No se trata solo de la ciudad, sino de un estado psíquico que dominará la literatura contemporánea…

 

Por / Alan González Salazar

Sin duda, El matadero (1871) de Esteban Echeverría es, en la memoria, el relato que mejor define los intereses de un pueblo, la voz y las contradicciones de un pueblo. En el relato, que surge al sur del continente, hay cierta violencia, cierto aliento político que marcará la literatura de ficción hasta bien entrado el siglo XX. Este cuento inaugura lo que se ha dado en llamar el realismo hispanoamericano, profundiza las estructuras del tiempo narrativo del relato, toma el habla popular. El matadero es la tierra cuya voluntad canta y quiere ser futuro y memoria.

Será la cultura colonial y religiosa, el poder de la gramática –o los gramáticos del poder–, los conocidos cuadros de costumbres que publica la prensa, los referentes literarios que dominarán el paisaje, pero no se abandonará el realismo de Echeverría, el cual se sabe distinguir del romanticismo que ya languidece en Europa.

Las vanguardias hispanoamericanas, en pleno siglo XX, conservarán este signo contradictorio y fecundo entre ficción y política y Colombia logrará, a su vez, con José Antonio Osorio Lizarazo, una cumbre en el relato, en la novela Casa de vecindad (1930), en ella se encienden las primeras luces de un caserío que poco a poco se transforma en ciudadela, que se recupera de la peste… un hombre de cincuenta años bien cumplidos cuenta cómo lo margina y lo devora la industria, cómo una máquina lo desplaza de su trabajo:

La ciudad es hostil para mí. Y es hostil también para mí la vida. Y yo no puedo dominar ni la ciudad ni la vida.

     En su diario en primera persona nos habla de las condiciones que lo llevaron a instalarse en la nueva casa de pensión, con valor de ocho pesos al mes, en la que busca arreglarse un poco la vida y prescindir del trago por completo. Al sufrir la pérdida de su trabajo como tipógrafo, cae en la ruina en tan sólo un mes… se hace mendigo. Y debe vivir en una casa por debajo del nivel que divide los límites de la calle, en el subsuelo, él, cuyo único saber es una técnica que puede a su vez ser desplazada por la máquina.

El autor hace que nos identifiquemos con un personaje inmerso en una miseria tal que lo único que quiere es afecto, pero, en contraste con el hambre reinante, el afecto adquiere un valor insalvable, el cariño se transforma así en la mercancía más costosa, lo que quieren es comer, “el cariño es para los ricos”, dicen, pues es indudable que la miseria tiene que formar como una lepra en las almas.

Se trata aquí de la más modesta clase de gentes del pueblo; así nos lo confiesa el narrador: Yo siempre he vivido en casas de vecindad, porque siempre he sido pobre. Esta es la sociedad bogotana de principios de siglo, este es el fracaso de la ciudad emergente, de los modelos del desarrollo impuestos por América, el mismo personaje es un digno representante del fracaso del modelo de esta sociedad capitalista, la cual produce estas pobrezas orgullosas, que deben ocultar las apariencias:

cuando llevo la muerte en el alma

     Apariencia en la que se encubre la segregación cultural, la marginación psicológica, en la que se oculta al otro y su miseria: como todo el mundo pasa y nadie me mira. Del aislamiento: Siempre, desde hace mucho tiempo, me siento a comer sin compañía. Del abandono… Recordemos que Carmen Rubio, la esposa de muchos años, lo deja por un hombre más rico y

es verdad que yo no podía satisfacer todas sus ambiciones…

     Como su mujer, también lo abandona el trabajo, la vida… El crepúsculo estaba terminando, y la oscuridad se adueñaba del mundo. No, se adueñaba de la vida. En fin, es este nuevo y marcado desarrollo industrial el que lo separa de la promesa de bienestar de la ciencia y sus máquinas. Lizarazo parte del hombre vencido: No, si las máquinas nos están matando. Cada máquina debería prever la manera de que vivieran los obreros a quienes va a desalojar. A desalojar de la vida. Que no es nadie, un huérfano, un perro como él mismo se hace llamar, sólo busca, como buscan los perros, alguien a quien ser útil y ese alguien es Juana, su vecina, una joven madre abandonada a su suerte que puede ser la grata compañía que necesita su vejez. Cuenta en su manuscrito: Yo no tengo otro interés que el de servirle. Nada quiero, nada espero de ella.

El lector avezado encontrará en el patetismo de estos personajes el rastro inconfundible de Dostoyevski, cuya primera influencia en las vanguardias latinoamericanas es innegable, piénsese por ejemplo en la novelística de Roberto Arlt, en la tristeza seductora que marca esta narrativa que evidencia la marginación de una ciudad que se deconstruye al interior del texto.

Si bien las vías de la perversión son infinitas e indescifrables, no es por demás que la obra contenga aspectos ambiguos de la existencia humana, aspectos sombríos y únicos dentro de la tradición literaria hispanoamericana, pues se sirve de forma ingeniosa de los esquemas populares, de la novela por entregas, para reflejar los sueños inconfesables de bienestar y riqueza de una población sumida en la guerra y la ignorancia, entregada a las oraciones y a una angustia metafísica miserable.

¡Pobres gentes!, exclama el personaje y señala el dinero como el gran esclavizador, igual significado tendrá para Roberto Arlt, todo se hará por el dinero, ¡todo por unos miserables centavos! La falta de recursos económicos lo llevará a habitar una casa que parece tener vida propia y que, con un sorprendente gusto metafórico y surrealista, lo llevará a perecer a causa de ella… la casa parecía vomitar uno a uno los seres que había devorado en la víspera. Será engullido y regurgitado, una y otra vez… estará signado por la angustia y las vicisitudes del esfuerzo y la miseria y todas ellas habrán de convivir en esta casa, el lugar de la desesperanza, donde un niño muere… ni la niñez ni la vejez caben en esta ciudad.

José Antonio Osorio Lizarazo fue cercano, durante los años veinte, al núcleo de intelectuales agrupados como Los Nuevos y, a partir de 1930, compartió las ilusiones y expectativas que se abrieron para algunos de estos jóvenes intelectuales con la llegada del liberalismo al poder, logró cristalizar en su narrativa las temáticas, los sentimientos de época, las aventuras propias de un siglo que buscaba nuevas formas de expresión, ya que su obra se mueve dentro de un estado de conciencia que nos vincula a la descomposición social de las grandes urbes, en donde el hombre se ve enfrentado a un medio que moraliza la técnica y lo descompone desde dentro.

No se trata solo de la ciudad, sino de un estado psíquico que dominará la literatura contemporánea, en su deseo de reflejar esta atmósfera interior en donde el hombre pierde cada vez más su identidad y pasa a ser un elemento indeterminado, relativamente útil, para el engranaje social, impulsado y dominado por la tecnología y la abstracción.