Como territorio caníbal, la metrópoli y el ser humano están ligados por un vitalismo decadente, por el duelo, por el combate con las sombras, por el agónico rugido que nos reventará con el último grito.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

 

“Las ciudades son el abismo de la especie humana”

Rousseau.

 

Todo ser humano es un caníbal a su modo. Sin embargo, hoy, ese caníbal que se devora a otros a mordiscos es mucho más feroz que cualquier hombre, pues crece descomunalmente, muta de piel, escupe en nuestros rostros, satura de hollín nuestro espíritu y, además, afila sus dientes de acero y sus garras de piedra mientras nos engulle; ese nuevo monstruo antropofágico es la ciudad.

Parece extraño el concepto de la ciudad caníbal porque pensamos, erróneamente, que una urbe es apenas un espacio plagado de calles, de zaguanes, de avenidas, de escondrijos, de viviendas y edificios que, en sus dimensiones y magnitudes, ni siquiera pueden apreciarse desde el infinito. Pero ello no es así.

La metrópoli se hace caníbal, metafóricamente hablando, porque no solo es el escenario donde la lumbre del hogar fulge con el matiz de unos valores instaurados, de manera “correcta”, a nivel familiar y social en el ser humano, sino que, al mismo tiempo, en la urbe se disponen otras conductas, otras acciones, otros nodos de encuentro en los que la deshumanización del hombre es mucho más importante que la formación del ser.

Y deshumanizar nada tiene que ver con transformar el cuerpo en un estuche o con tirar a la lona, como habitante de la calle, al sujeto que un día fue una persona honorable. Esa deshumanización está remarcada por los placeres citadinos, por la noche, por las luces de neón, por la música, por las sustancias, por todo aquello a través de lo cual la ciudad nos habita y nos corrompe.

En sí, ese canibalismo citadino del que hablo, más allá de ser un mordisco y un desangramiento, es una posesión, un soplo divino, un grito que nos exige vivir la vida. Cuando la ciudad nos posee comprendemos que el hombre, al igual que el mundo, tiene más cosas que esconder y, en realidad, pocas que mostrar.

La ciudad caníbal es, en el fondo, como un espejismo, como una fachada, como un señuelo. Por un lado, nos muestra el desierto, la arena, las dunas, la crudeza del sol; por el otro, nos pone en camino hacia el oasis, hacia el placer, hacia esas conductas censurables que ansiamos, que nos consumen. Así, la urbe caníbal no nos devora la carne, sino las entrañas, los imaginarios, esas necesidades que nos enmascara la piel.

A diferencia del individuo normal, que no vislumbra cómo la metrópoli se adueña de su ser, la literatura sí ha evidenciado este hecho como algo normal y recurrente en la humanidad, a tal punto que, en teoría, esos placebos que nos dispone la ciudad se vuelven, con el transcurrir de los días, conductas altamente adictivas, porque la urbe no te devora de un solo zarpazo; es todo lo contrario: te consume poco a poco, porque la ciudad es, en realidad, esa sustancia de la que no podemos escapar.

Desde hace unas cuantas décadas, y en un sinnúmero de obras literarias, puede apreciarse que la metrópoli, así como sucede en la vida cotidiana, también es un personaje que se mueve al vaivén de los sujetos que deambulan por sus calles; en este sentido, tanto el hombre como la urbe se atraen y se repelen, se unen y se distancian, se abrazan y se abofetean.

La metrópoli, entonces, es como una serpiente venenosa: te cuidas de su mordedura, pero no descubres que el peligro de sus fauces se halla en cada esquina. En este sentido, la urbe es paciente, suspicaz, porque su característica fundamental consiste en aprender a esperar el desespero de los hombres, de esos hombres que, tarde o temprano, caerán en los filamentos pegajosos de su tela de araña y de la cual solo podrán desprenderse con la muerte.

La ciudad caníbal rasga el velo de lo melodramático, de la ‘mojigatería’ e irrumpe, como un antihéroe, en los presupuestos éticos, estéticos y volitivos del hombre moderno, rompiendo, con una fuerza descomunal, la lógica de lo normal, lo que conlleva, invariablemente, a comprender que las cosas no son monocromáticas y monotemáticas, sino multifocales, atestadas de matices, de significados, de ruidos que trascienden la estridencia y pueden volverse, por qué no, en tonos y melodías.

A mi modo de ver, las sustancias psicoactivas, el sexo, las orgías, la música urbana, la rumba, el desenfreno, la transgresión de lo establecido y, ante todo, la angustia y la incertidumbre son esos focos en los que la metrópoli brilla con otra luz, quizás más seductora, más atrayente, más fascinante; más lujuriosa, en realidad. Y es, precisamente en la lujuria, donde reside el canibalismo actual de la ciudad.

De hecho, en este texto no referimos una urbe en particular porque, en esencia, donde hay una ciudad existe un caníbal en potencia fácil de detectar, pues lo ficticio y lo simulado invaden, progresivamente, lo real. Por ello, uno de los principios del canibalismo citadino consiste en desbordar lo tradicional, en todo el sentido de la palabra, y lo convierte en un territorio híbrido, en un espacio en el que el olor húmedo de la tierra se mezcla con el vaho sintético del neón.

Como sujetos de esta modernidad y, tal vez, de la posmodernidad, no podemos negar que somos hombres fragmentados, desmembrados, ausentes, y lo que es peor aún: habitados por el horror, por la soledad, por ese intimismo roto que se reconstruye en el placer, porque, como Narciso, solo nos reconocemos ante el gozo de nuestras necesidades, sin importar que ellas devengan, por supuesto, del malandrinaje y la fechoría.

Es raro, pero la ciudad caníbal es un abismo al que deseamos descender, porque, si la inmortalidad fue un atributo de las sociedades del pasado, la mortalidad se ha convertido en el eslogan de las culturas actuales. En tal caso, los seres humanos que hoy habitan el planeta se yerguen, en su gran mayoría, sobre las inconformidades, la desazón, el desequilibrio, esa extraña saciedad de pesadumbre que los hace felices.

Las escenas apocalípticas o dantescas ya no son ficciones de la Biblia o de la Divina Comedia; ahora es muy común entender que el fuego que lacera en el infierno apenas fue una triquiñuela teórica con la que levantaron una falsa moral que se desvaneció, obvio está, con el crecimiento de la ciudad y, asimismo, con esas de-presiones humanas en las que importa más el peligro que la estabilidad.

Como territorio caníbal, la metrópoli y el ser humano están ligados por un vitalismo decadente, por el duelo, por el combate con las sombras, por el agónico rugido que nos reventará con el último grito; no obstante, mientras esa exhalación final no deshabite al alma del cuerpo al que pertenece, entonces el abismo estará a la altura del corazón, palpitando entre los repliegues y las fauces de la ciudad.

No es una náusea lo que vislumbro en el canibalismo citadino; lo que hallo es un mundo movedizo, resquebrajado, ahondado en la desesperanza, en la lejanía; en ese cambio de paradigma al que siempre le apuesta el hombre desde la cuerda floja. En sí, la metrópoli es un caníbal que nos consume porque la piedra y el metal nos han hecho comprender que la tragedia no reside en la muerte, sino en la imposibilidad de llevar la vida hasta las últimas consecuencias, lo que demuestra que la ciudad no es un ente momificado, sino un monstruo que nos roe los huesos en la vigilia.

@wilmar12101

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