CONSCIENCIA DE MUERTE

Mucho antes que la vida, lo que se arraiga en el hombre es la apariencia de la muerte, pues nadie es en la mesura de lo que vive; el asunto es al revés: somos en la medida en que morimos.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón

“La muerte es paradójica porque nadie

puede morir en nuestro lugar”

Robert Redeker

Reflexionar sobre la vida o la muerte, desde un conocimiento puramente teórico, me permite sugerir que ninguno de los dos conceptos es un complejo de nociones desligadas de la realidad y del hombre mismo, porque la muerte es a la vida como el agua al desierto.

Por la esencia imprevisible revelada en el ser humano, es casi imposible enjaular la vida al rigor matemático o a la planimetría de cualquier esquema; tampoco considero funcional explicar, a partir de la experiencia, en qué consiste la muerte.

Desarrollar una u otra postura se tornaría, a la luz de la filosofía, en el más ominoso de los engaños porque tanto la vida como la muerte son, metafóricamente hablando, un muro o una salida, una barricada o una puerta; en otras palabras, son como ese laberinto cretense en el que la vida se apagaba; en el que la muerte florecía.

En ambos casos, me refiero a ese mundo ciego e irracional que se sobrepone a la férrea voluntad del tiempo; en sí, la vida y la muerte son una extraña sensación de incertidumbre que se resiste al estatismo y a la conservación intacta de los seres vivos.

Lo único común entre la vida y la muerte consiste en que el dolor nos ata a la realidad de manos y pies, demostrándonos que esa misma realidad nos duele porque somos, en efecto, finitos. Es paradójico, pero el contraste vida/muerte no tendría por qué abatirnos; a mi modo de ver, vivir es aprender a morir, quizás libremente, sin ataduras, sin nudos existenciales.

Es importante subrayar, en relación con esta sentencia, que la muerte no simboliza anulación alguna del hombre. Fallecer no es un acto antihumano y contestatario de lo vivido; es una dimensión racional y temporal de nuestro destino, porque la vida es, de una u otra manera, la mortaja de la existencia.

La consciencia de muerte, como idea tangible de finitud, se circunscribe entre dos tiempos (pasado y futuro) en los cuales converge un presente que podríamos llamar cualitativo. Y lo denomino así debido a que lo esencial de mis actos no es lo verdadero común, sino lo verdadero para mí.

Recordar el pasado y conjeturar el futuro es fundamental porque todo ser humano tiene plena consciencia de que, en cualquier momento, la muerte llegará. Si mi presente es lo que deseo vivir y soy inconsciente ante las otras dos sensaciones temporales (pasado/futuro), entonces no me interesaría morir. Aún mejor: ni siquiera lo sospecharía y mi Yo no se impondría jamás a la materia ni al espíritu.

Sin la presencia del tiempo cualitativo no se podría hablar de los exfuturos que, según Miguel de Unamuno, es lo que pudimos ser y nunca fuimos; tampoco de los expasados, concepto que, desde mi perspectiva, alude a lo que fuimos y dejamos de ser. En ese vaivén pendular del tiempo y de mis Yoes exfuturos y expasados habita, irremediablemente, nuestra conciencia de finitud y de muerte.

La única función determinante del presente cualitativo es permitir que recordemos el pasado y vaticinemos el futuro porque las ideas de lo desconocido, casi siempre halladas en el futuro, deben sustraerse de las ideas de lo conocido, con regularidad encontradas en el pasado. Verán: como desconocemos qué es la muerte y por qué es nuestro irremediable porvenir, asociamos este evento trágico con su equivalente más parecido y anterior: el nacimiento y, en algunos casos, con ese drama fisiológico del sueño.

La muerte, como objeto último de la vida, nos dicta que el destino y, en especial el futuro, desencriptan, poco a poco, esa simbología oculta que se va revelando en las grietas de la piel, en esas fisuras, casi agónicas, que nos perforan no solo el cuerpo, sino, también, el alma, esa materia volátil que nos determina como sujetos conscientes de nuestra corporalidad. Así, cabe resaltar que la muerte es el molde perfecto en el que encaja la forma de la vida.

En la confrontación vida/muerte, ninguna de las dos acepciones puede ser sustituida la una por la otra porque, en la naturaleza humana, las convicciones contrarias no se reducen a simples hechos dualistas; se manifiestan como correlatos en los que el hombre debe hallar una respuesta a los verdaderos problemas instaurados por un universo que no se forja en la quietud.

Vivir es vivenciar realmente que el mundo es un campo para la duda, un lugar donde las apariencias no excluyen la existencia de alguna verdad. Saber que vamos a morir es estar predispuestos a aceptar que detrás de cada verdad descubierta existe otra realidad aparente que desvirtúa lo ya aprendido.

En el fondo, ningún simulacro moviliza más a la vida como la muerte misma, porque las dinámicas de este binomio indestructible dictaminan que nada nos impedirá saber que la muerte es una muralla y un alrededor, una puerta entreabierta, un espacio de luces vacilantes; en sí, una preocupación constante sobre la existencia de los hombres.

La vida es esa bella metáfora del vacío, porque todo lo que se vive deja de ser con el abismo de la muerte. Por ello, José Saramago nos propone que la muerte es una conciencia de finitud propia, una necesidad institucionalizada por la religión, el estado y la sociedad. De hecho, el universo que habitamos es, en consecuencia, fruto de nuestro modo, peculiarmente humano, de existir.

A partir de una mirada crítica, conocerse a sí mismo, acertijo inscripto en el frontispicio de la puerta de Delfos, representa la consciencia pura del organismo material y espiritual e indica que, como ser humano, todo sujeto tiene la obligación moral de reconocerse conscientemente mortal y, nunca jamás, un sustituto de Dios, un individuo para la eternidad.

Como si fuese una fiel compañera, la muerte es la consciencia de la vida, la sombra del tiempo proyectada en la pared, porque, en esencia, mucho antes que la vida, lo que se arraiga en el hombre es la apariencia de la muerte, pues nadie es en la mesura de lo que vive; el asunto es al revés: somos en la medida en que morimos.

Esto significa, entonces, que cada quien no es un ser para la vida, sino para la muerte, porque vivir consiste en comprender ese horror de saberse un muerto caminante, un hombre que se extingue, que se apaga en cuanto el tiempo cae. Qué irónico es el ser humano: vino al mundo para destruir (matar) y, sin embargo, le teme a la muerte; asimismo, odia la vida, pero le huye a la finitud.

La muerte, como un proceso natural que domina la vida, está cargada de indiferencia. Nadie muere porque es viejo o joven, o porque la mentira y la hipocresía le han roído los sesos; la gente fenece porque ya no hay ningún sufrimiento al cual aferrarse, porque poco importa la inmortalidad sin una existencia atestada de duelos y peligros. En este sentido, la vida es ese delgado hilo con el que se teje el féretro de la realidad y, de igual forma, es paradójico que la muerte se haya convertido, parafraseando a Heráclito, en ese río en el que nadie puede bañarse dos veces.

A lo largo de la existencia, la imagen alegórica del infierno es la que conduce, por medio de sus crueldades imaginarias, al paraíso. Y así es la vida: porque vivir es saber que la muerte, día tras día, es una tentación, un cuchillo afilado que nos roza la garganta.

Con absoluta certeza, ese roce permanente que tenemos con el terror de la muerte es el que nos hace vivir a plenitud. Solo vive aquella persona consciente de que la vida es esa fuerza destructiva que nos conduce, indiscutiblemente, hacia el más allá.

Quizás, por ello, el acto más noble a realizar por el hombre, en esta continua derrota con la muerte, es mirarse en un espejo mientras esté vivo. Como lo enunció Robert Redeker, es hora de despojar a la muerte de esa mala reputación que le hemos infundado, porque, después de todo, la noche caerá en cualquier momento.

@wilmar12101

waospina@utp.edu.co

 

Referencias

  • Redeker, R. (2017). El eclipse de la muerte. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
  • Saramago, J. (2006). Las intermitencias de la muerte. Bogotá: Editorial Alfaguara.
  • Unamuno, M. (1998). Del sentimiento trágico de la vida. Barcelona: Editorial Alianza.