto de dos culturas opuestas, encontradas, controversiales, y a la vez, dos realidades en proceso de fusión, o mejor, de entrega incondicional, la una –andina quechua– acercándose a la otra –litoral industrializada, urbana e hispánica–, pero no en igualdad de condiciones, no con fraternidad; la primera abandonando su cultura, su lengua, sus costumbres, proporcionándose lenta y dolorosamente a la otra, individual, egoísta y explotadora.  Pero sus escritos no solamente revelan el conflicto social de dos comunidades opuestas y contradictorias, también revelan esa misma lucha en su interior psíquico, en su proceso de ser, porque el mismo vivió ese mismo proceso de partir de lo indígena quechua a la urbe hispanizada, y en ello encontró incomprensiones, violencia, agresión, desprecio, burla. La pérdida constante del sentido de su vida y la pérdida del placer por actuar en un mundo que sentía que no le pertenecía y la necesidad de estar en ese mundo a la vez, combatiéndolo, lo precipitaban a sus crisis creyendo que había vivido en vano.

Su parcial origen indígena fue la marca sustancial de su vida y obra. Fotografía / Archivo

Arguedas parte de la literatura testimonial narrando las experiencias de su infancia, tanto su integración al mundo cultural indigenista quechua como de las vivencias de su discriminación y el maltrato del que fue objeto en infancia. Su posterior proceso de integración al mundo hispano-parlante y las nuevas formas de ser marginado y discriminado, pero a la vez sus lecturas y sus inicios escriturales, le dan el sentido de esa realidad externa que le había sido ajena, asimilándola y criticándola con esa gran capacidad de intuición y comprensión que poseía. Podríamos decir que fue un gran hermenéutico de la realidad, tanto de su mundo interior como exterior.

En la entrevista concedida a Chester Christian el 3 de agosto de 1966 Arguedas nos relata sobre su proceso escritural así:

Yo puedo escribir poesía en quechua y no lo puedo hacer en castellano, lo que me está demostrando que mi lengua materna es el quechua. Los primeros libros que escribí están muy cargados no solamente de términos quechuas, sino de sintaxis quechua. Y el problema más agudo que tuve fue el de cómo describir este mundo que yo había aprendido en quechua, describirlo en castellano. El castellano realmente me parecía una lengua muy extranjera. Hice unas adaptaciones del quechua al castellano, no muy ex profeso, bastante intuitivas, y los primeros libros están escritos en una especie de jerga…Mi novela Todas las sangres está escrita en un castellano bastante limpio, pero con resonancias quechuas evidentes, lo mismo que en todas mis novelas.

En Cómo me inicié como escritor nos relata sus primeras motivaciones y retos escriturales:

Yo comencé a escribir cuando leí las primeras narraciones sobre los indios, los escribían de una forma tan falsa escritores a quienes yo respeto, de quienes he recibido lecciones como López Albujar, como Ventura García Calderón. López Albujar conocía a los indios desde su despacho de Juez de asuntos penales y el señor Ventura García Calderón no sé cómo había oído hablar de ellos… En estos relatos estaba tan desfigurado el indio y tan melosos y tonto el paisaje o tan extraño que dije: “No, yo lo tengo que escribir tal cual es, porque yo lo he gozado, yo lo he sufrido” y escribí esos primeros relatos que se publicaron en el pequeño libro que se llama Agua. (p.39)

Sus primeros pasos marcados por lo intuitivo y lo autodidacta fueron seguidos de una formación académica.  Ese proyecto de escritor lo fue cimentando al leer y profundizar las obras de José Carlos Mariátegui –en su revista Amauta–, Víctor Hugo,  Baudelaire  y Honorato de Balzac.

Arguedas en sus obras proyecta esa unidad entre sus mundos interior y exterior. Su historia personal es la misma historia de un pueblo indígena serrano que el progreso industrial trata de culturizar bajo otros valores distintos a sus valores ancestrales, en donde la coherencia y la fraternidad indígenas se ven amenazadas por el individualismo creciente de carácter capitalista del hombre del litoral, donde el ataque a la lengua quechua y su reemplazo por lo hispanoparlante cada día es más impactante y destructor.

Ante esto, Arguedas describe sus experiencias, sus testimonios de la realidad compleja que le tocó vivir, como la introyectaba y la exponía a través de la escritura de sus libros y artículos.

Esas primeras experiencias infantiles y juveniles de Arguedas las narra en sus escritos, creando el personaje Ernesto –su propio yo– en Los ríos profundos, como referente y actor de los sucesos del mundo de la sierra con su contradicciones, problemáticas sociales, la explotación de los indígenas y los colonos por los dueños de las grandes haciendas y de las tierras, donde el impacto emocional lo sacude de sentimientos  de adherencia a los oprimidos y desvalidos, a ese pueblo quechua del cual se sentía como uno de ellos; sus escritos poco a poco lo inducen a la comprensión del sufrimiento personal y del pueblo donde está inserto, con la característica de integrar o traducir literariamente del quechua al español las vicisitudes existenciales –propias y ajenas–, escribiendo en una forma híbrida, como vemos en sus relatos de Agua (1935), Warma kuray (1935), La muerte de los Aranco (1955), Hijo solo (1957), El Barranco (1939), La agonía del Rasu-Ñiti (1961), El sueño del pongo –una obra de la narración oral quechua que Arguedas escribió primero en dicho lenguaje y luego la tradujo al español en 1965–.

La compenetración entre el proyecto existencial de Arguedas con su proyecto de escritor se ve reflejada en el discurso que pronunció en octubre 1968 al recibir el premio Inca Garcilaso de la Vega, donde expuso sus ideas fundamentales que le rigieron durante su vida:

Acepto con regocijo el premio Inca Garcilaso de la Vega, porque siento que representa el reconocimiento a una obra que pretendió difundir y contagiar en el espíritu de los lectores el arte de un individuo quechua moderno que, gracias a la conciencia que tenía del valor de su cultura, pudo ampliarla y enriquecerla con el conocimiento, la asimilación del arte creado por otros pueblos que dispusieron de medios más vastos para expresarse. Yo no soy un aculturado; yo soy un peruano que orgullosamente, como un demonio feliz, habla en cristiano y en indio, en español y en quechua.  Deseaba convertir esa realidad en lenguaje artístico y tal parece, según cierto consenso más o menos general, que lo he conseguido. Por eso recibo el premio Inca Garcilaso de la Vega con regocijo.

Funeral de Arguedas. Fotografía / El Comercio

Según Vargas Llosa, Arguedas no se preocupó por la técnica de la novela y su “único problema teórico que se planteó fue el de cómo hacer hablar, en las narraciones que escribía en castellano, a los personajes indios que, en la vida real, hablaban y pensaban en quechua”. Además, sus obras están plasmadas “por todos los demonios de su infancia que lo acosaron”.   

La reflexión crítica de su pasado y del trascurso de la vida pudo haberlo llevado a acumular una gran carga existencial que no deseaba llevar, no la soportaba, que las satisfacciones producidas ya no le interesaban ni las deseaba en el momento actual, quería vaciarse, sin sentimientos de reproche, pero sí de desesperanza;  el suicidio era buena opción para volver al vacío, a la nada.

El 28 de noviembre de 1969 en su oficina de la Universidad Agraria en Lima se dispara dos tiros en la cabeza, muriendo el dos de diciembre, dejando en su última obra El zorro de arriba y el zorro de abajo –novela inconclusa y diarios personales- todo lo relativo a su existencia, sus proyectos personales, sociales y literarios; además, los motivos de su suicidio e instrucciones para su funeral. Hay se acentúa su figura de mito que ya había empezado a construir en la última década de su vida.

 

Bibliografía

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*Médico Psiquiatra, máster en Psicogeriatría, magister en Literatura, candidato a Doctor en Literatura, profesor Universidad Tecnológica de Pereira