Un paseo por el origen de la generación beat y tres de sus fundadores menos aclamados.

 

Por Valeria Castillo León

Cuando en 1944 Herbert Huncke le dijo a Jack Kerouac “Man, I am a Beat” en una conversación casual, la frase se quedó fija en la cabeza de este último. Revolotearía allí durante los siguientes años hasta que, en una entrevista con John Clellon Holmes en 1948, este afirmara que la suya era una generación muy beat, es decir, muy golpeada. Entonces, anunciado a un mundo que aún no conocía sus nombres, se grabó el término al que se asociaría una generación que continúa colocándose entre páginas inmortales.

Al principio solo estaban Allen Ginsberg y William Burroughs. Eran mediados de los cuarenta y ambos compartían piso. Ginsberg había nacido con la sensibilidad y la influencia legada por su padre, un poeta; Burroughs, el mayor del grupo original y el más complejo de los beat por su el contraste entre su carácter refinado y su prosa escatológica, provenía de una familia rica de St. Louis, gracias a la invención de una máquina de sumar. Cuando coincidieron en la Universidad de Columbia (Manhattan, Nueva York) con Jack Kerouac y Lucien Carr, todos ya habían estado expuestos, cada uno por su cuenta, a experiencias y autores comunes que los unieron definitivamente. Lo demás fue jazz, drogas, sexo y carreteras.

 

Kerouac, Ginberg y Burroughs en el techo del departamento de Ginberg, Lower East Side, Manhattan, 1953. Fotografía / Getty Images

Una visión borrosa se formó entonces para contagiar a todo Estados Unidos. A diferencia de otras generaciones de escritores, la de los beat no tenía ni manifiesto, ni lista de principios o estándares bien definidos. Eran un amasijo de personalidades distintas y excéntricas, concentradas alrededor de su deseo de ampliar los límites de la percepción, el disfrute de casi todo tipo de drogas, el desprecio por la moral de trabajo y consumo, y el repudio a la guerra. Sus obras hicieron las veces de espejo para una sociedad cansada e inquieta, sedienta de renuncia, pero acostumbrada a deslumbrar. Kerouac no había exagerado en aquella entrevista con Clellon Holmes: la suya fue la generación de Hiroshima y Nagasaki, del Macartismo, de la guerra de Corea y, más adelante, la de Vietnam. Aun así, la gran mayoría de los beatniks (como serían despectivamente denominados por un periodista en 1957) no estaban interesados en la política. Solo querían que se mantuviese la paz, y con ella, la libertad de experimentar y escribir sin mayores preocupaciones.

No obstante, y a pesar de los vaivenes de la guerra, la generación se las arregló muy bien para dar a luz a sus obras más insignes, mientras el jazz de Billie Holiday y Charlie Parker inundaba los salones: Howl o Aullido (1956) de Ginsberg, On The Road o En el camino (1957) de Kerouac y The Naked Lunch o El almuerzo desnudo (1959) por William Burroughs, marcaron un hito en la literatura, hasta entonces dominada por estilos más sobrios o moderados.

De izquierda a derecha: Gregory Corso, Joyce Johnson y Timothy Leary

Los otros beat

Además del triángulo legendario que todos conocen, existieron tres fundadores más de la generación beat, que, pese a todo, dejaron huellas menos persistentes en la memoria universal.

En primer lugar, el poeta de ascendencia italiana, Gregory Corso. Tuvo una vida temprana más bien desafortunada desde que fuera abandonado por su madre adolescente, tras lo cual pasó la adolescencia entre calles, orfanatos y cárceles. Allí, entre barrotes y guardias, se convirtió en un lector asiduo y, rápidamente, en un poeta. Después de ser liberado de una de sus condenas, conoció a Ginsberg en un bar, y luego a los demás, quienes reconocieron de inmediato el talento en la honestidad coloquial y cotidiana de sus primeros versos. No obstante, influenciado por el legado de poetas como el romántico inglés Percy Byshee Shelley (1792 – 1822), maduró en una poesía mucho más críptica y ambigua (aunque sin dejar de lado el característico sentido del humor), fácilmente apreciable en su poemario Elegiac Feelings American, publicado en 1970. Si bien Allen Ginsberg lo señaló como uno de los mejores poetas norteamericanos de su tiempo, Corso nunca recibió el mismo grado de distinción del que gozaba el triángulo legendario conformado por Burroughs, Kerouac y el propio Ginsberg.

Allen Ginsberg y Gregory Corso. Foto / Archivo

Por su parte, Joyce Johnson fue una de las mujeres más relevantes en el movimiento, que, predominantemente masculino, nunca manifestó deseo explícito de darle la bienvenida al sexo opuesto en su cruzada hedonista y transgresora. Sin embargo, la primera novela de Johnson, Come and Join The Dance o Ven y únete a la danza (1962), pavimentó el camino para las escritoras beat. Casi dos décadas más tarde empezaría a escribir Minor Characters (Personajes secundarios), una memoria publicada en 1983 que relata su breve relación con Kerouac, y su evolución como mujer y escritora involucrada con el círculo beat. En ese mismo año, Minor Characters le mereció el Premio Nacional del Círculo de Críticos Literarios Estadounidenses, gracias a la “lucidez” con la que narró los sucesos más convulsos.

Joyce Johnson yJack Kerouac, Nueva York, 1957. Fotografía / Jerry Yulsman

Por último, y de acuerdo a la correspondencia de varios integrantes, es a Timothy Leary a quien se le deben gran parte de los elementos de psicodelia y filosofía oriental incluidos en la cosmovisión del grupo. Fue profesor de psicología en la universidad de Harvard, antes de ser despedido en 1963, debido a la falta de “rigurosidad científica” en sus controversiales experimentos con drogas psicotrópicas. Por otra parte, fue la insospechada fuente de inspiración tras la famosa canción de los Beatles, Come Logether, compuesta con motivo de la colorida candidatura de Leary a la gobernación de California, pese a los múltiples arrestos policiales en su expediente. Hasta la evaporación de la generación beat hacía finales de los cincuenta, contribuyó con su visión crítica a una sociedad que juzgaba moralista, así como con su admiración por la vida underground o subterránea, en la que camellos y rockeros aparecían como sabios camuflados y ángeles caídos.

Allen Ginsbery, Timothy Leary y John C. Lilly. Fotografía / Laurent Art