BIERCE, EL AMIGO DEL DIABLO

El hombre –lo descubro en los cuentos, las fábulas y los aforismos de Bierce– es tan estúpido que prefiere salvaguardar su alma del demonio antes que censurar su imbecilidad o afanarse por salir de la miseria.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“Hombre: animal tan sumergido en la extática

contemplación de lo que cree ser, que olvida

lo que indudablemente debería ser”

Ambrose Bierce.

 

Ambrose Bierce no fue el amigo del diablo porque haya sido una silueta en pena que ardía en las calderas del mismísimo infierno o porque, en vida, haya hecho un pacto con Lucifer para ganar fama con sus letras a cambio de perder su alma en un extraño contrato mefistofélico firmado con su propia sangre.

Este escritor norteamericano tampoco evocó fórmulas esotéricas ni letanías satánicas ni, mucho menos, brujerías para que los lectores se abandonaran a su admiración, como si fuese un ícono que se alza sobre los vestigios del romanticismo para posarse, a manera de ángel vengador, justo en el núcleo de esa modernidad que ya anunciaba y vaticinaba con sus escritos.

Bierce fue el amigo del diablo porque él, precisamente, era el diablo. Pero no como esa entidad grotesca y castigadora que azotaba con su tridente y sus torturas el espíritu de los condenados. Ambrose fue considerado como el hombre-diablo porque su escritura fue vigente para entonces y, en la actualidad, quizás aún más.

La virtud de Bierce radica en propiciar una crítica punzante y malévola hacia una sociedad hipócrita, deleznable, que solo sabe vivir y apreciar los arquetipos, el instruccionismo “correctamente” político al que se somete una comunidad más aparente que real; es decir, esa sociedad a la que no le interesa el fuego sino el humo en la distancia.

En este sentido, si el diablo, ese imaginario teológico y colectivo con el que nos han vapuleado durante centenares de años, está entre nosotros para tendernos trampas en el camino y hacernos pecar para luego castigarnos, entonces Ambrose Bierce trascendió los límites de la maldad y halló, en el libre albedrío, la oportunidad para demostrar cuán ridícula es la humanidad.

El hombre, lo descubro en los cuentos, las fábulas y los aforismos de Bierce, es tan estúpido que prefiere salvaguardar su alma del demonio antes que censurar su imbecilidad o afanarse por salir de la miseria. Y, es de este modo, porque la felicidad, para el ser humano, es apenas una extraña sensación contemplativa de lo que no puede ser, porque se ansía más lo intangible que lo real. De hecho, lo banal es esa fuerza que descubre en lo abstracto la verdad.

El argumento de este artículo radica en demostrar que cada palabra de Ambrose Bierce estaba atestada de una extraña decadencia vital, porque, sin duda alguna, de su literatura sarcástica no surgía la lengua viperina que despotricaba de todo sin razón; en cada una de sus líneas se erguía un monstruo que, a través del humor negro, despellejaba la rancia farándula de una sociedad sumida en las apariencias.

Bierce fue ese diablo que no laceraba con fuegos imaginarios, sino que, por el contrario, desmembraba a sus conciudadanos con esa visión cruel y aterradora que tenía de la realidad y de la vida misma; en sí, la mordacidad de sus palabras ulceraba la razón de sus coterráneos y, en el imaginario socio-cultural del mundo, se enquistaba con frecuencia esa turbia tragedia que denunciaba al hombre como un ser para la nada.

Así, pues, para comprender la mirada de Bierce, en relación con una sociedad que debe plasmarse por medio del lenguaje, es importante señalar dos actividades que lo marcaron para siempre: la lectura y la guerra. La lectura lo hizo un niño pícaro, malicioso; y, la guerra, como soldado partícipe de ella, lo transformó en un hombre despiadado.

Dichas actividades le permitieron plasmar la condición humana de tal manera que, en su obra literaria, vislumbro un paroxismo tan aterrador que, desde lo hondo de sus escritos, solo refulge una exaltación sin exceso mordaz: la sociedad es una herida enorme que jamás cicatrizará, porque, en lo profundo de la llaga, solo burbujea el pus y no la piel.

A la luz de esta acepción, es fundamental señalar que la carne tiende más a la putrefacción que a la sanación. Por tanto, si el hombre y la sociedad son, en efecto, producto de la carne, lo que se desprenderá de ellos será la insensatez, la maldad, la perversidad, que es la forma, metafóricamente hablando, con la que el ser humano sucumbe ante su propia descomposición.

Como periodista, investigador, lector y escritor, el arriesgado soldado regresa de la guerra y vislumbra, en sus semejantes, unos bribones parias a quienes retrata, por medio de sus escritos, como una hueste de seres lunáticos a los que se les debe mostrar que su corazón es un trozo de manteca en el que se posan las moscas o al que acuden las ratas (compatriotas) para roer, en medio de la vigilia, al hombre moribundo.

Es más: ninguna especie viva se descorazona por placer o por envidia. Este acto de verdadera temeridad solo es posible entre los hombres, entre esos seres humanos que no te amputan por instinto sino por premeditación.

Para muchos, la obra de Ambrose Bierce emerge de la literatura fantástica norteamericana para reescribirla con otros matices; quizás, más grotescos, más irónicos, más crueles; tal vez, con esa huella macabra de la humanidad en la que ni siquiera cabe la imaginación.

Ilustración / Pinterest

Para mí, sin embargo, es indiscutible que el legado gótico, terrorífico y de suspenso psicológico heredado de Poe, de Lovecraft, de Hawthorne y de Melville, fue trascendido por Bierce de tal forma que, el terror como núcleo de su literatura, se recrudece al describir atmósferas atiborradas de tensión y desasosiego, sensaciones que hacen del miedo un horror más físico que experimental.

A mi modo de ver, Ambrose, el hombre-diablo, lleva el terror a un plano más social y citadino, más absorbente, más feroz; en sí, más humano y cosmopolita. En otras palabras, para Bierce es inconcebible la piedad y la misericordia entre los hombres, porque en estos solo hay maldad, vicios, debilidades; larvas que se alimentan de sus propias llagas.

El estilo de Ambrose seduce por su crudeza, y porque, con un lenguaje cáustico y mordaz, cultiva esa figura literaria que nos legaron los griegos y que, por supuesto, es muy apetecida por muchos pero que pocos escritores usaron tan bien como lo hizo Bierce; en tal caso, hablamos de la ironía, esa daga metafórica con la cual podemos atemorizar a la sociedad o, si es conveniente, desangrarla y despellejarla, si queremos.

Bierce demostró, para aquella época (y aún lo hace), que el peligro no es un punto cardinal que se apuntala en el globo terráqueo o que puede señalarse con una marca especial en algún zaguán de la ciudad; lo que en realidad nos demostró Ambrose es que el peligro es un terror permanente y constante que relampaguea en los ojos del vecino.

De hecho, el monstruo al que le tememos en las noches no es una macabra aparición que nos atormenta la psique; es, desde luego, esa proximidad del otro, esa cercanía que produce más incertidumbre que seguridad, porque la oveja en el redil con regularidad es ese lobo que aúlla en el umbral de nuestra puerta, que babea en nuestro rostro mientras nos desagarra la garganta.

Ambrose Bierce desapareció para siempre un día sin dejar rastro de su muerte. Incluso, el gobierno de Estados Unidos averiguó sobre el escritor más emblemático de aquella época y no obtuvo una respuesta certera.

A manera de comentario, algunos dicen que murió en la guerra; otros sostienen que emigró a México o a Francia, donde lo vieron durante la Primera Guerra Mundial; algunos más desequilibrados argumentan que se suicidó y, unos cuantos, afirman que sus últimos días los acabó en un psiquiátrico; incluso, no falta versión paranormal que suscita la idea de que nunca existió ese tal Ambrose Bierce.

Hoy, en pleno siglo XXI, es posible que este escritor norteamericano haya caído en el olvido porque, como bien lo dijo él, la felicidad es esa agradable sensación que se produce al contemplar la miseria ajena; y, para las sociedades modernas, las que en la actualidad sobreviven a los latigazos del tiempo, Bierce, el amigo del diablo, es tan miserable como esa misma miseria en la que, con tanto empeño e impiedad, retrató a la humanidad que lo rodeaba, que lo agobiaba.

@wilmar12101

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