CAMINAR Y PENSAR: UN RETO ODISEO

El verdadero caminante es un Odiseo de su pensamiento, sucumbiendo a los cantos y a la seducción de las sirenas que son sus ideas, sin cortapisas ni prejuicios.

 

Escribe / Rafael P. Alarcón Velandia – Ilustra / Stella Maris

El arte de caminar, así como lo escribo, es un arte que parte del deseo, potencialidades e intereses para luego tratar de alcanzar la perfección estética o comprender el caos de nuestras contradicciones. Caminar no es el simple movimiento que pone en acción nuestros recursos osteomusculares para andar, marchar o correr. Caminar implica la comunión entre el cuerpo y un espíritu dispuesto a la reflexión íntima en solitario.

No se debe caminar acompañado porque se pone en peligro la esencia de ese acto de encuentro consigo mismo. Serían múltiples los factores que invocaría nuestro interlocutor, incluyendo su silencio, para destruir nuestro espacio y tiempo, acabar con el soliloquio íntimo en donde la palabra se desvanece como la bruma al correr el día.

Caminar nos confronta con un estado de soledad, placentera o terrorífica, donde no cabe más mundos que el nuestro. Al caminar, la mente en blanco divaga e inicia la cópula de nuestros sentidos con la naturaleza, y el menor de los detalles del mundo físico pone en alerta nuestro instinto de supervivencia y de allí al sentido de por qué existir, para qué acumular años atiborrados de recuerdos, fantasías, ambiciones y frustraciones.

Caminar nos permite enterarnos de una memoria que se diluye en el tiempo, en donde las experiencias y acciones se nos presentan como fantasmas pretéritos que en algún momento habitaron en nuestro yo, que a fuerza de contradicciones y de nuevas vivencias renovadas debemos desalojarlos o a veces ellos nos abandonan al no encontrar un receptor digno donde habitar.

El arte de caminar, repito, es un arte y no es tan sencillo. Como todo arte necesita primero un espíritu deseante, pues sin deseo ni se experimenta ni se realiza nada, pues es ese deseo el núcleo del erotismo que da la vida; posteriormente, necesita un período de preparación, hecho que podemos equivocarnos al intuir que no necesitamos de nada o una ruta a escoger. No es lo mismo salir del hogar a caminar por la barriada donde habitamos, o perdernos en las calles céntricas de una ciudad, en almacenes o librerías de nuestro interés, o hacerlo en localidades campestres de diferentes tonalidades y condiciones geográficas. Cada uno de estos sitios nos inducirá a diversos pensamientos que le son propios, y como tales no se dejarán arrebatar lo que les pertenece.

¿Qué es caminar?, se preguntarán aquellos que no han ejercido este arte. Caminar es el deseo erótico de salir del cambuche donde habitamos, no del físico como creerán algunos, sino del espiritual, para aventurarnos desde la nada al conocimiento del sí mismo, al diálogo en silencio y en la soledad con las cuestiones fundamentales de nuestra existencia. Por eso, no se necesita compañía distractora que posiblemente tratará de inculcar su subcultura para alejarnos de nosotros mismos.

Caminar enseña ese acto erótico de la cópula placentera de nuestro cuerpo físico con esa inmateria que llamamos conciencia de la cual se deriva primero el pensamiento y luego la materializamos en el lenguaje. Sin ese estado religioso y mítico que es el caminar en solitario no es posible adquirir la existencia, sea para gozarla o para destruirla, simplemente seguiremos en el estado vegetativo que nos brinda la naturaleza. Almas superiores se han ejercitado en el caminar.

Los peripatéticos (περιπατητικοί), alumnos de Aristóteles en el año 335 a.C., recorrían al principio con él su jardín, a veces invadidos en sus silencios y otras ocasiones con ligeras reflexiones comunes que nunca llegaban a convertirse en conversaciones, pues con ello sólo buscaban alimentar sus soliloquios conjugando las observaciones de la naturaleza con el bienestar del ser humano, pero también con la experimentación del placer físico y espiritual.

El verdadero caminante es un Odiseo de su pensamiento, sucumbiendo a los cantos y a la seducción de las sirenas que son sus ideas, sin cortapisas ni prejuicios, no hay Penélope que lo espere, solamente está él solo para su complacencia; Ítaca es el camino solitario. Christopher Vogler en El viaje del escritor nos relata la odisea del que pretende convertir los pensamientos fruto de sus caminatas en palabra impresa. Nos señala que la tendencia a encarnar en el papel esa forma etérea que es el pensamiento, es posiblemente uno de los pocos universales que se pueden aceptar, pues no hay cultura que se haya escapado de esta seducción, y nos hace pensar que el caminante solitario aflora en ese andar sus hades y sus paraísos. Vogler lo dice de esta manera:

El modelo del viaje del héroe tiene un alcance universal, ocurre en todas las culturas y en todas las épocas. Sus variantes son tan infinitas como puede serlo la especie humana en sí misma, siendo así que en todos los casos su forma básica permanece inalterada. El viaje del héroe integra varios elementos increíblemente tenaces que emergen desde los más recónditos confines de la mente humana, interminablemente, y que sólo difieren en los detalles propios de cada cultura, si bien su quintaesencia es siempre la misma.

El caminante solitario tendrá oportunidad de “calmar su alma vehemente y apasionada, incapaz de resistir el sufrimiento, que lo puede conducir al suicidio”, como lo pensaba el escritor caldense Silvio Villegas. No es en el bullicio de la compañía, en espacios cerrados o abiertos, que señalan la inmovilidad del cuerpo y del espíritu, donde las almas atormentadas podrán poner fin a sus tragedias. No tendrán que caminar con sus pensamientos caóticos, aceptarlos en medio de sus contradicciones, comprenderlos así no hallen ninguna de las soluciones religiosas que le coartan su libertad, y por el contrario le imponen modelos que lo hacen aún más desgraciado, más culpable. Si hay calvario, hay que recorrer el camino; si no lo hay, debemos disfrutarlo.

Al caminar posiblemente nos protejamos de los ruidos del mundo exterior que aturden el placer estético del pensamiento, lo contamina y lo oscurece. El escritor Germán Pardo García nos invita a caminar con el dolor y en la agonía, esencia también de la existencia, y en su libro Osiris preludial nos ayuda con nuestro pensamiento, como lo escribe en un aparte de uno de sus sonetos:

…Déjame caminar por donde quiera.

Mi ser es una sombra pasajera

sobre unos misteriosos terraplenes.

No me quites el dolor, pues ¡qué sería

de mí sin una gota de agonía,

manando sin cesar sobre mis sienes!

Las caminatas de Inmanuel Kant en Königsberg a finales del siglo XVIII fueron famosas, fueron reflejo de un estado de obsesividad y compulsión que los habitantes de dicha ciudad cuadraban los relojes con el inicio de la caminata, siempre a las 11:00 am. Aparte de este hecho curioso –más anectódico que cierto, inventado por un fanático kantiano y divulgado posteriormente de forma acrítica como pasa siempre con actos de personajes que transcienden en cualquier campo de las actividades humanas– las caminadas de Kant ha sido importantes para todos aquellos interesados en el tema de la belleza; pues, en ese diario recorrido por su ciudad, como él mismo lo expresó, fue elaborando los pensamientos de su obra Sobre lo sublime y lo bello, terminando su recorrido especulativo en reuniones con mujeres que le permitían confrontar las ideas brotadas de su soliloquio. Sus caminadas solitarias encerrado en sí mismo, donde no cabía el mundo, le granjearon enemistades y la visión de un ser melancólico, hosco y aburrido, ¡cuánta equivocación en ello!, cuando precisamente era un ser feliz porque era el dueño de su tiempo y espacio que no quería compartir, y que le brindaba el advenimiento de los fantasmas del pensamiento.

El ensayista y caminante inglés William Hazlitt (1778-1830) nos dejó el pequeño ensayo Dar un paseo donde señala:

El alma de una caminata es la libertad, la libertad perfecta de pensar, sentir y hacer exactamente lo que uno quiera. Caminamos principalmente para sentirnos libres de todos los impedimentos y de todos los inconvenientes para dejarnos atrás a nosotros mismos, mucho más que para librarnos de otros.

Por su parte, el caminante escocés Robert Louis Stevenson en su ensayo Excursiones a pie señala que “una excursión a píe debe hacerse a solas, porque la libertad es esencial”. Consecuente con esta idea de Stevenson, creemos que al caminar en solitario no comprometemos al mundo con nosotros, ¿por qué tenemos siempre que estar esperando que el mundo nos rescate, venga a nuestra ayuda o comprometiéndolo con nuestras penas y desgracias? Cuando podemos encontrar en nuestra larga caminata, que es la vida, la respuesta al dialogar con nuestro interior

Otra forma de caminar, más precisamente en la ciudad y prejuiciado de intereses literarios, es la que nos enseña José Martínez Ruiz –Azorín– en Libros, buquinistas y bibliotecas: crónicas de un transeúnte Madrid-París donde narra sus caminadas, o mejor, andanzas por las calles en busca siempre del libro escondido que lo invitaba a poseerlo:

…Hemos cruzado el Sena; hemos atravesado una ancha plaza; de pronto, nos detenemos. Veo escaparates repletos de libros, y libros de toda clase, chicos y grandes, con cubiertas de todos los colores, colocados en anaqueles y muestrarios al alcance de la mano. La librería es como un pequeño porche, un lugar abierto en el que los transeúntes entran y salen a su placer, sin saludar, sin decir nada, sin pedir permiso a nadie.

Otro célebre caminante de ciudad fue Borges, quien reveló que sus paseos solitarios o en compañía silenciosa por el barrio Palermo le permitían escribir en su mente el texto, perfeccionarlo palabra por palabra y cuando regresaba a su hogar ya era un acto mecánico plasmarlo en papel. Para él, caminar era vaciar los sueños, esos sueños de los que nos apegamos ilusoriamente y nos hacen perder la existencia, que convierten la vida en un Hades. En el Libro de los sueños nos habla sobre la Vaciedad de los Sueños de esta manera:

Vanas y engañosas son las esperanzas del insensato, y los sueños exaltan a los necios. Como quien quiere agarrar la sombra o perseguir el viento, así es el que se apoya en los sueños. El que sueña es como quien se pone frente enfrente de sí: frente a su rostro tiene la imagen de un espejo. ¿De fuente impura, puede salir cosa pura? Y de la mentira, ¿puede salir la verdad? Cosa vana son la adivinación, los agüeros y los sueños; lo que esperas, eso es lo que sueñas. A no ser que los mande el Altísimo a visitarte, no hagas caso de los sueños.

Caminar y pensar es una actividad odisea que debemos rescatar sin temores para alejarnos del estado endémico del sedentarismo mental, de ese marasmo que nos precipita al pozo de no ser nosotros mismos, sino el producto contemporáneo de una sociedad entregada a la rapidez, la negación y la destrucción de sí misma.

*Médico Psiquiatra, Máster en Psicogeriatría y Demencia. Magister en Literatura, candidato a Doctor en Literatura.